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El cineasta cubano Eduardo del Llano, eterno enfant terrible del audiovisual oficialista, volvió a encender las redes con una rabieta pública: esta vez porque el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana “lo ignoró completamente”.
“Este año el Festival me ignoró completamente”, escribió Del Llano en su página oficial de Facebook. “Ni credencial, ni invitación, ni una palabra. Que se metan el Festival por el c…”, añadió, con su habitual tono entre despechado y cínico.
Según el propio realizador, ni el ICAIC ni la Oficina del Festival se molestaron en incluirlo entre los invitados, pese a su trayectoria y su condición de habitual en la escena cinematográfica habanera. “Hasta el año pasado daban credenciales a cineastas con cierta trayectoria, aunque no tuvieran obra en competencia”, lamentó.
Dos horas después del exabrupto, el milagro ocurrió: una llamada desde el propio Festival le notificó que su credencial estaba lista. “Algo que tenían que haber hecho una semana antes”, apuntó. Y añadió, ya en tono más conciliador, que la usaría “para ver películas, porque es eso lo que me interesa”.
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La escena recuerda, inevitablemente, el reciente berrinche del trovador Raúl Torres, quien lloró en Facebook porque el Museo de la Música Cubana lo había ignorado en su exposición permanente.
La diferencia es que mientras el “desagravio” de Torres lo llevó a cantar en un acto del régimen “para sordos”, Del Llano —más rápido, ladino y mediático— logró su credencial en tiempo récord, sin tener que exhibir sus producciones ante un auditorio de invidentes.
Ambos comparten, sin embargo, el mismo mal de fondo: el drama del artista fidelista olvidado. El primero exige reconocimiento por su himno a Fidel; el segundo, por su saga de sátiras revolucionarias que alguna vez desafiaron al sistema, pero que hoy lo entretienen sin peligro.
Del Llano, que hace poco defendía el derecho de la policía cubana a ser “más represiva”, ahora reclama el suyo a ser invitado al festival que él mismo ayudó a legitimar. Una paradoja tan cubana como su propio cine: tragicómica, autorreferencial y con sabor a castigo doméstico.
En su segundo post, el realizador agradeció el apoyo de sus seguidores y dedicó un guiño a sus detractores: “Gracias a los c@mep!ngas que aprovecharon la ocasión para insultarme; gracias a ellos rebasé la barrera de 2000 bloqueados. ¡Vamos por más!”.
Y aunque ahora podrá ver sus películas favoritas en 23 y 12, la escena deja claro que, en la Cuba oficial, ni la fidelidad ni la ironía garantizan asiento reservado.
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