Entrevista a fotógrafa cubana May Reguera: “Hay belleza en cada cosa y persona, solo hay que saber mirar”

Desde que estudié actuación acepté y abracé mi cuerpo como una herramienta más para expresar una historia, un sentimiento. Es mucho más fácil hacerlos conmigo, que pedirle a alguien que lo vea como yo. En mi primera exposición, llamada Telón, el único desnudo es mi autorretrato: Ifigenia.

Fotógrafa cubana May Reguera (Autorretrato) Foto © May Reguera/ Cortesía CiberCuba

Cuando la oí por primera vez su voz me pareció un soplo de ternura, similar al que le llega a uno cuando un niño lo mira a los ojos y le dice que lo quiere. May Reguera tiene 30 años a cuestas, pero su empuje por desprenderse de ataduras recuerda inevitablemente la libertad cristalina de la infancia. 

De cuasi bailarina a actriz, de actriz a fotógrafa y de fotógrafa a modelo, esta hija de Cruces (Cienfuegos) reconoce que su mayor virtud es “tener los pies en la tierra”. Se sabe romántica y soñadora, apasionada e idealista, pero siempre ha visto “con ojos abiertos” la verdad y las posibilidades reales de las cosas, de las personas y de ella misma. Con el tiempo, según le dice a CiberCuba, ha desarrollado también una habilidad para la improvisación.

Porque siente que la añoranza del ayer es lo más natural, extraña el pueblo en que nació. Echa de menos el campo, el olor a lluvia, “comer frutas que saben a frutas”, la sazón de su madre y los inventos de su padre. Pero May, que es Maydely solo para unos pocos, ya ha crecido. “Hoy tengo necesidades y dinámicas que Cruces no podría sustentar. La vida es un viaje”, confiesa. 

Convertida en una de las expertas del lente más conocidas en la isla a día de hoy, May no se detiene: actúa, retrata, dirige un audiovisual, hace publicidad, pone de moda, crea. Las flores, los amarillos, los desnudos, la transparencia de sus retratos llaman la atención lo mismo en La Habana que en la Conchinchina. Con ellos engrosa semanalmente un portafolio que tiene aprobado en los catálogos de Vogue, fideliza a sus clientes y conquista seguidores. 

Con su Canon en la mano derecha y la protección de Olokkun en la zurda, la joven emprendedora se nutre de la tierra, su cultura y sus raíces. Cree, sobre todo, en “abrir los brazos” a su historia y a la historia de sus antepasados en la búsqueda de quién es. 

A la par de viajar, comer y estar en el sofá de su casa viendo películas con su esposo Adrián García y sus gatos, disfruta de buenas charlas “con personas inteligentemente humanas” como su madrina Janet Valdés. Charlas que no son fáciles, pero que significan puertas para despertar el espíritu.

¿Qué crees que te distingue como ser humano, más allá de tu piel blanquísima y el pelo rojizo?

Creo que si algo me distingue es mi capacidad de transformación. Los contrastes. Puedo desdoblarme, ser femenina o masculina, usar zapatos lindos o andar descalza. Esa apertura al cambio es algo que me caracteriza y que me ha salvado la vida en momentos de cambios drásticos y situaciones poco felices.

¿Qué haces para no aburrirte con facilidad?

Cambiar. Trato de moverme a la velocidad de mi atención. Me pongo tareas nuevas y creativas. 

Eres una fotógrafa autodidacta. ¿Qué necesita un fotógrafo y no se aprende en ninguna escuela?

El alma, que viene o no, aunque se puede aprender todo lo demás. No creo que una escuela te enseñe a conocerte sin prejuicios sociales, sin paradigmas y moldes predeterminados. Conocerte y deshacerte de toda esa información me parece vital para cualquier artista.

 May Reguera Cortesía

¿Te pesa el no haber podido ser bailarina?

No creo. Es una de las tantas variantes. Me pesa más no haber aprendido a tocar piano. 

Has dicho que fotografiar te hace sentir poderosa. ¿Qué poder te da exactamente?

El poder de cambiar, de transformar, de empoderar al retratado. Me creo realmente con el poder de mostrarte algo especial que hay en ti y que no necesariamente has notado. 

¿Qué cambios quisieras hacer en ti y en lo que te rodea?

Este año he trabajado sobre todo en la sinceridad. Conocerme mejor y saber con más claridad lo que yo quiero, no lo que quieren otros. Me gustaría de la misma manera más sinceridad en las personas. La claridad me parece saludable y necesaria, como mismo creo imprescindible un mundo con mayor empatía. 

¿Prefieres estar delante o detrás de una cámara?

Según ha pasado el tiempo he estado mucho más detrás de la cámara, pero no significa que pueda prescindir de estar delante de ella. Me alimento mucho de esa dualidad, de la versatilidad de estar en las dos zonas. La una me ayuda a crecer muchísimo para estar en la otra. 

¿En qué punto estás como actriz ahora mismo? ¿Te sientes más fotógrafa?

Estoy en un punto en el que tengo mucha más soltura para elegir los proyectos en los que estoy como actriz, sea en cine, televisión o teatro. En teatro es más difícil porque los directores entienden menos que estoy de manera temporal, de paso. No siempre se han tomado bien que luego de una obra decida irme. Pero actualmente la fotografía es mi prioridad. Me salvó cuando nadie me vio y le debo eso. Ha sido el inicio del camino hacia mí, de autovalorarme, de ser suficiente yo y lo que tengo en mis manos para expresarme y ser.

¿Por qué el empleo de colores vivos en tu fotografía?

Eso pasó y ya. Yo soy de Cruces, un pueblo de carnavales y comparsas. Crecí rodeada de colores, flores, frutas, el verdor de los campos de mi abuelo. Creo que por ahí me vienen cosas. Además, siempre fui de colores intensos, excepto en una etapa de la adolescencia que tenía pura ropa negra en mi closet. Recuerdo que me gustaba mezclar el rojo con el verde y era criticada por estar ‘fajada’, que es la expresión que se usa cuando para otros uno lleva colores que no compaginan o mezcla bolas con rayas. Siempre fui una ‘fajada’ y eso se ve en mis fotos.

¿Por qué resalta tanto el amarillo, por ejemplo? 

El amarillo es el único color que alguna vez no me gustó. Podía darme alergia ver a una persona vestida de amarillo. Pero en algún momento algún cliente me pidió fondos de colores y, como desde aquí no es posible comprar background de cartulinas de colores (no tenemos Amazon), me fui a las tiendas a ver telas porque no podía permitirme perder ese trabajo. Me encontré con una tienda de viniles para muebles en la que compré amarillo, naranja y violeta, que era lo que había. Y esos fueron mis tres primeros colores. Ver el amarillo a través de mi cámara fue como un flechazo de amor al corazón. Quedé enamorada y ahora siento que a muy pocas pieles no les va el amarillo.

 May Reguera Cortesía

¿Qué otros elementos diferencian tus fotografías de las de otros?

No estoy segura. Creo que nadie puede ver y sentir las cosas como yo las veo o siento, como mismo yo no puedo sentirlas y verlas como los otros. En ese punto creo en la exclusividad y la autenticidad de los artistas que verdaderamente están conectados de una manera honesta con lo que son. 

¿Por qué no todo el mundo está dispuesto a hacer un desnudo? 

Creo que hay prejuicios con el desnudo. Para muchos es sexualizar el cuerpo. Pero para mí lo es justamente el ocultarlo, exagerar lo que es en sí, reducirlo al sentido único de la intimidad, de lo sexual. Creo que hay claras diferencias entre la pornografía y lo erótico. De todos modos, yo teorizo poco sobre el tema. Si siento que en un retrato la ropa sobra, sobra y listo.

Autorretrato  May Reguera Cortesía

¿Por qué has decidido hacerlos tú? 

Desde que estudié actuación acepté y abracé mi cuerpo como una herramienta más para expresar una historia, un sentimiento. Es mucho más fácil hacerlos conmigo, que pedirle a alguien que lo vea como yo. En mi primera exposición, llamada Telón, el único desnudo es mi autorretrato: Ifigenia.

¿Te preocupa lo que alguien piense?

Absolutamente no. Con ropa o sin ropa las personas eligen qué pensar. Lo que piensan los demás habla más de ellos que de mí. Por eso me preocupan más mis propios pensamientos, porque de igual forma ellos hablan más de mí que de los demás. El pensamiento ajeno está limitado por sus propias cárceles. Nadie sabe quién soy más que yo misma, que me he visto crecer y transformarme con el paso de los años. 

¿Por qué para ti es tan importante no excluir?

Trabajo muy seriamente en eso. Me descubro en situaciones en las que me comporto menos empática de lo que creo que soy y entiendo que hay un trabajo mucho más profundo de desinformarnos. Todo lo que existe, debe ser incluido. Creo fielmente que hay belleza en cada cosa y cada persona, sólo hay que saber mirar. Confío en que si yo logro trabajar con eso tanto como quiero, puedo convencer al mundo de esa verdad.

 May Reguera Cortesía

¿Cuál es tu cara más oscura? ¿Qué saca lo peor de ti?

Creo que (como todo el mundo) soy un compendio de cosas, algunas más positivas; otras, negativas. Vengo literalmente de una familia de guajiros de cargas al machete. He tenido que trabajar mucho en la tolerancia, en entender que no todos piensan como yo, en que no todo el mundo tiene mis mismos principios y que a veces no es tan bueno coger el machete y cortar de raíz. Lo peor de mí lo sacan las injusticias, las mentiras, los abusos de poder y la falta de agradecimiento, de bondad, de humanidad, de ética y de profesionalidad. Y en esa medida he trabajado durísimo para limar todo lo que de eso pueda habitar en mí, cada experiencia en la que me he equivocado y me ha ayudado a definir quién quiero ser y por lo tanto quién soy y seré.  

Tu prestigio profesional ha ido en aumento en los últimos tiempos. ¿Cómo se mantiene ese éxito? 

Con el trabajo. Podrá gustar mi obra o no, pero no se puede decir que trabajé poco. No descanso. Me apasiona tanto lo que hago que no tengo límites. Hacer fotografías me salva. Puedo estar triste, cansada, desconsolada, sola, acribillada y masacrada por el otro, pero si tomo mi cámara en mis manos logro sublimar, logro respirar flores. Y creo que esa relación de amor apasionado que tengo con la fotografía, quizás es lo que logre la permanencia. Además de que al incluir yo no tengo fronteras. Empecé a trabajar con actores porque soy actriz y eran mis colegas, pero he atravesado cada obstáculo o prejuicio. Retrato a influencers, quinceañeras, artistas, músicos, marcas de ropa, empresas, en muchas ocasiones seguidores míos, cualquier persona que me encuentro en la calle, abuelos, jóvenes, niños... Estoy en todos ellos y ellos me hacen permanente.

¿Hasta qué punto la clave como fotógrafa se ha basado en que prestes un servicio integral, no solo de fotos, sino de asesoría, dirección de arte y demás?

Es complejo porque son cosas diferentes: por un lado, mi trabajo más autoral y, por otro, los servicios que ofrece mi estudio, que vino después y básicamente está patentado por mi estética y por cómo soy como artista, los discursos que defiendo con mi obra. No sabría decir si el estudio ha sido la clave porque a veces para mí realmente es una cruz que hace que se cuestione si soy artista o no. Pero yo me monté en ese barco, en el de darle alegría y confianza al otro. Eso es más importante para mí que ser considerada artista. 

¿Por qué te molestan las etiquetas?

Creo que, si bien definen, también limitan. Una etiqueta no hace más que entorpecer el avance de una persona que se mueve y cree en el cambio y el crecimiento.

¿Por qué las redes sociales son tu galería particular?

Cuando todas las galerías tuvieron las puertas cerradas para mí, me encontré con Instagram y la hice mi galería. Aun cuando se veía de manera prejuiciosa y antiartística el hecho de compartir mis obras en redes sociales, lo hice porque fue el único espacio que tuve.  

¿Cuán difícil es emprender hoy un camino como empresaria privada en Cuba?

Es difícil. No sé cómo sería emprenderlo en otro lugar porque solo he tenido esta experiencia. Supongo que es difícil en cualquier lado. En mi caso todo el equipamiento lo he traído de otros países porque no hay tiendas aquí donde pueda adquirir utilidades para mi estudio, por lo menos no a un costo lógico. Traerlos es una empresa que conlleva gastos grandes. Cosas que son reciclables o de vida finita como las cartulinas aquí las uso una y otra vez con cuidado exagerado para que no se ensucien. Y cosas elementales que puedo necesitar en el día a día no tengo manera de adquirirlas. Tengo que estar inventando para mantenerme creativa, para que técnicamente no sea un desastre. A veces miro y digo: “Que difícil es no tener mucho espacio o las utilidades que me hacen falta, pero es posible y eso me basta para hacer”.

¿A dónde quisieras llegar?

Nunca he pensado en un “a dónde”, en una meta. He pensado en un “qué” más inmediato, en el presente. No sé si es un error, pero así es. Pienso en que estoy aquí ahora, en lo que puedo hacer en las personas y en lo que puedo cambiar en mí para ser más feliz. Hacia ahí quiero ir como actriz, fotógrafa, artista y ser humano: hacia la felicidad de hacer lo que me gusta y de saber quién soy. 

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Katheryn Felipe

(La Habana, 1991) Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana en 2014. Ha trabajado en diversos medios impresos, digitales y televisivos.

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