Huracán Irma en La Habana Foto © Emol.com

Irma, amargo espejo

Este artículo es de hace 3 años

Hará como diez años, quizá menos, que requerí a unos jóvenes habaneros que molestaban a un señor mal vestido y descuidado, en las inmediaciones de San Rafael y Galiano; el hombre me miró con melancolía acuosa y me acerqué y lo abracé.

Había sido ingeniero, combatiente internacionalista y militante del partido comunista; pero ahora vivía de reciclar latas usadas de refrescos y cervezas para revenderlas a paladares y otros comerciantes informales del permanente mercado negro cubano.

Su tecnología permitía volver a sellar la lata usada con un mecanismo simple que obligué a no desvelarme y lo invité a un hotel alejado para charlar como dos desconocidos que acaban de conocerse en la distancia que media entre la puerta semiabierta de un coche de alquiler y el portal empercudido de una avenida habanera.

Cuando supo que vivía en España, me habló con conocimiento y pasión de los toros y de toreros míticos como Diego Puerta y Antonio Bienvenida, de los que aseguraba tener recortes de periódicos en casa y escuchar las crónicas taurinas de Radio Nacional de España, a través de la onda corta.

En el hotel nos recibieron con el asco habitual del confort postizo del empleado pobre con joyas, que se cree superior al resto de sus hermanos, a partir de su robo y sobornos diario que la cultura de pobreza e indefensión obliga. Comimos como millonarios extraviados en una escala imprevista, tras una clara advertencia del Maitre de que no debíamos repetir tantas veces camarones de la Mesa Buffet, con voz de sargento de milicias y nuestras risas descaradas.

Luego lo llevé a su casa a Marianao, un caserón largo y alto, como vara de tumbar gatos, que enseñaba las cabilas del techo y cuyas paredes no habían olido pintura ni en domingo rojo. Su mujer, médico, me habló de las técnicas terapéuticas con Acupuntura y cocimientos, e intentó curarme la tos made in aire acondicionado en el Caribe, apretándome con sus dedos, una zona pegada al anverso del codo con el brazo flexionado.

Sus hijos estaban limpios como patenas y tenían los libros y libretas desplegados en la mesa del comedor, a la espera de que su padre les echara una mano en Matemáticas. Esta casa era de mis suegros, ya fallecieron, pero no tenemos dinero para arreglarla, tu sabes…

Mi estampa habanera es apenas un reflejo de lo que encontró el huracán Irma cuando impactó recientemente en una isla empobrecida absurdamente por el miedo de la gerontocracia a que el país que más recursos públicos ha invertido en capital humano viva en libertad, justicia y prosperidad.

Resulta raro que un señor lleve 60 años poniéndose los zapatos al revés y nunca sienta la tentación de ponérselos al derecho para alivio de sus pies y comprobar que así es como mejor se camina; en vez de convertir a la mayoría de sus ciudadanos en mendigos.

Irma, que ha sido devastador e indeseable, solo ha desnudado la pobreza crónica que el castrismo promovió en todos los ámbitos de la sociedad; excepto un grupo de elegidos que –cual vanguardia leninista- se considera la única capaz de superar “esta etapa difícil, de la que saldremos victoriosos”, una letanía hueca repetida en el camino al abismo.

Pretender mostrar sorpresa y dolor ante el descampado que ha dejado Irma es, cuanto menos, un ejercicio de cinismo político del General Presidente y sus subordinados porque la única fórmula posible para construir una sociedad menos injusta es promover la creación de riqueza y apostar por la libertad política y económica de la población, asumiendo que habrá desigualdades, pero que son preferibles al desastre actual.

Raúl Castro no ha tenido siquiera reflejos para visitar a las familias de los diez muertos y transmitirle sus condolencias y aliento, o para acudir a las zonas devastadas, sino que se ha limitado a firmar una nota torpe e ingenua y a mostrarse en televisión en una reunión hueca de las tantas que celebra una nomenclatura zombi e impotente.

Su miedo solo ha servido para ordenar el despliegue de Tropas Antimotines en Santos Suárez, cuando los vecinos tomaron pacíficamente las calles protestando por la falta de luz y agua. Menuda papeleta para los burócratas del partido disfrazados de verde oliva y un Coronel de policía que se movía angustiado entre el gentío porque él forma parte del gentío encabronado y no de la guara tardocastrista, y lo sabe.

Los destrozos y la pobreza no se resuelven con palos ni amenazas, sino produciendo riqueza, hacer cosa distinta, incluida la represión burda puede conducir a una indeseable Primavera Árabe en el otoño caribeño y eso lo saben hasta los espías sordos y ciegos.

Pero parece que una parte de La Habana no acaba de entender que su tiempo es finito porque ha lanzado dos susurros disparatados en las actuales circunstancias: que USA levante el bloqueo económico y financiero (ojalá lo levantara ahora mismo) y la fortaleza y solidaridad de los cubanos.

A ver, camaradas del Buró Político y demás altoparlantes, ustedes no tuvieron valor para aprovechar el gesto de Obama –quizá creyendo que tenían tiempo por un victoria de Hillary Clinton- y solo se dedicaron a retrasar las negociaciones empresariales y a sacar a los tres o cuatro maraqueros de a 100 CUC mensuales y conexión de banda estrecha a la Internet para contarnos lo malo que son los americanos y el negro Obama.

Si eso ya lo sabemos, lo que necesitamos saber es lo bueno que son ustedes. Ahora puede entenderse mejor el esfuerzo de Díaz Canel en desacreditar a los posibles candidatos independientes a Delegados (concejales de barrio) del Poder Popular. Don Miguel, no hace falta seguir fingiendo, lo político y lo más saludable para usted y su generación sería dejar que la gente votara en libertad por uno u otro candidato; pero si no comparte esta visión, lo tiene fácil, salga mañana en la televisión y diga: las elecciones son para los revolucionarios, y punto.

La oposición anticastrista y el exilio tienen una oportunidad de oro con la crisis generada por Irma: tender la mano, proponer acciones a favor de todos y en contra de nadie y no caer en las trampas del tardocastrismo; pero sin dejar de expresar sus ideas, criticar la irresponsabilidad gubernamental y seguir denunciando los atropellos.

La solidaridad humana no es patrimonio de Cuba ni del comunismo; es patrimonio de la humanidad; si tanto os gusta poner fotos de brigadas cubanas colaborando en otros países por qué no publican la cifra anual de remesas del exilio cubano, a los que ustedes echaron de Cuba, las cifras de las recargas de móviles y las cifras de las compras en esas tiendas de Internet, donde la carne de res y los pañales desechables se pagan a precio de caviar Beluga.

¡Basta ya de burlaros de la pobre gente!, que ha sido empobrecida por ustedes y de andar alardeando el día entero, como hizo recientemente Bruno Rodríguez con el canciller español, rechazando el ofrecimiento de ayuda española que se hizo conjuntamente a todos los países del área, sabiendo lo que se avecinaba.

Granma, en otro ejemplo de esquizofrenia totalitaria, se pone ahora a regañar a los cubanos que bailaron y bebieron ron o lo que fuera en medio del huracán. Increíble, criminalizar a víctimas, esas personas son parte del Hombre Nuevo, señores de Granma y del Buró Político.

Ninguno de ellos se ha criado en el capitalismo salvaje y decadente que Granma critica un día sí y otro también, sino que pretendían ser como el Che.

Irma ha desmontado la penúltima coartada totalitaria del tardocastrismo, desvelando su pasión por el papier maché para revestir paredes húmedas que ahora sufrirán el peligroso oreo y el ardiente sol subtropical; lo dramático es que detrás de esas paredes viven seres humanos, gente como nosotros, pero hartas de vivir con un salto perenne en el estómago.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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