Sandro Castro vuelve a ser noticia por una nueva excentricidad que suma a su largo historial de extravagancias sin sentido.
Esta vez, ha decidido incursionar en el mundo del reparto cubano con un tema titulado "La Cristach", una canción absurda que interpreta junto a tres jóvenes que se autodenominan "los hijos de obbatalá", bajo los nombres de Ericito el 13, Yamlexis de Good Boy y Esteylor.
En un video publicado en Instagram, se ve a nieto del dictador Fidel Castro, exultante, lanzando la frase "Sientan la mordida que se viene, cabrones" como antesala al tema.

Aunque no es el intérprete principal, su protagonismo en pantalla y su entusiasmo desbordado son la prueba de que, con tanto lujo y tiempo libre, ya no sabe qué hacer con su vida.
El contenido de la canción, ininteligible por momentos, es otra invención lingüística sin sentido que parece resumir perfectamente el estilo de Sandro: un caos pretencioso que intenta disfrazar de arte urbano.
Pero más que creatividad, lo que transmite es una desconexión absoluta de la realidad del país donde vive.
"Se pone rico con el vampirash y su cristach", escribió Sandro.
Un delirio que no para
Sandro vuelve a hacer de las redes sociales su escenario personal para lanzar sus "obras".
Así hizo recientemente, cuando escenificó monólogos desquiciados desde piscinas vacías, ruinas arquitectónicas y bares cerrados, enviando mensajes a Donald Trump con frases como "Patria es humanidad", o celebrando el Día de los Padres instándoles a que se tomen "en mi honor una Cristach y fúmense un tabacach".
En otra ocasión, recomendó "nueve cervezas diarias" como fórmula de salud, sin el más mínimo sentido de la realidad.
Un insulto institucionalizado
Lo que para algunos es un espectáculo ridículo, para otros representa una burla intolerable. En un país donde millones de ciudadanos sobreviven con salarios de hambre, apagones y escasez, Sandro exhibe privilegios heredados y un estilo de vida insultante.
No hay en su contenido una crítica real ni una propuesta seria. Hay provocación, derroche y la certeza de que su apellido lo blinda de consecuencias.
Incluso cuando desliza ciertos guiños que podrían interpretarse como críticas al régimen -como dar "me gusta" a burlas contra Díaz-Canel-, lo hace desde la comodidad de alguien que nunca ha tenido que enfrentarse al aparato represivo que otros sí padecen.
Es el bufón de una casta privilegiada, el símbolo de una élite que no necesita ocultar su desprecio por el pueblo porque nunca ha rendido cuentas a nadie.
Un reflejo grotesco de la impunidad
Sandro Castro no es solo un joven rico jugando a ser artista. Es el producto más grotesco de un sistema que se vendió como revolucionario y terminó devorándose a sí mismo en privilegios, hipocresías y figuras como él: herederos del poder que desprecian a quienes lo sostienen.
La Cristach, como muchas otras de sus puestas en escena, no es más que otro episodio de autocelebración delirante. Un grito vacío desde lo alto de una burbuja dorada, mientras abajo, en la Cuba real, la gente hace colas interminables por un trozo de pollo.
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