Ya sé que las comunicaciones tienden a ser inalámbricas y satelitales, entre otros prodigios de la electrónica y lo digital. Los hilos se han hecho ahora invisibles, obsoletos. Pero en Cuba todo sigue siendo analógico, desde la aburrida televisión hasta nuestra amada memoria.
 
Ocurre que, al pasar el tiempo sin tiempo de nuestro exilio, uno se va quedando más y más como colgando de un hilo, cada vez que suena el móvil y vemos que en el identificador de llamadas se ilumina un +53 inolvidable que significa: Cuba, Cuba, Cuba. Es decir: corazón, corazón, corazón. Y no podemos evitar imaginar que en ese momento estamos físicamente conectados, a pesar de la ausencia de cables aéreos, submarinos o soterrados.
 
Hubo un tiempo terrible cuando la dictadura cubana cortó casi todos los canales de diálogo con las democracias del mundo. Nos aislaron abusivamente, como si fuéramos conejillos de Estado. Conozco historias que no logro recordar sin una apretazón en el pecho y un latigazo de lágrimas. Historias de gente linda que se murió sin poder ver de nuevo a otra gente linda. Cubanos que se quedaron sin reencontrarse con sus cubanos del alma.
 
Durante un tiempo extenso y extenuante, las llamadas telefónicas a la Isla eran demasiado engorrosas. Humillantes a propósito, para quienes se atrevían a llamar o ser llamados desde el exterior. Había que pedirlas con varios días y hasta semanas de antelación. Muchas veces las ponían de madrugada, para así atormentar aún más el desasosiego de los cubanos. Para entristecernos y hacernos dóciles, dominables.
 
Nada justifica aquella barbarie. Fue un genocidio sentimental contra la familia cubana. Un gesto de prepotencia que pagamos penosamente los ciudadanos de a pie, mientras los poderosos seguían viajando y comunicándose a sus anchas.
 
Yo hace muy poco que estoy fuera de Cuba. Llegué, como quien dice, ayer. Por suerte, hoy hay mil y un negocios medio laberínticos de llamadas a Cuba y recargas de crédito por Internet. La incomunicación parece ser cosa del pasado. Pero así y todo…
 
Ay, así y todo oír la voz es siempre un acto tan concreto, tan tangible, tan darnos cuenta de que los seres queridos que dejamos atrás todavía están de verdad allá. Y todavía nos extrañan y los extrañamos. Y todavía, que Dios no lo quiera, puede pasar cualquier cosa en cualquier momento, sin avisar, como son las cosas de la vida, y nosotros seguimos todavía regados por aquí y ellos todavía botados por allá. Las manos extendidas y las almas en comunión, pero cada cual en su otra orilla. Todavía.
 
Los cubanos llevamos décadas habitando en el tiempo terrible de los todavías. Y, si no nos apuramos en recuperar un país tolerante y tierno para todos, pronto vamos a terminar siendo un pobre pueblo de otros. Como si fuéramos extranjeros, pero entre nosotros mismos. Incapaces ya de reconocernos a la primera mirada o a la primera entonación, como siempre hacíamos hasta hace poco, cuando, nada más de toparnos por las calles cosmopolitas del planeta, saltábamos de alegría y pegábamos aquel gritico de niños: ¿Tú eres de Cuba, verdad?
 
Ya sé que hoy todo es sin cables y vía estratósfera. Que los teléfonos fijos son una chealdad remota y que una computadora de mesa es tan anacrónica como una máquina de escribir (¡o de coser, esos objetos musicales de la prehistoria maravillosa de nuestras abuelas!). Conozco de sobra cómo las distancias se encojen. La geografía global es apenas un pañuelito con turbomotores de reacción a chorro. Y sé bien que, hace ya rato, nos ha ido sustituyendo, a toda velocidad y por banda ancha, una generación wi-fi. Pero así y todo…
 
Ay, así y todo los dinosaurios cubanos nos negamos a desaparecer. Cada llamada desde y hacia Cuba nos remueve y nos revive las vísceras. Rejuvenecemos en el teléfono, repitiendo los mismos holas, tequieros y adioses a través del bejuco invisible de una compañía foránea. Cada minuto de conexión entre las voces de aquí y las de allá, nos despierta unas ganas enormes de llegar sanos y salvo hasta un futuro cualquiera, siempre que sea menos fósil que este presente precario: un tiempo coagulado por visas y pasaportes, y por Díaz-Caneles y Machado-Venturas y una obscena serie de apellidos dobles que no representan ya a nadie, excepto a su dilatada decadencia.
 
Los cubanos queremos comunicarnos de punta a punta del mundo mediante una llamada local. No soportamos más las largas distancias. No somos Odiseos. Ni mucho menos somos odiosos. Es innecesaria y absurda la separación que nos mata a los más nobles lejos de los más nobles, a los más lindos lejos de los más lindos, y a los más verdaderos lejos de los más verdaderos. La maldad y la mentira siempre están en sintonía con la mentira y la maldad, pero cuánto dolor nos ha costado a los cubanos tender puentes de palabras entre quienes nos amamos.
 
Creo que con no marcar el número de la dictadura, tenemos. Es decir: con sacar para casa del carajo a la dictadura de la Guía Telefónica, es suficiente. Léase: con darnos por fin cuenta de que este es el único tiempo con que contamos para ser libres y felices, basta.
 
Al menos tú no lo olvides, cubano: y, por favor, ten listo el tren travieso de tus energías positivas la próxima vez que tu móvil irradie la magia de un código +53.



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