Editorial: "No les demos la espalda"

Poco podemos quejarnos los cubanos de la política migratoria de los Estados Unidos. Durante años hemos sido unos privilegiados. Pero eso se acabó. La separación de familias cuando están bajo custodia de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza ahora nos puede tocar también a nosotros.

José Antonio Vargas / Twitter
Niños separados de sus padres en la frontera de EE.UU. con México. Foto © José Antonio Vargas / Twitter

Este artículo es de hace 3 años

No hace falta ser padres para entender la magnitud de la tragedia. Basta con escuchar las grabaciones de menores separados de sus familias recogidas en la frontera de Estados Unidos con México. Hay que tener valor para soportar el llanto desgarrador de niños muy pequeños apartados de su papá y de su mamá cuando la familia intenta entrar ilegalmente en un país que ha crecido hasta ser el más poderoso del mundo gracias a la inmigración. Si tienes hijos, esto te desborda.

Poco podemos quejarnos los cubanos de la política migratoria de los Estados Unidos. Durante años hemos sido unos privilegiados. Pero eso se acabó. El expresidente Barack Obama derogó la Ley de ‘Pies secos, Pies mojados’ a primeros de 2017 y Trump, que todo lo puede, no lo ha restituido pese a que los votos de la Florida, donde viven cerca de 1,5 millones de cubanos, siempre son determinantes.

La separación de familias, principalmente centroamericanas, cuando están bajo custodia de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza ahora nos puede tocar también a nosotros. Y aunque no nos tocara ni de lejos, no podemos mirar para otra parte porque eso le pasa a los salvadoreños, guatemaltecos y mexicanos. No nos hagamos los suecos. Esto va con todos.

Las cosas no se arreglan solas. Si no levantamos la voz, sólo porque eso no va conmigo ni contigo ni con nosotros, esos niños seguirán llorando y preguntando dónde están sus padres.

El Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas asume que lo que está haciendo Trump al separar a los niños pequeños de sus familias para poder prolongar más de 21 días la estancia de sus padres en los Centros de Detención es “inadmisible”. El Papa Francisco apoya a la Conferencia de Obispos de EE.UU. que lo ha calificado de “inmoral” y hasta la propia Melania Trump ha dicho que odia ver a los niños separados de sus padres.

Hillary Clinton ni siquiera se ha molestado en afearle la medida a Trump. Le ha pegado un tirón de orejas a la sociedad estadounidense porque esto, entiende ella, no es sólo una crisis humanitaria sino también una crisis moral de un país que desde que se levanta tiene las bendiciones atadas a los labios.

Las cosas no se arreglan solas. Si no levantamos la voz, sólo porque eso no va conmigo ni contigo ni con nosotros, esos niños seguirán llorando y preguntando dónde están sus padres.

Ser inmigrante no es ser un delincuente ni mucho menos un criminal. De eso sabemos mucho los más de dos millones de cubanos residentes en Estados Unidos y los que estamos regados por todos los rincones del mundo. Siempre habrá quien critique que opinemos fuera de Cuba y no lo hayamos hecho dentro de la Isla. Quien tira de ese argumento sólo se engaña a sí mismo.

La razón la sabemos todos: allí nos jugamos, en el mejor de los casos, la libertad. En el peor, la vida. Es lo que tiene de grande la democracia, que puedes protestar y manifestar tu disentimiento sin arriesgar ni tu futuro ni la posibilidad de volver a ver a tu familia. Por eso lo hacemos. Ni más ni menos.

Tanto los expresidentes George W. Bush (republicano) como Barack Obama (demócrata) endurecieron la política migratoria durante sus mandatos, pero no hasta el punto de separar a niños y padres. Hasta 2006 se detenían padres y menores por separado, pero ese año el Congreso de los Estados Unidos decidió que las familias no debían separarse.

Ser inmigrante no es ser un delincuente ni mucho menos un criminal. De eso sabemos mucho los más de dos millones de cubanos residentes en Estados Unidos y los que estamos regados por todos los rincones del mundo.

Trump ha dado un paso más. En abril pasado el fiscal general Jeff Sessions dio orden a los fiscales de California, Arizona, Nuevo México y Texas de priorizar las demandas contra los inmigrantes primerizos con el ánimo de acusarlos de entrada ilegal y poder expulsarlos cuanto antes de Estados Unidos.

Su política de “tolerancia cero” ha ido demasiado lejos. Las grabaciones de los niños llorando por sus padres son una vergüenza para un país que siempre ha defendido a capa y espada los derechos humanos.

Lejos de aceptar las críticas y dar marcha atrás, Trump hace gala de la idoneidad de su política migratoria so pretexto de que se trata de un problema de seguridad nacional. Y para acallar a los inconformes filtra su intención de salirse del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, un día después de que esta institución criticara la separación de las familias de inmigrantes en la frontera de EE.UU. con México.

No pedimos a Estados Unidos que baje la guardia en la vigilancia y control de sus fronteras. Sólo pedimos respeto para los derechos de esos niños que no tienen la culpa de haber nacido en el Sur. No podemos escoger ni los padres ni la nacionalidad. Hasta para nacer hace falta tener suerte.

No podemos escoger ni los padres ni la nacionalidad. Hasta para nacer hace falta tener suerte.

Pero sí podemos elegir de qué lado estamos. Lo que está haciendo la Administración Trump con más de 2.033 niños en la frontera con México es un crimen. Piensen por un momento: esos pequeños podrían ser los nuestros. Eso que le está pasando a los guatemaltecos y salvadoreños nos puede pasar a nosotros.

Con Trump, no nos engañemos, a los cubanos nos cuesta cada vez más salir de Cuba. Y no hablamos sólo de esfuerzo. Hablamos de dinero, de nervios, de tiempo y de vida. Su política migratoria también nos afecta. Ya está bien de creer que esto no va conmigo. Esto es un problema de todos. También nuestro.

Estados Unidos es un gran país. Muchos hemos recobrado la dignidad gracias a su infinito apoyo. Necesitamos que las grandes naciones no dejen de serlo. Esos niños llorando en la frontera no pidieron venir a este mundo. No les demos la espalda.

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