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Cuba rindió homenaje este lunes al centenario de la inolvidable Juana Bacallao, la show woman que desafió etiquetas, rompió moldes y se convirtió en símbolo de irreverencia, ritmo y autenticidad en la isla.
Nacida como Neris Amelia Martínez Salazar el 26 de mayo de 1925 en el populoso barrio habanero de Cayo Hueso, Juana Bacallao dejó una huella imborrable en el mundo del cabaret, la televisión y la cultura popular cubana.
Su nombre artístico —Juana Bacallao— surgió de una popular guaracha escrita por su descubridor, el maestro Obdulio Morales, quien también la apodó “La Diosa Negra de los Cabarets Cubanos”.
Desde sus humildes inicios como empleada doméstica, Juana cultivó un estilo escénico inconfundible, marcado por una mezcla única de canto, comedia, gestualidad desbordante y un extravagante vestuario que incluía pelucas, lentejuelas y tacones altísimos.
Así construyó una carrera que la llevó a compartir escenarios con leyendas como Nat King Cole, Benny Moré, Bola de Nieve, Rosita Fornés, Cantinflas y Rafaella Carrá.
A pesar de los prejuicios racistas y clasistas de su época, Juana se convirtió en una figura querida tanto en Cuba como en el extranjero, con presentaciones en México, Venezuela, Canadá, República Dominicana y países de Europa.
En Canadá recibió un Disco de Oro y, en Cuba, fue galardonada con el Premio Nacional del Humor (2020), la Distinción por la Cultura Nacional y la medalla Alejo Carpentier.
Juana Bacallao no solo fue un ícono del espectáculo, sino también una voz libre e indomable. “El pueblo fue el que me hizo estrella. Cuba es todo”, decía. Su autenticidad y sentido del humor le granjearon el cariño de generaciones que aún la recuerdan con emoción.
Sin embargo, su legado también ha sido víctima del olvido institucional. A más de un año de su fallecimiento en febrero de 2024 a los 98 años, seguidores denunciaron hace algunos meses que su tumba en el Cementerio de Colón permanecía sin una placa que indicara su lugar de descanso. El contraste con otros artistas allí sepultados causó entonces indignación y tristeza entre quienes la admiraban.
Juana Bacallao vivió y murió fiel a sí misma, resistiéndose a la retirada definitiva: “Agarro un tambor y me pongo a cantar y sigo siendo Juana Bacallao”, dijo una vez.
Y así la recuerda hoy todo un país: auténtica, brillante e inmortal, a cien años de su nacimiento.
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