Crucero en La Habana / Donald Trump Foto © CiberCuba / Flickr

La penúltima trumpada

Este artículo es de hace 1 año

La coincidencia temporal y espacial de los planes de reelección de Donald Trump con la crisis de Venezuela y la jubilación de Raúl Castro retrotrae parcialmente el “problema cubano” a la época de la Guerra Fría, cuando el imperialismo yanqui era el comodín preferido de Fidel Castro para legitimarse y justificar sus fracasos socioeconómicos.

La Casa Blanca acaba de insistir en resituar el drama cubano en el ámbito bilateral, cuando la pugna real es entre cubanos oprimidos y empobrecidos por el castrismo y la élite dominante, con consecuencias en el forcejeo entre moderados y dinosaurios, del que saldrán fortalecidos temporalmente los últimos, que usarán la política Trump como pretexto para paralizar cualquier intento de reforma.

Pese al creciente endurecimiento, Trump no ha tocado la Enmienda Agrícola y ha conservado las ayudas bilaterales, intentando hacer una clara distinción entre cubanos oprimidos y el aparato represivo; pero dólar que entra en la isla acaba de una manera u otra en las gigantescas y hambrientas fauces del tardocastrismo que es un Estado monopolista y conserva derecho de tanteo y privilegios sobre la ciudadanía maltratada.

A falta de calcular dentro de un año el impacto económico real de las nuevas medidas; de golpe los más beneficiados son, en el ámbito político, los inmovilistas; Raúl Castro que ya puede contar con una jubilación tranquila, pese al ruido venezolano; y quienes apuestan por mano dura frente a La Habana, dentro y fuera de los círculos de poder norteamericanos.

En el plano represivo, el tardocastrismo se beneficiará de una menor “actividad enemiga” a través de los contactos people to people, intercambios académicos y cruceros con turistas americanos desembarcando y callejeando por La Habana; pudiendo destinar más oficiales de la Contrainteligencia Interna y policías a reprimir a opositores y los conatos de protestas ciudadanas como la truncada marcha de gays y lesbianas, los cortes de calles por falta de agua y las broncas que provocan la colitis aguda, mal endémico de la dictadura castrista por su incapacidad de garantizar un suministro estable de alimentos, bienes y servicios. Además del notable ahorro de gasolina en los desplazamientos represivos.

Para desmemoriados, quizá sería oportuno recordar como las visitas de la “Comunidad Cubana en el Exterior”, producto del enfriamiento Carter, desembocó en el episodio de Mariel que –junto con la guerra de Angola- generó el primer gran cisma entre pueblo y castrismo, al quedar el comandante en jefe noqueado, tras su emocional decisión de retirar la custodia de la embajada peruana en La Habana, que fue inundada por miles de cubanos deseosos de escapar como fuera del paraíso muelero.

Más recientemente, el embullo Obama atemorizó a la dictadura cubana, que reaccionó a la visita del primer negro presidente de Estados Unidos con su consabido O’ Bella Ciao y congelando cualquier atisbo de reforma que creó la primer figura del romanticismo tardío: Marino Murillo Jorge, que sigue en el limbo reformista de su potencial laboratorio donde experimenta día tras día con los aretes que le faltan a la Luna.

El canciller Bruno Rodríguez ha tardado poco en desaprovechar el reto Trump, y tras un tweet mambí que parecía redactado por Castor Vispo para Tres Patines, y siguiendo la estela de Díaz-Canel, afloró el encantamiento de los mandarines de La Habana con otro tweet que parece redactado por Randy Alonso para Pánfilo: Trump perjudica el nivel de vida de los cubanos. Muy mal tiene que verle el ojo a la chiva el compañero ministro para instalarse en el solemne disparate de reconocer, de facto y con sus propios dedos, que la viabilidad del gobierno que le paga, pasa por el apriete o la carantoña de Trump. Nada original, solo continuidad.

Algunas voces del exilio han saludado la estrategia presidencial norteamericana con esa reiteración de su torpeza política que consiste en trasladar la responsabilidad del desenlace cubano a Washington. Nada original, solo continuidad.

En ambos casos, se alejan de la Cuba harta y que palpita por debajo de la escenografía bilateral añejay hueca y, lo peor, se distancian del pueblo cubano, esas caras anónimas que miran con preocupación hacia la bodega y rastrean Internet en busca de signos que le permitan prepararse para lo peor y lo mejor, ambivalencia perenne en el acontecer cubano.

Tampoco faltarán los duros de última hora, que apuestan por una invasión o un golpe aéreo selectivo, aunque concediendo, como una gracia, la oportunidad a sus hermanos, a los que ofenden llamándole carneros y otros epítetos, de sublevarse por hambre y desesperación para preparar el terreno, mientras ellos dudan en la carnicería de Sedano’s entre Sirlon Steak o Ribbs.

Paradójicamente, muchos de estos talibanes repentinos, en Cuba se limitaban a dudar si, en caso de una inmolación colectiva con ahorcamientos masivos, las sogas la tenían que poner ellos o serían repartidas por la libreta de desabastecimiento; luego ya en los pasillos y parques se acercaban a los discrepantes y con un golpecito en el hombro, lo animaban a seguir en la senda crítica que ellos evitaban.

Cualquier medida que empeore la situación económica de Cuba -y habrá que ver en cuánto y cómo empeora con las últimas- tendrá consecuencias negativas sobre los bolsillos de los cubano-americanos que, además de trabajar duro y honradamente para pagar sus obligaciones en libertad; cargan con el peso de sus familiares en Cuba, que necesitarán, aunque no lo digan por dolor y pudor, un poco más de remesas para aliviar su condición de mendigos forzosos y rehenes de una dictadura comunista.

Sería deseable que los cubanos asumiéramos de una vez que la suerte de Cuba está en nuestras manos y no en las de Donald Trump y Nicolás Maduro. El propio Miami es el mejor ejemplo de la capacidad de generar riqueza, empleo y bienestar de la mayoría de los cubanos en un marco referencial de libertad, justicia y solidaridad; aunque estafadores y pícaros hagan más ruido que esa enorme masa silenciosa que madruga cada día para trabajar en uno o más sitios y ver a sus hijos crecer como ciudadanos libres e iguales.

La mayoría de los cubanos de la isla no es muy diferente a sus hermanos del exilio, quieren lo mejor para sus vidas y para sus hijos y nietos y sueñan con un futuro que redima a la mayoría de nuestros padres de aquel error, inmenso error, de confiar su destino a un Mesías que parecía bueno, bonito y barato y que resultó malo, feo y carísimo.

Evitemos la tentación del hombre pródigo; evitemos la tentación de ceder nuestros derechos a un tercero que actúa en función de sus propios intereses cortoplacistas y pensemos cómo Cuba puede ser un país normal donde el trabajo honrado permita vivir al margen del crepúsculo de las ideologías.

Este artículo es de hace 1 año

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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