Con la Seguridad del Estado no se habla

Crónica sobre encuentro entre una periodista independiente cubana y un teniente Coronel del Ministerio del Interior.

Seguridad del Estado en Cuba Foto © Ecured / Facbook de Gallego

Cuando el Teniente Coronel Adrián Vega me localizó para que conversáramos, Maykel González Vivero ya le había colgado el teléfono y dejado claro que no hablarían. 

El gesto parecía el último tras una larga jornada de interrogatorios, acoso y vigilancia por las calles de Santa Clara. Recién regresábamos de Lima después de un taller sobre periodismo investigativo, bajo el auspicio del Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS), en 2017.

A Vega se le ocurrió que IPYS, en comunión con la CIA, planeaba un ataque escalofriante contra la Revolución Cubana, esta última entendida no como un cuerpo matérico o simbólico sino como el alimento en la mesa de cada cubano, la integridad física de esos organismos. De atentarse contra la Revolución, se ponía en riesgo de muerte a los 11 millones de cubanos. 

Durante el interrogatorio extraoficial en la sala de un policlínico, el teniente Coronel mostró un paquete de hojas impresas y presilladas que contenían información proveniente del futuro, planes no ideados aún pero “probables”. Información clasificada, ultrasecreta, tanto así que ni siquiera podía presentarla de un modo más digno, en una carpeta acaso. Quiso que la leyera porque hablaba de subversión, de planes desestabilizadores. Me preguntó si yo permitiría que mi país estuviera en riesgo. Respondí que no, que de poder evitar un inminente bombardeo sobre mi cuadra de Camajuaní, lo evitaba. 

Había estado en Madrid y en Lima. En ambos viajes se habló de periodismo, de cómo triangular datos y de cómo interpretar estadísticas, de trabajo colaborativo en la región: riesgos contra la integridad de los 11 millones en Cuba. 

Me pidió que apagara el teléfono, que lo hiciera frente a él, que no permitiría una bajeza más como la última de Maykel, quien grabó secretamente su último interrogatorio y lo publicó en la web. Lo hice, él fingió hacerlo con el suyo. Unos minutos después recibió una llamada en el mismo celular que pretendió apagar. Me grababa. No recuerdo si le hablé de abuso de poder, tal vez sí. Maykel había prendido su grabadora porque, en principio, no debería estar sentado en ninguna comisaría siendo fiscalizado, interpelado, amedrentado por un policía sin que mediase una denuncia en su contra o un delito. Un hombre como Maykel, despojado de armas legales, ¿a qué más pudiera aferrarse que a una grabadora electrónica?. 

Vega buscaba mi confesión, un dato clave, las coordenadas del bombardeo sobre Camajuaní que yo debía conocer y me acallaba. Vega era el último reducto de la Guerra Fría, un hombre que no pertenecía a su espacio-tiempo histórico, hundido en una Cuba soporífera, sentado frente al riesgo más alto que ofrecía aquella sociedad: yo, una periodista que no llegaba a los 30, provinciana, que le hablaba de cómo se padece el desarraigo cuando una emigra, información de absoluta inutilidad, patética pero perfectamente coherente con aquel interrogatorio disparatado.

Mencionó que el “enemigo existe”, que José Jasán Nieves había escrito en alguna parte que el enemigo era un concepto fabricado por el poder en Cuba, pero que aquello era una ridiculez, "¡por favor!, ¡el enemigo es real!", dijo con el convencimiento y tono en que un testigo de Jehová predica de puerta en puerta.

Para evidenciarlo citó a Capote. Preguntó si lo había leído. Respondí que si a Truman. Dijo que no, que quién era ese tal Truman, que él hablaba de Raúl. Hubo unos segundos de silencio tras aquella confusión de paradigmas literarios. Lanzó una amenaza sobre mi amistad con Maykel: “Te podemos abrir un expediente en el Departamento de Amenazas a la Seguridad del Estado, ya Maykel está ahí. Tú decides”, señaló.

Que Maykel -periodista, 135 libras, sin antecedentes penales-  integre la lista de amenazas a la Seguridad de un Estado militarizado, es muy sintomático. Revela qué sucede dentro del imaginario del poder en Cuba, cómo la paranoia de agresiones armadas y ocupaciones militares extranjeras es el caldo que aún alimenta no solo al discurso mediático sino también al imaginario intrínseco de los gobernantes, de los coroneles, de Vega y de Humberto López

De ese entramado fabulesco nacen productos como Las razones de Cuba o los análisis que en el NTV presenta Humberto López cada noche: maltrechos, sin evidencias que respalden una sola afirmación, tesis perfectamente desmontables y caducas como “las rutas del financiamiento”, fenómenos que ya nadie se cuestiona en ninguna democracia funcional. En ellos se construye y reconstruye el mismo universo paranoide, desfasado que, como el propio Teniente Coronel Vega, parecen pertenecer a otra Cuba, a la de la Crisis de los Misiles acaso.

De los periodistas Reynaldo Escobar y José Raúl Gallego leí en Facebook que “con la Seguridad no se habla”. Hacerlo es, a priori, un acto frustrado. No puede ocurrir el entendimiento con quienes no solo no tienen la voluntad de comprender, sino que sus sistemas de valores se han erigido sobre diferentes cimientos que los tuyos. 

Parte de las autoridades en Cuba, y la porción de pueblo que los legitima, son mentalmente incapaces de sustraerse de su universo novelesco y delirante donde un enemigo te apunta, perpetuamente, con la ojiva de su misil.

Al final de mi interrogatorio, Adrián Vega me regaló una jaba de nylon con refrescos Coral, de parte del MININT. Me tanteó: “el enemigo paga en dólares americanos, nosotros solo podemos ofrecer esto”, dijo riendo. Lo tomé en nombre del hambre estructural de una nación. Le dije que no me daba ningún pudor aceptarlo, que él representaba la policía, el gobierno y el Estado al mismo tiempo, y que aquel gesto no era regalo alguno. 

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Lianet Fleites

Periodista cubana. Colabora con la revista El Estornudo y Periodismo de Barrio.

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