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"Viaje hacia el horror", un poema sobre el hundimiento del remolcador 13 de marzo

Este poema intenta nunca olvidar esa "infame página de la historia" reciente de Cuba, como lo califica su autora Lilliam Moro (La Habana, 1946).

Un homenaje a los fallecidos en 2016, imagen de referencia © Movimiento Democracia / Laura Gamba
Un homenaje a los fallecidos en 2016, imagen de referencia Foto © Movimiento Democracia / Laura Gamba

Este artículo es de hace 4 años

Con motivo de los 25 años de la trágica muerte de 37 cubanos en el hundimiento del remolcador 13 de marzo en el litoral de La Habana, CiberCuba comparte un poema de la exiliada Lilliam Moro (La Habana, 1946).

Este poema forma parte de la Colección Separatas de la editorial Betania, y "se centra en conmemorar (y recordar) el hundimiento del remolcador 13 de Marzo por las fuerzas armadas del régimen castrista (el 13 de julio de 1994) donde viajaban 72 ciudadanos cubanos que huían de Cuba hacia la Florida. De estos, murieron asesinadas 37 personas, incluidos 10 niños. ¡Uno de los crímenes más execrables del régimen del 59 en estas seis décadas plagadas de horror, sufrimientos y atropellos contra el pueblo cubano!", afirma la nota de prensa enviada a nuestra redacción.

Moro reside en Miami después de vivir cuatro décadas en España, agregan. Este poema publicado en 2018, "Viaje hacia el horror", intenta nunca olvidar esa "infame página de la historia" reciente de Cuba, como lo califica su autora

A continuación reproducimos íntegro este material que es de distribución gratuita:

1

La tierra está delimitada por fronteras.

El mar es libre.

Pero en la libertad también está la Muerte.

2

La Muerte no está hecha de números,

no es ninguna razón cuantitativa.

En solamente un muerto está la humanidad.

Pero cuando la Muerte llega uniformada

en tres embarcaciones

y dispara cañones que arrojan furiosamente agua

para hundir a un contrario

muerte por agua

y embisten y destrozan a ese contrario,

y ese otro no es uno sino setenta y dos,

y hay diez niños entre los setenta y dos

muerte por agua

y es en la madrugada

cuando el cielo y el mar se confunden

en un mismo brochazo de negrura

muerte por agua

entonces, por salvarse,

se agarran a un cadáver que flota,

y una madre le dice al hijo que cierre los ojos

para que no se asuste al ver la Muerte

muerte por agua

cuando piden clemencia

y les responden riendo “que se mueran”

muerte por agua

y empiezan a contarse los cuerpos bocarriba,

a la deriva,

entre ellos diez niños como sueños flotantes.

¿Cómo quedan, Señor, los que sobrevivieron?

¿Cómo quedan, Señor, los que gritaron

“que se mueran”,

ahora ya envejecidos tantos años después,

sin los potentes barcos, sin cañones de agua,

con las medallas al mérito que se van oxidando

al mismo ritmo que se pudren sus almas?

¿A qué dios obedecieron ciegamente

y cuya voz ya no recuerdan?

¿Cómo queda, Señor, esa mujer

que tira caramelos al agua

cada 13 de julio?

¿Cómo quedamos, Señor, los que lo recordamos

en cada aniversario y echamos espuma por la boca

escribiendo poemas

y no podemos arrancar esa página infame

de los libros de historia

ni concederles la resurrección?

3

El brutal cañonazo de agua en medio de la noche

hizo pedazos la esfera de la brújula

que señalaba los puntos cardinales

del tiempo por venir,

ese que llaman el futuro;

el cristal hecho añicos

con sus agujas aplastadas

que no pudieron señalarles el Norte.

Los cuerpos ya no flotan,

se fueron hundiendo

con la lentitud de lo que resulta inevitable.

No necesitaron al barquero Caronte.

Se iban sumergiendo parsimoniosamente

como el que al fin descansa

y se abandona al sueño donde la Nada los recibe.

Enredados al légamo

entre los peces ciegos,

descendieron para hacer compañía

a viejos barcos herrumbrosos

de maderas podridas

que desde hace siglos se han ido acumulando donde comienza lo abisal;

y allá abajo, en el fondo del fondo

tan parecido al infinito

yacen los seres que intentaron

pasar hacia otro punto de la cercana geografía.

Y todavía están allí.

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