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Durante décadas, las villas vacacionales para trabajadores fueron una herramienta esencial de estímulo laboral en Cuba. Más de 700 casas, gestionadas por sindicatos y empresas, se repartían por todo el país: desde Celimar hasta Veneciana, pasando por Varadero, Boca de Galafre o Punta Alegre. Eran levantadas y sostenidas con recursos propios, sin gravar al Estado, y ofrecían alojamiento, comida y transporte a precios accesibles para los obreros.
“El júbilo era tal que en la construcción de Tunazúcar llegó a haber casi mil trabajadores a pie de obra”, recuerda Julio Martínez Guerra, exdirigente del Sindicato Azucarero en Las Tunas, en un amplio reportaje publicado por Trabajadores. Allí se detalla cómo estas instalaciones funcionaban bajo un modelo sostenible, donde el estímulo no solo era moral, sino también económicamente viable.
Pero entre 2009 y 2010, el sistema se desmanteló sin consenso ni consulta a los colectivos. Muchas villas fueron traspasadas a la cadena Islazul y otras entidades estatales, se impusieron precios en CUC (entonces vigente), y el acceso fue limitado a quien pudiera pagar. Algunas fueron demolidas, otras abandonadas tras la pandemia, y muchas acabaron vandalizadas. “Entregamos una villa de lujo sin recibir remuneración alguna”, denunció un dirigente sindical del central Siguaney.
En una segunda nota del propio medio oficialista, titulada La Guagua: ¿Podemos volver a planes vacacionales?, se publicaron comentarios de lectores que cuestionan abiertamente la desaparición del programa. “Fue un error el traspaso”, opinó uno. Otro lector denunció que “se privó a los trabajadores de un merecido bien, para nada, para abandonarlo”.
El caso de las villas no es aislado. Forma parte de un patrón de deterioro que abarca espacios públicos y patrimoniales de toda Cuba. El Acuario Nacional, en La Habana, presenta paredes llenas de moho, barandas oxidadas y escasez de especies marinas. “Todo parecía estar abandonado a su suerte”, dijo la joven que grabó el video viral que reactivó la indignación.
El Cementerio Chino, declarado Monumento Nacional, muestra tumbas abiertas, osarios al aire libre y una vegetación descontrolada que amenaza con borrar parte de la historia migratoria cubana. En Centro Habana, Almacenes Ultra, ícono del comercio habanero, se encuentra inundado de aguas negras y cerrado por insalubridad.
En el ámbito recreativo, el Parque Lenin se cae a pedazos, tras décadas de promesas incumplidas. El parque infantil de Parque Maceo, el estadio de Camagüey, la Ciudad Deportiva o el puente ferroviario de Versalles en Matanzas reflejan el mismo abandono: estructuras corroídas, robos, basura y clausuras por falta de mantenimiento.
La desaparición de las villas obreras no solo representa la pérdida de un espacio físico, sino también de un sistema que dignificaba el esfuerzo. Hoy, en ruinas o traspasadas, se suman a una lista creciente de lugares que fueron orgullo colectivo y que ahora evidencian el deterioro profundo de la infraestructura y la gestión pública en Cuba.
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