Éxitos de Iglesia Católica confirman que Cuba vive huérfana de consenso

Juntar alrededor de una mesa la energía del Movimiento San Isidro, la experiencia y relaciones internacionales de la oposición histórica, la valentía de José Daniel Ferrer y Guillermo Coco Fariñas, la honradez y capacidad de trabajo de María C. Werlau y angustiados tardocastristas que -mirando sus relojes- calculan cual es el momento propicio para salir del armario político en que ivernan; el resto lo hará posible esa mayoría de cubanos ahora silentes, dolidos de hambre y coronavirus, pero deseosos de que llueva café, aspirinas y luz.

Obispos de Santiago de Cuba (izda.) y de Camagüey Foto © Arzobispados de Santiago de Cuba y Camagüey

La Iglesia Católica acaba de apuntarse dos tantos con la excarcelación de Bárbaro de Céspedes Hernández y el fin de la huelga de hambre de José Daniel Ferrer García, un día después de sendas visitas de los obispos camagüeyano y santiaguero; pero confirman que Cuba está huérfana de políticos con capacidad de consenso y de mediadores equilibrados.

El gobierno cubano lleva meses zombi políticamente, respondiendo desproporcionadamente a los actos de opositores y activistas que -a su vez- se ven obligados a afrontar el terror oficial endureciendo sus discurso y acciones para sobrevivir; mientras que la comunidad internacional aplazó fijar una postura hacia La Habana, aguardando por la próxima jubilación de Raúl Castro Ruz y una señal de la administración Biden, que ya ha dejado claro que no habrá retorno al estatus Obama en las relaciones bilaterales.

La crisis política también obedece al desplome económico de Cuba, agravado por el coronavirus y las sanciones norteamericanas, pero que tienen su origen en la incapacidad comunista de generar riqueza y prosperidad y en la cobardía de la casta verde oliva para acometer reformas estructurales y dedicándose a ganar tiempo hasta que llegara Joe Biden; ¡que Dios conserve el oído a los estrategas cubanos, cegados por su manía de confundir la realidad con sus deseos más erróneos.

La Iglesia Católica cubana -alérgica a grandes conmociones, especialmente después del chasco que cosechó el fallecido cardenal Jaime Ortega Alamino, fiándose ciegamente de Raúl Castro Ruz; escasez de vocaciones y popularidad por errores propios y factores ajenos, movió ficha esta semana y ambas jugadas tuvieron éxito y reconocimiento, pese a lo arriesgadas -especialmente la de Camagüey- que parecían a priori.

Monseñor García Ibáñez no tenía certeza de que su visita a los huelguistas de hambre de UNPACU iba a desembocar en el levantamiento del cerco gubernamental, ateniéndose a la terquedad exhibida por el tardocastrismo; pero contaba con la ventaja de que Washington, OEA, Europa y el Vaticano ya habían reaccionado y que el General de Ejército Castro Ruz no deseaba empañar su despedida en el octavo congreso del Partido Comunista de Cuba.

En Camagüey, mover ficha parecía casi suicida porque la familia Céspedes-Hernández podría reaccionar - involutariamente- a favor de la dictadura comunista, criticando a la iglesia, como ha ocurrido en ocasiones anteriores para alborozo de la Seguridad del Estado.

Pero una vez en prisión domiciliaria, Bárbaro Céspedes Hernández, bien aconsejado política y discretamente, no solo no reaccionó contra la Iglesia Católica, como deseaba el tardocastrismo, sino que agradeció al obispo Wilfredo Pino Estévez, su libertad y el gesto de disculparse ante su madre, visitándola en su casa.

¿Pero qué hemos hecho los cubanos por nosotros mismos? Reafirmarnos a ambos lados ideológicos, polarizando nuestros posicionamientos; abriendo grietas entre reformistas y dinosaurios del tardocastrismo; y - al otro lado- compitiendo por la supremacía efímera que implica toda sufrida oposición a un sistema totalitario y dividiéndonos, una vez más, entre buenos y malos, basados en nuestras filias y fobias, pretendidamente ideológicas; aunque entendibles por el desgarro que padecemos.

Quizá nunca como ahora Cuba necesita de cubanos de toda militancia política con una cualidad común: Capacidad de dialogar sin imposiciones y dispuestos a renunciar a algo a cambio de la salvación de la nación; ya no se trata de emular por ser el rey del mambo, sino de competir por el ser el más ecuánime, discreto, generoso y coherente.

Ya ni siquiera nos vale oponer ¡Patria y Vida! a ¡Patria o Muerte! y viceversa porque Cuba está herida de muerte por el comunismo de compadres que sufre desde hace 62 años y ahondar la brecha, soñando con la derrota y exterminio del adversario, solo garantiza construir el cementerio más trágico del Caribe.

Y el primer paso y la reiteración de tender la mano corresponde a los más lúcidos de ambos frentes porque la mayoría de los cubanos están hartos de parametración y chantaje castristas y desean una alternativa que no los castigue ni agreda, inxilie ni exilie; sino que diseñe una Cuba próspera y justa, sin impunidad para los mancilladores.

Pero para ello, Cuba necesita -además de lúcida generosidad política- mediadores equilibrados alejados de cualquier tentación publicitaria o de reconocimiento, salvo el histórico; y ahí pueden desempeñar un papel necesario -sin discriminar a ningún otro actor- la Iglesia Católica, despojada de tacticismos vacuos y miedos; el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), siempre que asuma públicamente las gestiones que viene haciendo en la sombra, desde hace 10 años; y Cuba Posible, asumiendo que el poder de las ideas radica en su practicidad y no solo en meros enunciados desiderativos.

Mientras más plurales y calmos sean los posibles intermediarios más difícil será la labor de saboteadores de ambos bandos, que acabarían orillados por la virtud de juntar alrededor de una mesa la energía del Movimiento San Isidro, la experiencia y relaciones internacionales de la oposición histórica, la valentía de José Daniel Ferrer y Guillermo Coco Fariñas, la honradez y capacidad de trabajo de María C. Werlau y angustiados tardocastristas que -mirando sus relojes- calculan cual es el momento propicio para salir del armario político en que ivernan; el resto lo hará posible esa mayoría de cubanos ahora silentes, dolidos de hambre y coronavirus, pero deseosos de que llueva café, aspirinas y luz.

No será fácil, pero tampoco imposible; somos más cubanos a favor de la justicia y la prosperidad que aquellos empeñados en seguir fingiendo ser vanguardia de la nada, mientras amasan moneda dura; pero antes debemos matar psicológicamente al Fidel Castro Ruz que muchos llevamos dentro y aceptar, como una bendición, el goce de la discrepancia y asumir que Cuba solo nos duele e interesa a los cubanos; para Washington, Bruselas, el Vaticano, Beijing y Moscú la isla es diminuta en sus agendas; para nosotros es la vida.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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