El Congresista Jim McGovern y su esposa Lisa, en la toma de posesión del presidente Biden. Foto © Jim McGovern / Twitter

Señor McGovern, el mismo sol alumbra en Massachusetts y La Habana

Las voces pidiendo revertir total e incondicionalmente la política de presión de la Casa Blanca hacia el castrismo, encontraron cuerpo presente en el congresista por Massachusetts Jim McGovern, quien se adelantó a la investidura del presidente Biden, escribiéndole con inusitada urgencia que “las relaciones normales entre Cuba y Estados Unidos es lo correcto para el pueblo estadounidense, así como el pueblo cubano.”

El colaboracionismo, también llamado apaciguamiento, frente a la Plaza de la Revolución, se fundamenta en el muy cuestionable argumento de que, al cabo de medio siglo, la confrontación no logró derrotar a la dictadura.

Podría escribirse una larga lista de objeciones a tan endeble razonamiento, pero basta con el inexcusable dilema ético: ¿Se debe negociar con una dictadura incapaz de rectificarse a sí misma, en mínimas proporciones, respecto al estado de derecho, así como la capacidad de crear un sistema productivo medianamente eficiente, basado en el natural empoderamiento de las personas?

El señor McGovern es apenas una voz, parte de una corriente política en boga, extendida peligrosamente por todo el mundo desarrollado, cuyos representantes forman la llamada izquierda colonial, una combinación de oportunismo y compasión, propia de quienes están lucrando con la desgracia ajena.

Rara izquierda si la comparamos con su antecesora histórica, porque ahora anda cargada de dinero, predomina en los medios de difusión y, ha alcanzado altas cuotas de poder jugando a la democracia. Sencillamente, para estos zurdos del caviar y el champán, los mestizos al sur del Trópico de Cáncer no merecemos ejercer los derechos, tal y como se viven y ejercen en Massachusetts o en Madrid.

Gente como míster McGovern cree que estamos bien con una salud primaria medianamente garantizada y una educación doctrinaria, ambos servicios sin pagar directamente de nuestro mísero salario real. Lo demás se diluye en generalidades.

A modo de ejemplo, conozcamos mejor al señor McGovern, reelecto por el segundo distrito de Massachusetts, un estado que, junto a Filadelfia, acunó la revolución de independencia de las 13 colonias de la América del Norte.

Durante su último tour bajo la guía de los comunistas cubanos, el 3 de abril pasado, “nuestro hombre en La Habana” declaró a la emisora GBH 89.7 de Boston, asociada a un personaje llamado Shelby El Otmani: “Cuando dicen, no podemos tratar con Cuba porque su historial de derechos humanos es imperfecto, es cierto, pero francamente hay más espacio político aquí que en Arabia Saudita. Como congresista quiero asegurarme de que estamos haciendo cosas que son de nuestro interés. Creo que el embargo y toda la exagerada retórica de la Guerra Fría que ha salido de Washington nos ha hecho parecer tontos.”

“Historial de derechos humanos imperfecto” significa en Cuba más de mil arrestos arbitrarios durante los 8 primeros meses del año pasado; 138 presos políticos condenados sin el ejercicio de derechos elementales como una defensa personal o el hábeas corpus y, a modo de colofón, la población penal alcanza en el país los 950 reclusos por cada 100 mil habitantes. La patria de McGovern se queda en 650.

Cuba en 1902 estableció una democracia calcada del modelo de Washington, que tuvo en el apóstol José Martí, líder de una masa formidable de exiliados en el gran país del Norte, su fuente de inspiración fundamental.

El embargo llegó a merecer la burla de Fidel Castro cuando le asistían los multimillonarios subsidios soviéticos. Después tuvo un breve mal rato al caer el muro y desintegrarse la URSS, retornando al acostumbrado despilfarro propio de su obsesivo liderazgo mundial, inyectado por una jeringuilla de petrodólares venezolanos, tantos como los que ahora necesita el arruinado país del Orinoco.  

En cuanto a la “tontería”, siendo Jim un bebé en Boston, chupaba tal vez de una teta, ajeno a la  amenaza de muerte a su alrededor. El barbudo con el que habría de retratarse orgulloso décadas más tarde, había conspirado en silencio para instalar 42 cohetes cargados con ojivas nucleares, apuntando hacia los Estados Unidos.

Hoy Mr. McGovern convoca al Gobierno de su país, lo mismo sucede en la vieja Europa, a mantener vínculos normales con la dictadura más longeva del hemisferio occidental. Debería saber que los registros bien documentados de la ONG Archivo Cuba, cuentan 7.803 crímenes políticos en la tormentosa historia castrista.

Valorando la principal urgencia del representante por Massachusetts, el regreso del gobierno cubano, no Cuba, a la lista de estados patrocinadores del terrorismo, la Plaza de la Revolución se niega a negociar reclamaciones directas, entre otras el caso de Joanne Deborah Chesimard, convicta de asesinato en Estados Unidos, viviendo plácidamente en la Isla.

Lo mismo sucede con terroristas del ELN colombiano y, caso mayor, cientos de expertos en represión, torturas, inteligencia militar y seguridad personal, concentrados alrededor del dictador Nicolás Maduro.

El senador Marco Rubio, al frente del Comité de Inteligencia de la cámara alta, al evaluar esta situación ha dicho que "las alianzas del régimen cubano con los principales líderes autoritarios del mundo y los peores violadores de derechos humanos: Xi en China, Putin en Rusia, los Mullahs en Irán, Kim en Corea del Norte, los Ortega en Nicaragua y Maduro en Venezuela, hablan por sí mismos". 

La vicepresidenta del europarlamento, Dita Charanzová, exige sancionar efectivamente al Gobierno cubano, considerándolo enemigo de su propio pueblo, en plena correspondencia con un acuerdo de cooperación multilateral firmado en 2016 con la UE:

“La violación de derechos humanos es un incumplimiento de nuestro acuerdo y no debe tolerarse. Es hora de darnos cuenta de que nuestra estrategia actual no está funcionando en beneficio del pueblo cubano”.

Salvando distancias cronológicas, nuestros compatriotas han vuelto a necesitar el refugio indispensable de los Estados Unidos, la nación que José Martí calificó con su ardiente pluma “la más grande de cuantas erigió jamás la libertad”.

Por suerte el Capitolio de Washington alberga igualmente a congresistas lejos del desprecio que sienten por nosotros hombres como Jim McGovern. María Elvira Salazar, hija de emigrantes cubanos, antes de juramentarse, advirtió recientemente de que "es una cachetada sin manos hacia nosotros porque quieren volver a esa época de darle oxígeno económico a la dictadura, implantando un capitalismo de estado que dejará fuera al pueblo cubano”.

Va a cumplirse siglo y medio envueltos en el mismo dilema moral, planteado por el apóstol Martí al escribir un artículo para The Evening Post de Nueva York, el 21 de marzo de 1889:

“¿A dónde irá un pueblo de hombres que haya perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”

“Hemos sufrido bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, y algunas veces como gigantes, para ser libres.”

“Tenemos que batallar como vencidos contra un opresor que nos priva de medios de vivir, y favorece, en la capital hermosa que visita el extranjero, en el interior del país, donde la presa se escapa de su garra, el imperio de una corrupción tal que llegue a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar la libertad”.

“Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo”.

Esperamos que el presidente de los Estados Unidos, fiel a la filosofía cristiana, grabada en el libro sagrado sobre el cual ha jurado su cargo, tenga presente que “son verdades evidentes que todos los hombres se han creado iguales, que su creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre ellos, a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad”.

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