Ola represiva en Cuba y erróneo mensaje de Biden

Los errores de Trump no deben superarse con errores de Biden, que debe exigir claramente a La Habana mejoras tangibles y definitivas en libertades y derechos humanos de los cubanos, como implicaría la ratificación íntegra de los pactos Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) e Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC), ambos de Naciones Unidas.

Joe Biden Foto © Wikimedia Commons / Gage Skidmore

El tardocastrismo ha desempolvado el manual de supervivencia del fallecido Comandante en Jefe y ha desatado una ola represiva contra el Movimiento San Isidro, opositores, activistas y periodistas independientes, aprovechando el erróneo mensaje del candidato Joe Biden prometido en su campaña electoral: Revertir todas las sanciones Trump contra La Habana, que provocó la pérdida de La Florida, y poner en riesgo las siguientes elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos.

Las alarmas ya han sonado en el cuartel general del Partido Demócrata que -durante la campaña electoral- continúo leyendo a Cuba con voluntarismo Obama y que se ha visto sorprendido por la razia desatada por La Habana contra quienes discrepan pacíficamente de sus designios totalitarios y empobrecedores, estrategia habitual de la dictadura, especialmente, cuando huele el peligro.

Durante estos cuatro años, el tardocastrismo ha vivido de la venta de servicios médicos en el extranjero, sometiendo a sus empleados con modalidades de trabajo forzoso y de las generosas y solidarias remesas de la emigración cubana, que acaba de ser vilipendiada, por el presidente de la Asamblea Nacional, Esteban Lazo Hernández, llamándola gusanera, como parte del atrincheramiento oficial frente al próximo inquilino de la Casa Blanca.

En plena campaña, cuando los datos electorales de Florida eran malos, Biden y portavoces cualificados comenzaron a matizar sus anuncios más generosos con la dictadura de comunismo de compadres que aflige a Cuba, pero no consiguieron ganar votos ni aplacar al tardocastrismo que lo llamó "endulzador" y lo situó en el Carril Dos, una de las obsesiones de Raúl Castro Ruz.

Un vistazo a la ofensiva mediática de la casta verde oliva y enguayaberada revela el uso reiterado de golpe blando, que no es un mensaje para los opositores y disidentes internos, sino para la próxima administración norteamericana, que parece carecer de una política definida frente al gobierno cubano que, sintiéndose en peligro por su falta de legitimidad e incapacidad para generar prosperidad, provocará una y otra vez al "norte brutal que nos desprecia", con su inveterada manía de pretender situar el conflicto en la clave revolución-imperialismo y no gobierno-pueblo, como ocurre realmente.

Biden y su equipo, especialmente cuando sean gobierno, deben meditar los mensajes erróneos sobre Cuba porque solo alimentarán la maquinaria represiva tardocastrista y complicará notablemente la supervivencia de opositores, activistas y periodistas independientes y -lo más grave- reforzará el discurso oficial frente a la masa empobrecida y deseosa de una transición a la democracia, que sus carencias materiales y su sufrimiento obedecen al embargo norteamericano y el coronavirus y no a la política comunista de administrar pobreza y penuria, como herramientas de control político y social.

Si Biden y sus asesores aún dudan de las intenciones reales del tardocastrismo, solo deben asomarse a la sesión de la Asamblea Nacional y contemplar a ese rebaño ovino de diputados apoyando el paquete económico de enero próximo, que empobrecerá aún más a los cubanos, incluidos muchos de ellos, cuando los cubanos entrevistados por la prensa pagada por el partido comunista han sido más valientes que sus supuestos representantes, en sus valoraciones sobre salarios y tarifas eléctricas, obligando a Marino Murillo a insinuar una revisión en el cobro de la luz.

Cuba dejó de ser una prioridad para Estados Unidos, desde los acuerdos Moscú-Washington post Crisis de los Misiles (1962), pero Fidel Castro Ruz consiguió legitimarse como salvador de la nación y único candidato del único partido legal hasta su enfermedad; y eso es lo que pretenden sus continuadores, seguir viviendo del cuento de David contra Goliath.

El equipo Biden-Kamala ha desaprovechado una oportunidad política con su silencio frente a la brutalidad tardocastrista contra jóvenes artistas e intelectuales, incluidos negros y mestizos empobrecidos por el comunismo, para satisfacción de La Habana y alegría de los procastristas del Partido Demócrata y el convoy de "académicos" y la prensa liberal que contribuyó al error Obama y ahora pretende reeditarlo.

Biden debe condenar sin paliativos la represión en Cuba, exigir una explicación clara de los ataques sónicos contra diplomáticos estadounidenses y de Canadá, mientras era vicepresidente de Estados Unidos; redimensionar la embajada en La Habana para generar influencia en la sociedad, y revertir las sanciones Trump que afectan a los cubanos empobrecidos y sojuzgados por la bota verde oliva.

Los errores de Trump no deben superarse con errores de Biden, que debe exigir claramente a La Habana mejoras tangibles y definitivas en libertades y derechos humanos de los cubanos, como implicaría la ratificación íntegra de los pactos Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) e Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC), ambos de Naciones Unidas.

El próximo gobierno norteamericano debe exigir la liberación de los presos políticos cubanos, excepto aquellos a los que se haya probado su participación real en actos terroristas, la abolición de la Pena de muerte en la legislación cubana y decir a cabilderos que promueven el fin del embargo económico al castrismo, que también exijan al tardocastrismo el fin del bloqueo que practica contra su propio pueblo desde hace casi 62 años y que reforzará con el paquete neoliberal de enero, cuando Biden tomará posesión como presidente de Estados Unidos.

La Casa Blanca debe propiciar el más amplio consenso bilateral en torno a la política hacia Cuba, aprovechando el caudal político y el conocimiento de congresistas y senadores cubanos-americanos que -con matices y discrepancias- pueden contribuir a conformar una agenda bilateral que ponga a los cubanos empobrecidos en primer lugar, y escuchar a la solidaria y cuantiosa emigración cubana en Estados Unidos que, mayoritariamente, no votó por Biden, pero lleva casi 44 años ayudando a su familia en la isla, con remesas monetarias, de alimentos y medicinas, visitas, compra de electrodomésticos, reparación de viviendas, etcétera.

Los mensajes erróneos y dudosos frente a una crisis como la cubana son costosos para sus emisores, sobre todo, en un escenario como el cubano, donde la maquinaria de propaganda castrista y sus exégetas en suelo norteamericano, aprovecharán hasta una coma para intentar manipular el mensaje y escamotearlo a los sufridos cubanos, que ya no creen en el castrismo y sus designios, pero no pueden acceder a información objetiva desde hace más de medio siglo.

El anacronismo cubano debe superarse con eficacia tolerante, pero nunca dejando espacios a la duda razonable, porque la mayoría de los cubanos aman los valores de riqueza y libertad de Estados Unidos, al que agradecen la acogida de millones de emigrantes, pero no entenderían que el gobierno de la democracia más antigua de la región se equivoque frente a la dictadura más vieja de la zona.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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