
Sobre la medianoche del sábado 26 de septiembre, cuando estaba a punto de aterrizar el avión en el que viajaba desde Frankfurt, Alemania, hacia la Ciudad de México, pude observar desde la ventanilla de la aeronave una inmensa ciudad bien iluminada. Mi primer pensamiento fue: “Y mi patria, Cuba, casi completamente apagada”.
Aquella extraordinaria extensión de luces me hizo pensar en las diferencias entre dos naciones vecinas y hermanas, unidas por la historia, la cultura y profundos vínculos humanos. Apenas ocho días antes, el 18 de septiembre, Cuba había sufrido otro colapso nacional de su sistema eléctrico. La imagen de México iluminado contrastaba dolorosamente con los interminables apagones que padecen millones de cubanos.
En 1958, Cuba y México eran países en desarrollo, aunque con diferencias importantes. México tenía alrededor de 32 millones de habitantes y Cuba unos 6,8 millones. La economía mexicana atravesaba una etapa de industrialización y crecimiento, mientras Cuba destacaba por sus niveles de urbanización, servicios y consumo privado. Ambas naciones experimentaban transformaciones económicas y sociales, pero Cuba había alcanzado posiciones destacadas en diversos indicadores de desarrollo y bienestar de América Latina. Hace 70 años la Mayor de las Antillas aventajaba a México el doble de lo que México le aventaja en la actualidad en desarrollo humano. México en 2025 ocupó el lugar 81 y Cuba el 97 en el IDH del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
La comparación entre las capitales de ambas naciones resulta reveladora. En 1958, el área urbana de Ciudad de México tenía aproximadamente cinco millones de habitantes, mientras La Habana y su entorno reunían alrededor de millón y medio. En 2026, las estimaciones sitúan al área metropolitana mexicana por encima de los 22 millones de habitantes, frente a un millón 700 mil en la capital cubana. México multiplicó su población urbana mediante un extraordinario proceso de expansión. La Habana, entretanto, muestra un profundo deterioro habitacional y de sus infraestructuras y decrecimiento de la población.
Los automóviles permiten apreciar otra notable diferencia. En 1958, México tenía registrados 378.886 automóviles, aproximadamente doce por cada mil habitantes. Las estadísticas históricas citadas para Cuba mencionan unos 140.000 automóviles particulares, equivalentes a alrededor de veintiuno por cada mil habitantes. Cuba disponía entonces de una motorización relativamente elevada para su tamaño. Hoy México cuenta con decenas de millones de automóviles registrados, unos 444 vehículos por cada mil habitantes en 2023, mientras Cuba tiene una de cifras más bajas en toda América Latina y mantiene en circulación numerosos vehículos fabricados antes de 1959.
La televisión ofrece otra perspectiva. Cuba figuraba entre los países latinoamericanos más avanzados en difusión televisiva durante los años cincuenta. Algunas estadísticas históricas le atribuyen más 300.000 televisores en 1958, aunque las estimaciones de aquel período presentan diferencias metodológicas. Un estudio académico recoge para México aproximadamente 184.000 receptores ese año.
Actualmente, casi el 90 % de los hogares mexicanos dispone de televisor. Para Cuba no encontré una cifra seria reciente y comparable de aparatos por habitantes; muchos hogares tienen viejos televisores, además, poseer un televisor no garantiza poder utilizarlo con tantos apagones eléctricos.
La electricidad constituye precisamente otro de los contrastes que debemos mencionar. En 1958 el consumo de electricidad por habitantes en Cuba fue de unos 397 kWh, y en México de 268.
En 2024, México registró aproximadamente 2.593 kilovatios hora anuales por persona, frente a 1.435 en Cuba. La diferencia resulta todavía más grave cuando consideramos que las estadísticas anuales no reflejan completamente el deterioro del sistema eléctrico cubano y el sufrimiento ocasionado por apagones de muchas horas.
En alimentación, vivienda y salud pública, México ha experimentado importantes transformaciones durante las últimas décadas. Cuba, por su parte, atraviesa una emergencia especialmente grave. La Organización Panamericana de la Salud ha documentado escasez de medicamentos, dificultades para obtener suministros, emigración de personal sanitario y perturbaciones en los servicios esenciales. En 2026, investigaciones periodísticas han constatado hospitales con equipos averiados, carencias de anestésicos y tratamientos interrumpidos. Los apagones comprometen incluso equipos indispensables para preservar vidas.
La vivienda cubana también sufre las consecuencias de décadas de insuficiente mantenimiento e inversión, agravadas por desastres naturales y escasez de materiales. Las dificultades para conservar alimentos, bombear agua o desplazarse hasta un hospital convierten la crisis eléctrica y de combustible en una amenaza cotidiana para las familias.
Los movimientos migratorios completan esta historia. Los registros históricos mexicanos recogen 1.612 cubanos residentes en México en 1950 y 3.827 en 1960. En 2020 se contabilizaron 25.976 personas nacidas en Cuba. Una cifra posterior, correspondiente a 2022, situaba esa población en 41.475. Por su parte, los registros consulares mexicanos identificaban 1.058 mexicanos residentes en Cuba en 2020. No encontré recuentos bilaterales suficientemente fiables para establecer las cantidades exactas de 1958 y 2026.
Las relaciones políticas entre México y Cuba también han atravesado diferentes etapas desde 1959. Durante los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional predominó una política de acercamiento diplomático, no intervención y continuidad de las relaciones bilaterales. México fue el único país latinoamericano que se negó a romper relaciones diplomáticas con La Habana en 1964. Posteriormente, durante los gobiernos de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, comenzaron a adquirir mayor importancia las cuestiones relacionadas con la democracia y los derechos humanos.
Con Vicente Fox, del Partido Acción Nacional, se produjo un cambio significativo. En 2002, Fox se reunió con representantes de la oposición democrática cubana y su gobierno respaldó una resolución internacional que reclamaba mejoras en materia de derechos humanos. Aquella política provocó importantes enfrentamientos diplomáticos con Fidel Castro. Su sucesor, Felipe Calderón, también del PAN, mantuvo la preocupación por los derechos humanos, aunque procuró restablecer las relaciones bilaterales.
Enrique Peña Nieto, del PRI, impulsó un nuevo acercamiento con La Habana. Posteriormente, Andrés Manuel López Obrador profundizó la cooperación con el régimen cubano y condecoró al dictador Miguel Díaz-Canel con la Orden del Águila Azteca. Claudia Sheinbaum ha mantenido los convenios de contratación de médicos cubanos y la ayuda económica al régimen comunista, además de defender públicamente la continuidad de las relaciones comerciales y diplomáticas.
En México contamos con numerosos amigos solidarios con los derechos humanos y las aspiraciones democráticas de los cubanos. Esa solidaridad entre ciudadanos merece distinguirse de las decisiones de sus gobiernos. Mientras Vicente Fox y Felipe Calderón mantuvieron contactos con la disidencia cubana, los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum han desarrollado una cooperación política y económica estrecha con la dictadura más longeva que haya conocido el continente.
Desde México y desde donde quiera que esté, mi pensamiento continuará estando con Cuba y con los millones de compatriotas que esperan poder disfrutar de esas condiciones elementales de libertad, bienestar y dignidad.
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