11J, Biden y hartazgo de la izquierda democrática mundial

En público, la izquierda democrática sigue callando ante los desmanes de La Habana y apuntalando su versión de Estados Unidos como causante de todos los males de Cuba, pero en privado manifiestan su hartazgo por la paradoja que uno de los países latinoamericanos con mayor capital humano, formado por la revolución, viva en la miseria, pendiente del flujo de remesas y barcos petroleros y con coronavirus galopante.

Raúl castro y Díaz-Canel en acto contra protestas en Cuba Foto © ACN

La represión desproporcionada del tardocastrismo contra las justas protestas del 11J ha obligado a Biden a endurecer su postura y ha generado hartazgo en buena parte de la izquierda democrática mundial, pese a su reiterada apuesta por salvar a Cuba, como referente, pero pensando que la revolución tendría que hacer cambios políticos y económicos para sobrevivir en un mundo unipolar y con una economía subdesarrollada y dependiente.

El presidente norteamericano no entiende la tozudez de La Habana en seguir retrasando la llegada de remesas familiares con su negativa a quitar ese negocio a los militares y aceptar que los cubanos reciban dólares directamente; circunstancia que obligará a la Casa Blanca a reevaluar la subordinación del poder civil, incluido el destrozado partido comunista, a la casta verde oliva, que ostenta el monopolio de la economía exterior.

Bruno Rodríguez Parrilla, canciller y miembro del Buró Político, resultó patético reclamando a Biden que acepte a la empresa militar FINCIMEX, como gestora de remesas, y culpando al embargo norteamericano de las carencias de Internet en Cuba, tras el apagón digital del 11J y la bajada de velocidad al sector privado para evitar que las redes movilicen a ciudadanos descontentos.

En público, la izquierda democrática sigue callando ante los desmanes de La Habana y apuntalando su versión de Estados Unidos como causante de todos los males de Cuba, pero en privado manifiestan su hartazgo por la paradoja que uno de los países latinoamericanos con mayor capital humano, formado por la revolución, viva en la miseria, pendiente del flujo de remesas, barcos petroleros y con coronavirus galopante que derribó el mito propagandístico de potencia médica, y bandera izquierdista.

España, que desde Washington apostó por "reformas sin injerencia" y la donación de vacunas, intentó con Rodríguez Zapatero y ahora con Sánchez marcar una relación diferente al estruendo final de Felipe González, pero el primero solo cosechó presos regalados de la Primavera Negra de 2003, que llegaron a España con casi todos sus familiares: y el segundo soporta el impago de una deuda de dos mil millones de euros y tuvo que parar en seco las maniobras de la red de agentes de influencia castrista, pidiendo médicos cubanos para Cataluña y Valencia, en connivencia con socialistas, comunistas e independentistas de ambas regiones.

El portazo del Palacio de la Revolución no es novedad para la izquierda democrática mundial, que soportó en silencio el insulto de Raúl Castro, llamándola Carril Dos en tiempos de perestroika, que es el equivalente al despectivo centristas usado por el presidente Díaz-Canel y la prensa estatal cubana para intentar descalificar todo intento democratizador, aunque provenga de aliados de años.

Díaz-Canel, carente de legitimidad propia, instigador de genocidio entre cubanos y mal lector del desafío, aprovechó la coyuntura adversa para avisar a los necesitados de intercambios académicos para recaudar dólares que cualquier congraceo con el enemigo correrá igual suerte que el clan socialdemócrata de 1959, la Microfracción (1968), la Escuela de Filosofía de la Universidad de La Habana y Pensamiento Crítico (1971), la reforma económica de Humberto Pérez González (1986), el alto mando del Minint, los centros de estudios del partido comunista y los perestroikos que confundieron a Mijail Gorbachov con Perucho Figueredo; todo ello entre 1988 y 1990.

Cuba -ahora más que nunca- necesita que la izquierda sensata, incluida la facción radical y globalista del Partido Demócrata de Estados Unidos, de un paso atrás y, como José Saramago, diga: Hasta aquí he llegado; mandando un doble mensaje a la isla: de censura al gobierno y de aliento a los miles de cubanos hartos del comunismo de compadres que padecen desde hace casi 63 años, y especialmente a jóvenes que aun defienden Socialismo sí, represión no.

Y no se trata de un mero cambio de rumbo, sino de usar su poder e influencia para evitar que la caída del tardocastrismo desemboque en un movimiento pendular hacia posiciones de derecha y extrema derecha y para persuadir a los aventureros que habitan la dictadura de que cualquier intento de volver a las andadas con narcotráfico, contrabando de armas y de personas, implicaría una acción contundente del mundo democrático con Estados Unidos a la cabeza.

Durante años, el castrismo jugó con su convencimiento de que internacionalizar la revolución, incluyendo operaciones irregulares, tendría consecuencias diplomáticas y poco mas, pero el tardocastrismo une a esa creencia la inmadurez de que sus actos -como los de niños- no tendrán consecuencias y Díaz-Canel, a diferencia de sus antecesores no consigue dominar a todos los estamentos e intereses, incluidos aventureros y expertos en ilegalidades transnacionales que no tuvieron la precaución de amasar fortuna personal, por lealtad o miedo.

El establisment norteamericano debería revisar su idea de que La Habana está comprometida con acuerdos bilaterales y mirar a España de 1996, cuando el presidente José María Aznar cambió las reglas de juego, y Fidel Castro respondió violando el acuerdo bilateral, acogiendo más etarras de los previstos y mandando a terroristas vascos al sur de Francia, como detectó la Inteligencia española entonces.

Cuba no tiene un estado socialista porque ha empobrecido, enfermado y reprimido a la mayoría de los ciudadanos, tampoco de izquierda porque actúa como aliado de dictaduras y gobiernos de derecha, discrimina a negros y mestizos, ha destruido el medio ambiente, reprime a artistas e intelectuales, a feministas y ecologistas, a homosexuales y lesbianas, a los que sigue negándoles derechos que son bandera de la progresía mundial, aunque manipula a la pandilla de Mariela Castro.

Cuba padece un poder totalitario, mafioso, extractivo, chantajista, liberticida, excluyente y antiguo, que salta de tropelía en tropelía con el silencio vergonzante de buena parte de la izquierda democrática mundial, aun creyente de que la dictadura más antigua de Occidente es reformable, aunque sea parcialmente.

Nadie, ni siquiera La Habana, podrá reprochar a la izquierda democrática haber abandonado a Cuba, porque desde la desaparición de la URSS, sus esfuerzos han sido continuos para encontrar una salida, como hicieron los entonces mandatarios socialistas François Miterrand y Felipe González, a quien el Comandante en Jefe respondió públicamente con aquello de que Felipe le había dicho que Cuba no debía ser Sagunto y Numancia del siglo XX; aunque luego consintió el desembarco del economista Carlos Solchaga, que elaboró un programa de reformas, engavetado desde 1993, excepto algunos temas de trabajo por cuenta propia.

El Palacio de la Revolución replicó a Gorbachov y a la izquierda democrática redoblando su intervención en Angola, que acabó con la paz impuesta por Washington y Moscú a Petroria y Luanda, con Namibia como beneficiada; entonces Castro resaltó la gesta de Cuito Cuanavale, pese a que ya había fusilado a Arnaldo Ochoa y fue lapidando a todos los miembros de la delegación cubana a las negociaciones, incluido Jorge Risquet Valdés, que salió del Buró Político con 61 años y una dilatada hoja de servicios al comunismo, y la destitución como Jefe de Estado Mayor de las FAR y no ascenso a General de Cuerpo de Ejército. a Ulises Rosales del Toro, pese a su brillantez operativa, disciplina y profundo conocimiento de la estructura militar norteamericana.

Seguir apostando por una Cuba irreal será carísimo para la izquierda mundial, escindida en democrática y totalitaria, desde los crímenes de Stalin y la Tercera Internacional, donde el terror comunista liquidó a socialistas y anarquistas; pero que no consigue despojarse de su complejo anti norteamericano y jalea o reprueba a La Habana en privado, pasando por encima del prolongado sufrimiento de un pueblo noble y capaz de vivir en libertad y con prosperidad, como ocurre con la solidaria diáspora cubana en Estados Unidos y Europa.

Barack Obama, el presidente norteamericano más generoso, desnudó a La Habana aterrada y más necesitada que nunca del embargo, que lo abofeteó políticamente con algarabía hueca y ataques sónicos, que también alcanzaron a diplomáticos de Canadá, cuyo primer ministro tardó imprudentemente una condena al gobierno tras el 11J y a la que solo accedió por coherentes presiones del oponente Partido Conservador, que dio la voz de alarma el mismo domingo de autos.

Raúl Castro teniendo todo el viento de la Casa Blanca a favor y habiendo sido beneficiado por condonaciones de deudas más que generosas, apagó todo intento reformista y, con más de 80 años, se puso a hacer de mambí ridículo, a reforzar el poder de su avaro ex yerno, a regalar mansiones a sus hijos, excepto Nilsa que sigue viviendo en la avenida 26; y a llenar los aparatos militar con cadetes y camilitos prosirios y de grumetes bisoños el aparato del partido comunista.

No hay peor bloqueo que la saña totalitaria tardocastrista y el 11J dejó a la izquierda democrática mundial sin pretextos para seguir callada ante la tragedia de Cuba, que viene de lejos; con el comunismo sectario y otras tribus vengativas y revisionistas post Muro de Berlín, poco hay que hacer porque La Habana es su Espíritu Santo.

Hace como 20 años, un dirigente de Izquierda Unida de visita en La Habana e invitado a un acto con los CDR, soltó una bomba: Compañeros, perdonarme, pero desde que llegué a Cuba tengo una sensación rara porque todo, incluidos los telediarios, me recuerdan al franquismo...

Aquel comunista, ya fallecido, volvió una tarde llorando al hotel habanero donde se alojaba porque -tras la regañina oficial de burócratas castristas- empezó a meterse en barrios empobrecidos y coger guaguas, pero en una de ellas vivió su desengaño definitivo; el guaguero, encabronado porque el excesivo volumen de pasaje impedía cerrar las puertas y retrasaba el incumplimiento del horario previsto, se saltó el resto de paradas hasta la última, al grito de ¡a llorar a Papá Montero!

Cuando en el final de la ruta paró y los viajeros, incluido el comunista español pudieron bajarse, un hombre anónimo gritó: ¡Anoten esto, no lo olviden; para cuando alguien venga a hablarles de comunismo y socialismo o a cobrar el sindicato, le den una patá en la boca!

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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