Accidente Aéreo en Cuba Foto © Alexandre Meneghini / REUTERS

Lo que dice de los cubanos el vuelo DMJ-0972: una radiografía nacional

Este artículo es de hace 2 años

Santiago de las Vegas era un volcán a medio camino entre la parálisis y el caos: se acababa de desplomar un avión, había explotado, la humareda y el hedor penetrante y dulzón de la carne chamuscada confirmaban el escenario de infierno. No era una película. Los paralizados miraban con sus ojos lo que no querían creer. Los caóticos vociferaban, se persignaban, pedían ayuda.

Y los habaneros más cercanos corrieron, dejaron sus casas y sus vendutas de frutas, detuvieron sus vidas y las arrastraron hasta aquel descampado que antes fue un sembrado de hortalizas y ahora era un sembrado de cadáveres.

Los vimos correr con dos, tres, cuatro sobrevivientes. Los vecinos ponían sus hombros, sus estómagos a prueba de olores, se mezclaban entre el fango y el fuego para salvar lo que se pudiera de aquella argamasa caótica donde lo mismo había maletas sueltas que piernas sueltas.

Pero entonces vimos otros videos, y al espanto de la tragedia se sumó el espanto ante el bochorno.

Un policía le cierra las esposas en las muñecas a un personaje delgaducho, un jovenzuelo de veintipocos años. Quienes filman espetan porqués y por cuántos: que era una injusticia, dicen. Que lo dejen libre, insisten. Que él no hacía nada malo. Que esos cuarenta pesos… estaban allí, carajo, que no tiene nada de malo cogerlos.

Y entonces algo se mueve en nosotros, espectadores distantes de una tragedia épica: a ver si entendemos bien… ¿había gente robando? ¿Allí, en medio del dolor y la muerte y la angustia? ¿Había cubanos saqueando a las víctimas, recogiendo sus pertenencias, echándose al bolsillo algún billete no quemado, alguna cartera sobreviviente? Sí, los había. Uno de los tantos videos filmados nos lo confirma. Y eso mueve tanto o más el estómago que las filmaciones de cadáveres en las más desorbitantes poses de rupturas, rasgados, exposiciones óseas, horror.

El vuelo DMJ-0972 ha tirado hacia arriba, como con un gancho, de todas nuestras esencias. Nuestras naturalezas verdaderas. Las ha sacado a flote de maneras tan contradictorias que cuesta reconocer a un mismo pueblo entre acciones tan opuestas.

El video tomado segundos después del impacto, mientras una nube negra y pestilente asciende como símbolo que nadie quisiera nunca ver, muestra a un puñado de vecinos de Boyeros paralizados. Y se les nota compungidos, aterrados. Se escuchan voces nerviosas, que insisten en que sí, compadre, se cayó, se cayó, mientras crece la algarabía y todavía se titubea entre la filmación y correr por ayuda. Los segundos de parálisis colectiva frente el drama imposible de concebir. Gente noble y bondadosa estremecida en serio por lo que ocurría allí, a un palmo de sus hogares.

Pero luego asistimos a otro video, otro de los tantos tomados con celulares siempre enviados desde allende a los mares, donde dos chicos filman con risitas de fondo, y voltean la cámara hacia ellos y ponen deditos de paz frente al lente, y regresan la cámara al infierno frontal. Y luego avanzan. Bromean conque aquello está del carajo. Y toman primeros planos de lo que a un humano normal, civilizado, un humano con alma y espíritu le haría caer arrodillado de horror: cuerpos femeninos en poses deformadas, quemados, cuerpos masculinos con las vísceras afuera.

De repente alguien llama a otro de los celulares que filma, y una voz en off escupe sentencias que indignan: “Que sí, asere, que tengo aquí a un chamaco con los mondongos afuera”. Así. Como quien narra la textura de la carne que se llevará del agro en una bolsita de nylon. Y del lado de acá un espectador nuevamente distante tiene que reprimir las ganas de gritar y agarrar al ordenador por el cuello, si lo tuviera. Tiene que reprimir las ganas de aplastar con las dos manos al insecto viviente que es capaz de hablar con esa irrespetuosa ligereza, con ese cuasi desprecio, de alguien que ha perdido la vida y tiene sus intestinos expuestos a la vista general. Indecencia coagulada, condensada, obscura.

A noventa millas, el panorama entre cubanos compite igual por el absurdo, la contradicción, la dicotomía.

Desde esta orilla emigrada se alternan las manos que se cubren la boca, que contienen el grito de horror… y las manos que palmotean, que aplauden en señal de vendetta indisimulada: “Que se jodan”.

Lo mismo te cruzas con una vendedora de café en un bakery de South Miami que se echa a llorar en cuanto sale el tema, y te dice que no, que ella no tenía a nadie en ese avión, pero que desde el sábado no ha podido dejar de sufrir por esas pobres almas; o te das de bruces con la hermosa iniciativa de un polémico cantante -Osmani García- que decidió poner sus ahorros en función de pasajes de avión rumbo a Cuba para familiares de las víctimas. Y eso se agradece: las lágrimas de la empleada del bakery, la iniciativa de Osmani García. Se les agradece a ambos, y a tantos más, mostrar sus fibras humanas, su solidaridad en tiempos de cólera.

Pero entonces el optimismo te pone un Stop: mejor no leas ciertos muros cibernéticos. Aléjate de Facebook si te quieres quedar con una postal de honor. No mires las palabras mal escritas y peor pensadas de quienes se han alegrado de que eso les pase a los comunistas, y a los turistas que visitan una isla castrista. Los comentarios de quienes no piden que ese avión maldito jamás se hubiera desplomado: ellos piden que se hubiera desplomado, con la misma carga humana dentro, pero encima del Consejo de Estado cubano. Y eso es digno de asco. Esas cuatro letras, sin mucho más. Asco.

Al otro lado de la trinchera ideológica, una diligente obrera del propagandismo -que no periodismo- llamada Talía González pone a sus entrevistados las mismas palabras en la boca, una y otra vez: el agradecimiento supino a la Revolución. La atención que han tenido los familiares, oh milagro: una guagua de transporte, un bocadillo de merienda, un abrazo militar o partidista. La demagogia solidificada en soldados del poder. Martí diría que aquella periodista tenía la viruela en el alma. Pero ella no lo sabe y no le importa. Ni a ella ni a sus decenas de colegas que ponen cámaras y micrófonos frente a madres de luto y desgracia y les piden que ovacionen al proceso político antes de preguntarles siquiera el nombre de sus víctimas.

Mientras termino este párrafo el Ministro de Transporte cubano, un personaje irrecordable llamado Adel Yzquierdo, ha culpado al "bloqueo genocida" por la decisión de Cuba de alquilar aviones extranjeros. No ha dicho, claro está, la condición de los aviones que alquilan o la dudosa profesionalidad de a quienes se los han decidido alquilar, pero esa es harina de otro costal. Su previsible declaración encaja también en el puzzle de nuestras esencias, de lo que somos como nación: un país al que le mienten así, sin ocultamientos, le justifican las peores barbaridades e ineficiencias, sin que nadie en el siniestro poder se vea obligado a renunciar o ponerse un traje de preso en el cuerpo.

Solidarios y compungidos, rufianes y burlescos. Honorables y miserables. Rescatistas de tres guerreras sobrevivientes, gentuza que robaba maletines extraviados en medio de la tragedia. Gente que ha perdido el sueño y llora por desconocidos, gente que ha perdido la decencia y se alegra de una catástrofe en suelo castrista. Bendiciones y maldiciones enviadas con pasmosa equidad.

El vuelo DMJ-0972 dice más de nosotros de lo que pensábamos. Lo que dice sí ha sobrevivido, está a salvo como si hubiera viajado a prueba de accidentes dentro de la caja negra del avión. Y allí, en lo que dice, hay casi tanto caos y variedad como en aquel descampado de Boyeros donde antes había un sembrado de hortalizas y ahora y para siempre habrá un sembrado de cadáveres.

Este artículo es de hace 2 años

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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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