Caracol gigante africano Foto © Guerrillero

“El caracol gigante africano es ya una mascota para los cubanos”

A Teresa le encanta comer ensaladas. Sin embargo, al mismo ritmo que ha ido creciendo la presencia del caracol gigante africano en la isla ha ido disminuyendo su ilusión por hacerlo. “Ya le dije a mi marido que se olvide de comprar lechuga o acelga por largo rato”.

Diabética de 41 años, la vecina del municipio de Arroyo Naranjo confiesa que “vi al dueño del huerto donde compramos las hortalizas recogiendo los caracoles por montones. La sola idea de que ese bicho haya envenenado los cultivos me vuelve loca y me da miedo comprar algo por la zona. Necesito comerlos, pero no confío en que queden limpios ni lavándolos meticulosamente.

“Hemos sido más que negligentes. Dejamos que el asunto fuera tomando fuerza y ahora queremos ponerle un stop. El caracol no vuela ni corre. Somos los seres humanos los que lo hemos puesto donde está. Una vez más la irresponsabilidad del hombre pone en juego su propia existencia”, acota.

De acuerdo con lo que asegura la estomatóloga Yadira, “el caracol gigante africano es ya una mascota para los cubanos.

Sabrá Dios qué personaje lo trajo desde África hasta el barrio habanero de Poey. Es increíble ver como ha existido poquísima percepción de riesgo y han sido inconstantes las informaciones que brindan las autoridades sanitarias.

“Lo más sorprendente es que el bicho se detectó por primera vez en 2014 y todavía no parece hacerse nada concreto, a no ser decir por televisión que es malo. Cuando llueve salen como hormigas. Cerca de los ríos se ven en grandes cantidades.

“Ahora es que le están dando más importancia, pero se trata de una especie que lleva al menos cinco años ganando terreno y hoy no hay quien lo pare. El asunto se nos fue de las manos. Lo dejamos crecer hasta un nivel peligroso. Hasta que no suceda una desgracia el gobierno no tomará cartas en el asunto”, aclara la artemiseña de 32 años.

Asimismo, una cuentapropista residente de Boyeros afirma que el caracol africano es una plaga en La Habana. “Hace alrededor de dos años que escribí a todos lados diciendo que estábamos repletos de caracoles de ese tipo y sigo esperando respuesta. En las noches pueden contarse por decenas. Los eliminamos recogiéndolos y echándoles sal para que mueran, pero al otro día vienen más.

“La ineptitud y la indolencia de los dirigentes nos van a pasar factura. Desafortunadamente el caracol llegó para quedarse, como la claria. Es cierto que la población tiene que apoyar más, pero hay poco hecho por el Estado para lograr controlar la epidemia.

“Si fue sumamente insensata la persona que lo entró al país, también fueron grandes imprudentes las autoridades que demoraron tanto en enfrentarlo. Es una falta de respeto. Si cuando lo descubrieron hubieran llamado la atención popular como lo están haciendo ahora, no se hubiera extendido su presencia a todas las provincias”, apunta la agente de Telecomunicaciones.

Otra capitalina, que vive en Habana del Este, confirma que allí la situación tampoco se controla. “Aparecieron hace años en un círculo infantil y los niños iban a jugar con él. Hace rato que me los encuentro todas las mañanas. Mis vecinos dicen que los caracoles son ya como parte de sus familias”, asegura.

“Combatir el caracol no debe ser solo una batalla popular. Son muchos los riesgos y pocos los recursos: sal, cal, latas, guantes adecuados, etc. Los que mandan deben intervenir con más intensidad. No es solo recoger y eliminar el caracol, sino lograr a través de charlas que la gente sepa medir la gravedad del problema”, añade.

“Hay zonas de Alamar y Cojímar minadas de caracoles. Cuando llueve salen a jugar y se ven un montón en la calle y la acera, cerca de escuelas, parques y policlínicos. No es fácil tener que preocuparse también por estos bichos, como si no tuviéramos suficiente ya. Están esperando a que haya fallecidos”, dice.

“Es inexplicable la forma en que se ha diseminado este indeseable caracol por todo el país. En mi opinión, estos caracoles llegaron para fines religiosos y se han extendido tanto como la religión africana misma”, explica.

A tenor con lo que publica Leonardo en Cubadebate: “Todos los virus y las enfermedades que se pierden en el mundo los recoge Cuba. ¿Por qué será?”.

Otro forista destaca allí que “este es un mal que nos afecta a todos. Si el caracol es africano, ¿cómo pudo entrar a Cuba? ¿Dónde estaban las medidas de fronteras, aduana, sanidad, y un largo etc., que laboran en los aeropuertos? Por este camino un día nos entran al país algo peor y adiós Lola”.

Las palabras preocupadas de Nelson, de 39 años, plantean que “ya no quiero ni sacar a mi perro a pasear. Por mucho que haga la población o el gobierno hace falta que la ciencia y la tecnología detengan a esta especie invasora. Las recogidas que se hacen en los barrios son pan para hoy y hambre para mañana porque no resuelven mucho. Hay vidas en riesgo. Los caracoles son silenciosos y se reproducen rápidamente.

“Si no nos ponemos las pilas y nos batimos todos juntos, hasta en la cama donde dormimos tendremos caracoles. Ellos forman parte de mi vida. En el primer piso de mi casa los eliminamos, o eso creemos, y a los tres días los hay grandísimos. De milagro no hemos inventado cómo comerlos.

“Por el momento, estamos siendo obligados a convivir con ellos. La ciudadanía apoya, pero no es responsable ni tiene la culpa del caos sanitario que vive. Hay quien se resigna a tenerlos como parte de su entorno y eso es lo peor”, concluye.

También en Arroyo Naranjo el dulcero Pablo destaca que “el estado higiénico-sanitario del municipio es alarmante. Hace unos días fuimos al policlínico y los encargados de atender a los caracoles nos dijeron que no tienen recursos para acabarlos. Fui dos veces más y recibí la misma respuesta, así que decidí no ir más para no seguir perdiendo el tiempo.

“Es preocupante cómo en este territorio se pasea libremente ese engendro y lo que es peor, sin un enfrentamiento eficaz ni sistemático. El patio de mi hijo está lleno de caracoles pequeños y grandes que se tratan de recoger diariamente, pero eso no los detiene. Son cientos”, puntualiza.

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