El regalo de Putin a Trump: un humillante Waterloo llamado Helsinki

Quienes aplauden ciegamente lo que hace el maníaco narcisista que preside a la principal nación del mundo deberían, de una vez por todas, asumir que ellos no defienden a América. Ellos sencillamente son leales a Donald Trump.

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Donald Trump junto a Vladimir Putin, en Helsinki Foto © Kremlin.ru

Este artículo es de hace 3 años

De repente la Unión Europea es el enemigo y Rusia solo un país con un nuevo zar incomprendido.

Un buen día los estadounidenses descubrieron que Angela Merkel, Theresa May, Emmanuel Macron, y todos los líderes del mundo libre occidental, eran los verdaderos rufianes que querían mal a la tierra americana, que la saqueaban, la engañaban, conspiraban en su contra, y que, por el contrario, el camarada Vladimir Putin era un aliado con tantas virtudes como para equilibrar su palabra a los servicios de inteligencia estadounidenses, y defenderlo a cualquier precio.

Lo que acontece en Estados Unidos en estos tiempos de Donald Trump es una crisis institucional de proporciones épicas. Jamás se tuvo noticia de un comandante de ejército que desacreditara a sus propios generales para defender la honrilla del comandante rival.

Helsinki se estudiará en los libros de Historia. Helsinki, el suelo finlandés que acogió la bizarra cumbre entre los representantes de las dos máximas potencias nucleares del mundo, simboliza -sin quererlo- la traición más abyecta de un presidente norteamericano a todo lo que esta gran nación promulgó durante doscientos cincuenta años.

Para empezar, la institucionalidad.

No existe memoria de un presidente estadounidense que abiertamente ridiculizara a las agencias federales que dirige, su propio ejército de recopilación de información, a favor de salvar los muebles de un mandatario rival.

Rival no porque lo dice la prensa, o los liberales, o Pussy Riot. Vladimir Putin es un mandatario rival porque encarna como nadie la visión imperial rusa renacida de las cenizas de la Guerra Fría. Nadie eligió a Vladimir Putin como enemigo de esta nación, según recordaba en un incendiario comunicado el senador y excandidato presidencial John McCain. Sencillamente lo es. No ha perdido ocasión de recordarlo. Dígase anexando a Crimea y mintiendo al mundo sobre los cómos o porqués. Dígase apoyando irreductiblemente al aborrecible Bachar Al Assad. Dígase, sobre todo, hackeando el sistema electoral estadounidense.

En tiempos en que una potencia extranjera envía a su ciberejército de piratas a robar información sobre la candidata que no le conviene, y el presidente favorecido por esa práctica elige la cordialidad por sobre la denuncia, elige la banda presidencial venga como venga, no importa si hubo o no hubo colusión: la crisis institucional es feroz.

Donald Trump no le arrancó un solo acuerdo significativo a Vladimir Putin sobre la no proliferación nuclear. Era ese el objetivo público del encuentro en Helsinki. El silencio sobre el tema atómico ha sido atronador. En su lugar, Donald Trump pronunció allí, a contrapelo de los suyos, de espaldas a las agencias federales que comanda, la defensa cautiva a su admirado zar Putin: “No veo por qué Rusia habría de hacerlo”, dijo.

Ayer asomó a decir que le faltó un no. “Debí decir No veo por qué Rusia NO habría de hacerlo”, dijo. Y se quedó tan ancho. ¿Qué clase de juego escolar es este? ¿Alguien debe enseñarle gramática elemental al presidente de Estados Unidos?

Hoy, un día después de su adolescente rectificación, Donald Trump ha vuelto a escupir la institucionalidad. En momentos en que su propio director de Inteligencia Nacional, Dan Coats, advierte de que la amenaza de injerencia rusa sobre Estados Unidos está altamente vigente, el Commander in Chief lo desmiente delante de su propio gabinete.

“No”, respondió lacónicamente hoy Donald Trump ante la pregunta de un corresponsal de prensa que inquirió si él pensaba que Rusia aún amenazaba a Estados Unidos con sus turbias prácticas.

Corren tiempos sin margen para indefiniciones. No hay más lastre que lanzar del globo a la espera de estabilidad: quienes aplauden ciegamente lo que hace el maníaco narcisista que preside a la principal nación del mundo deberían, de una vez por todas, asumir que ellos no defienden a América. Ellos sencillamente son leales a Donald Trump.

Cuando se elige dar más crédito a las palabras de crío malcriado de Donald Trump que a las de un héroe de guerra como John McCain; cuando se elige partir lanzas a favor de un mentiroso compulsivo que cambia de guión según le venga en ganas, y en contra de la CIA, el FBI, la NSA, no hay dudas del bando que se está integrando. No es americanismo lo que se olfatea en las chimeneas hoy de la Casa Blanca. Se llama Trumpismo. Es fácil de adivinar en la megalomanía de un hombre en cuyos hoteles hasta los cestos de basura -literalmente- llevan grabados en dorado la inscripción de su apellido.

La presidencia estadounidense necesitará un Plan Marshall de reconstrucción futura, demasiados mandatos dignos de republicanos y demócratas, para recuperar el respeto y el honor.

Helsinki tiene nombre de infamia para el orgullo americano. En Helsinki hubo un día en que el presidente de los Estados Unidos abdicó de todo su poder. Que alguien le susurre al narcisista Donald Trump que ya puede exhibir algo parecido a Napoleón: Helsinki es su propio Waterloo. Fue el obsequio de Estado que se trajo de Finlandia, cortesía de Vladimir Putin.

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