Carnicería en Cuba (Imagen de archivo) Foto © CiberCuba

Cuba de tripas y sin corazón

En los horrendos años noventa en Cuba (¿cuáles no han sido horrendos desde 1959?), llamados del "Período Especial en Tiempos de Paz", vendedores de cualquier cantidad de infamias destinadas a entibiar los hambreados estómagos habaneros, tocaban sigilosos a las puertas, con nocturnidad y alevosía, vendiendo productos robados en almacenes estatales y de la "Reserva de guerra".

A la incesante compra-venta siempre se le llamó “bolsa negra”, no se si habrá que cambiarle el nombre por Afromercado, o cualquier otra tontería de moda racial o inclusiva que atropella la racionalidad en nombre de lo políticamente correcto, como aquella vez en que Fidel Castro aseguró que Arnaldo Tamayo era el primer astronauta indo-latino-africano; haciendo dudar al choteo cubano si el cohete podría despegar con tanto peso.

Los nocturnos vendedores mostraban el género: Carne de res robada de los almacenes de Setenta, tienda en dólares, pollos raquíticos y verdosos de una granja improbable, carne de chivo, e hígado. Nadie preguntaba procedencia, todos compraban. El hambre arreciaba y facilitaba las transacciones rápidas con reja interpuesta, pues por aquellos años los cubanos se enjaularon voluntariamente para evitar robos con fuerza en sus casas.

Recuerdo la seriedad del locutor de la Televisión Cubana, del NadieTeVe, como rebautizaron al noticiero de la televisión, cuando anunció que la población habanera debía estar muy atenta pues “imperialistas yanquis, escorias, vándalos…” y toda la retahíla de improperios e insultos castristas que padecemos desde hace más de seis décadas, se habían dado a la infame tarea de robar órganos internos a los cadáveres en las morgues de los hospitales para venderlos como hígado y entrañas de res.

Recuerdo a mi madre levantarse y salir corriendo a vomitar al inodoro. Noches antes habíamos comprado hígado, supuestamente de vaca, y al día siguiente lo habíamos devorado en el almuerzo en forma de bistec acompañado de arroz blanco espulgado de gorgojos.

También recuerdo que el perro olió su porción y salió echando como si se lo llevara el diablo. Gnossis lo mismo comía croquetas de Fricandel (tú no sabes qué es ni tampoco Fidel) que piedras de un árido jardín. Menos mal que a mi hija, recién nacida, habíamos decidido alimentarla solamente a teta pura y a agüita de arroz y anís estrellado cuando la sed la apuraba.

Sí, en pleno período especial comimos pizzas cuyo queso plástico era el preservativo chino comprado en farmacias y derretido en hornos cuando volvía el gas; Cuba es el único país del mundo donde el gas, el agua, y la luz van y vienen, los robos se llaman mermas o faltantes y la incapacidad gubernamental para producir con eficiencia se denomina afectaciones y complejidades.

Los alimentos parecen animados por obra y desgracia, llegan o no, a las bodegas y mercadillos, se deprimen y la canasta básica está regulada por una cartilla de racionamiento que se llama Libreta de Abastecimiento, calificada oficialmente como "instrumento de justicia revolucionaria". La producción de hambre y palabras compiten en enconada emulación socialista en Cuba, donde detrás de muchas sonrisas, se esconde una o dos ilegalidades y miles de lágrimas, rabia e impotencia.

Ahora otro de esos lamentables ministros castristas ha anunciado que los cubanos deberán comer la “nutritiva tripa”. Pero, habría que preguntarse: ¿la tripa de quién, de quiénes? Porque se supone que las vacas no existen, y que las carnes tampoco ni de lejos se aprecian en las ofertas de los mercados nacionales.

Entonces, ¿quiénes se nutrieron antes con las carnes a las que pertenecieron esas tripas y con las que el pueblo deberá alimentarse porque lo decretó el régimen?

Hay que hacer de tripas corazón para aceptar este nuevo abuso de esa tiranía que domina al pueblo por el hambre. De tripas, sin corazón, mejor dicho.

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Zoé Valdés

Escritora y Artista. La Habana, 2 de mayo de 1959

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