Armando Fuentes Foto © El Estornudo / Abraham Jiménez Enoa

Llegó tarde al aeropuerto de la Habana y se salvó de morir en el Boeing 737

Este artículo es de hace 2 años

Armando Fuentes, un jubilado de 76 años que vive en La Habana, se salvó de la muerte porque el pasado viernes 18 de mayo no llegó a tiempo al aeropuerto José Martí y perdió el vuelo.

Según el sitio web El Estornudo, el anciano vive solo en el municipio de Centro Habana, es viudo y padre de dos hijos. Debía viajar a Holguín a ver a su hermano, que recientemente perdió a su esposa.

Pero ese día todo salió al revés. Aunque un amigo le había confirmado que a las 9:30 a.m. lo recogería en su auto para llevarlo al aeropuerto, a las 10:20 a.m. no había llegado. Al final apareció y salieron, casi a las 11:00 a.m. Pero en el trayecto el Ford se ponchó y no había repuesto. Armando, nerviosísimo, decidió coger un P12.

Sin embargo, a mitad del recorrido supo que no llegaría a tiempo. “No estaba para mí, así de simple; no estaba para mí”, expresó.

No obstante, cuando se bajó del ómnibus se dirigió de todas formas a la terminal aérea en un intento de recuperar su billete. Solo unos segundos después de que la empleada le informara que el Boeing 737-200 ya estaba despegando, se escuchó la explosión.

“No sabría describirte el sonido, nunca había escuchado algo así. Solo te puedo decir que el piso se movió y empezó la locura”, recordó Armando.

La funcionaria que lo había atendido salió corriendo de detrás del mostrador. El anciano quiso saber qué ocurría, cuando un joven aduanero con un extintor en las manos lo empujó y lo lanzó al suelo.

Cuenta Armando que a partir de ahí todo fue un caos, la gente corría y gritaba: “¡Ay, por Dios, ay, por Dios, se cayó!”

El anciano comenzó a andar lentamente cuando escuchó: “Ese es el Habana-Holguín. Se mataron, hermano, ahí no va a quedar nadie”.

Vio la columna de humo, los carros de bomberos, las ambulancias y las patrullas.

“Me quedé en blanco, no sabía qué hacer. La gente se acercaba al lugar donde cayó el avión para ayudar, o por chisme, pero yo no podía moverme. Yo debería de haber estado hecho cenizas en ese momento, y quiero pensar que por alguna razón divina estaba vivito y coleando”.

Esa madrugada Armando había tenido una pesadilla. El hoy jubilado de la industria deportiva, que trabaja como custodio en un parqueo, había soñado que jugaba al béisbol en el Estadio Latinoamericano de La Habana. Él, como pitcher, lucía el 92 en su espalda;  su contrincante, el 83.

Al despertarse se impresionó: en el juego de “La Bolita”, 92 es avión y 83, tragedia. Sin embargo, lo que para muchos hubiera significado una alerta, a él no lo detuvo, y esa mañana decidió volar a Holguín a ver a su hermano, como lo había previsto.

Hoy, piensa con tristeza que alguien tomó su lugar. Lo más probable es que su asiento se haya vendido “por fuera”, y no en la lista de espera, como está establecido pues según El Estornudo, los empleados de Cubana de Aviación venden esos billetes a 20 CUC, y ese día nadie que estaba en la lista de “fallos” abordó el avión siniestrado.

Una hora después del accidente, Armando abandonó el aeropuerto y caminó sin rumbo hasta que encontró un teléfono público. Llamó a su amigo, el que debía haberlo llevado a tiempo esa mañana, le preguntó dónde estaba y si tenía ron. “Le advertí de que iba para su casa porque yo estaba vivo”, concluyó.

Este artículo es de hace 2 años

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