Ernesto Borges narra la acción que le costó 27 años preso en Cuba: "Dijeron que mi caso sería ejemplarizante"

El expreso político relató cómo se fue desencantando del comunismo y por qué, en lugar de desertar, decidió hacer algo para cambiar la situación del país.



Ernesto Borges en la prisión Foto © Twitter / Mario Félix Lleonart

Este artículo es de hace 1 año

Casi tres décadas de encierro, una condena por espionaje y años de oscuridad física y simbólica marcan la historia de Ernesto Borges Pérez, el exoficial cubano que intentó, sin éxito, filtrar información a Estados Unidos y terminó pagando con 27 años de su vida en la prisión de máxima seguridad del Combinado del Este.

A menos de un mes de su liberación, Borges concedió una entrevista con Martí Noticias donde relató el proceso que lo llevó de capitán de la Dirección de Contrainteligencia del Ministerio del Interior (MININT) a ser uno de los presos políticos más emblemáticos de las últimas décadas en Cuba.

En 1985, fue enviado por el régimen a estudiar en la Unión Soviética. Allí, en plena era de la Perestroika y el Glasnost, su visión sobre los sistemas comunistas comenzó a fracturarse. "La apertura soviética me marcó profundamente", confesó.

A su regreso, ya como abogado y agente de la contrainteligencia, las grietas en su lealtad eran notorias.

En Cuba acabó de decepcionarse y constató que el proyecto que él consideraba idóneo para responder a las expectativas del pueblo cubano, era un fracaso.

"En ese periodo me radicalicé, y llegó un punto en que entendí que no debía pedir la baja, sino que debía hacer algo desde mis posibilidades para darle una señal al Estado cubano. Traté de luchar desde mis posibilidades, desde mi mundo laboral, y pensé golpear el sistema de seguridad nacional del país", dijo.

En 1998, cuando Borges tenía 32 años, intentó entregar a un funcionario estadounidense una lista de oficiales cubanos entrenados para espiar en EE.UU. Nunca lo logró: fue arrestado el 17 de julio antes de consumar el traspaso de información.

"Preparé un paquete con la información de mi propio contenido de trabajo: las identidades de los agentes que yo estaba preparando personalmente para convertirlos en dobles agentes (para tratar de atraer los servicios de inteligencia norteamericanos para reclutarlos). Ese era mi contenido de trabajo y eso fue lo que traté de pasar", detalló.

"Deposité el paquete en el garaje de la residencia de un diplomático americano aquí en La Habana que ni sabía que yo existía", agregó.

Ernesto recalcó que todo fue una iniciativa suya, nadie más sabía nada.

"Cometí errores. Yo no conocía completamente el sistema de vigilancia que tenían mis colegas sobre las residencias de los diplomáticos americanos aquí en La Habana y ellos cogieron el paquete", señaló.

A pesar de no haber completado la acción, fue juzgado por espionaje en grado de tentativa y condenado a 30 años de prisión, tras la conmutación de una inicial pena de muerte.

"Realmente mi delito fue un espionaje en grado de tentativa, y me condenaron como si me hubieran pedido la pena de muerte", ha denunciado Borges con anterioridad.

Su paso por las cárceles del régimen fue largo, severo y profundamente inhumano. Diez años en celdas sin ventilación, décadas sin atención médica adecuada, y más de 20 años sin poder abrazar a su hija.

Hoy, al salir en libertad, padece cataratas que lo han dejado casi ciego y una hernia que requiere intervención quirúrgica urgente.

Borges reconoció el respaldo de la Iglesia Católica, del Vaticano, de periodistas como Amado Gil y del equipo de Radio Martí por mantener su caso visible. "Gracias por no olvidarse de nosotros", expresó.

Consultado sobre el régimen cubano, envió un mensaje sin rodeos: "Ojalá que escucharan a la población cubana, al pueblo de Cuba. Ojalá entendieran que es preciso dialogar con los que piensan diferente".

Su deseo, como hombre que cree en Dios, es claro: una transición pacífica y lo menos traumática posible.

La liberación de Borges no solo devuelve a un hombre a su familia, sino que restituye una voz largamente silenciada. Una voz que, ahora libre, se alza para exigir cambios en una isla donde pensar diferente sigue costando demasiado.

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