Ketty Fresneda, en Masterchef Foto © Foto: Twitter

Color y sabor cubanos derrochados por Ketty Fresneda en "Masterchef 6"

Este artículo es de hace 2 años

De lágrima fácil y espléndida sonrisa, la cubana de 28 años tiene un rostro, un carisma y una presencia en los cuales nos sentimos reconocidos los cubanos de adentro y de afuera de la Isla, independientemente de lo que decidan los jurados de una de las competencias culinarias más célebres de la televisión mundial.

Según ha declarado, Ketty Fresneda llegó a España hace unos seis años, “engañada” por un novio gallego (lo contó evidentemente en broma) que le habló del sol de Galicia, exactamente de Pontevedra. Y para alguien que llega de Cuba evidentemente la ganó cierta decepción cuando comprobó la realidad.

Porque Ketty puede hacer referencia al regusto cubanísimo por los frijoles negros, y a los apagones larguísimos del Período Especial, a las maravillas del ballet clásico que ella vio en Cuba, la bandera cubana cerca de ella, o al precio prohibitivo de la carne de res en la Isla, pero todo ello lo hace sin resentimiento con los 22 años que vivió en Cuba y muy lejos de presentar su presente en España como lo mejor que podía pasarle.

Con su impresionante peinado afro, regularmente alborotado, su esbeltez a lo Cecilia Valdés, y una sonrisa y unos ojazos de espléndida mulata, fina, tierna, apasionada y laboriosa, Ketty constituye uno de los símbolos de cubanía más legítimos y pintorescos entre los aportados por la televisión globalizada en lo que va de año.

Aunque sea ligeramente tarde, respecto al momento en que están saliendo al aire las ediciones originales del programa, los cubanos disfrutan de Masterchef 6, mediante el Paquete Semanal, donde se puede disfrutar, semana tras semana, de la gracia personal, y el talento para la cocina de esta muchacha sensitiva, a la cual es muy difícil pronosticarle el futuro en Masterchef.

Porque independientemente de su talento y habilidades, Ketty se quedará en el programa mientras represente contrastes con  los otros concursantes, mientras provoque pasiones encontradas, como cuando se suscitó un conflicto con uno de los compañeros que le había asignado el delantal negro y la prueba de eliminación.

Ketty reaccionó airada, por supuesto, en tanto la colocaron en un conflicto innecesario por completo, impuesto por los jurados y directores para ganar teleaudiencia con mecanismos espurios, y reforzar la rapacidad y el individualismo, el elemento de jauría deshumanizada, de una competencia extremada, a veces hasta cruel, donde solo importa ganar, pasarle por encima al contrincante, y pasan a segundo plano la generosidad o la dignidad de los concursantes, el deseo de aprender y mejorarse, e incluso sus habilidades culinarias.

Todo sea hecho para que Masterchef tenga conflicto, pique, melodrama, lagrimeo y morbo, ingredientes perfectamente evitables del suculento plato que el programa puede ser si se tratara, en efecto, de una competencia para ver quién cocina mejor y con más gusto.

Este artículo es de hace 2 años

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Joel del Río

Joel del Río. Periodista, crítico de arte y profesor. Trabaja como redactor de prensa en el ICAIC. Colabora en temas culturales con algunos de los principales medios en Cuba. Ha sido profesor en la FAMCA y la EICTV, de historia del cine y géneros cinematográficos.

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Joel del Río

Joel del Río. Periodista, crítico de arte y profesor. Trabaja como redactor de prensa en el ICAIC. Colabora en temas culturales con algunos de los principales medios en Cuba. Ha sido profesor en la FAMCA y la EICTV, de historia del cine y géneros cinematográficos.