El régimen cubano ha hecho algo que, hasta hace poco, parecía impensable: emitir una declaración oficial sin mencionar el bloqueo. Ni el “imperio”, ni el “enemigo”, ni el “socialismo”, ni siquiera una alusión a Fidel Castro.
El documento, publicado este domingo por el ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), marca un punto de inflexión en la retórica diplomática del castrismo, que durante más de seis décadas sostuvo un lenguaje de confrontación sistemática con Estados Unidos.
“Cuba condena de manera inequívoca el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones”, comienza el texto, reafirmando la disposición del país a cooperar con Washington “para fortalecer la seguridad regional e internacional”.
La declaración continúa con un tono técnico y legalista, propio de informes de cumplimiento financiero o resoluciones multilaterales: “Cuba mantiene una política de tolerancia cero frente al financiamiento del terrorismo y el lavado de dinero”.
No hay consignas, no hay apelaciones al pueblo ni denuncias de “asfixia económica”. Solo una frase remite, de manera tenue, al pasado “revolucionario”: “sin renunciar jamás a la defensa de su soberanía y la independencia”.
Un cambio de vocabulario sin precedentes
Para medir el cambio, basta revisar los comunicados del MINREX entre 2019 y 2025. En ese periodo, términos como "bloqueo, imperialismo, agresión, hostilidad, resistencia o Revolución Cubana" aparecían en prácticamente todos los textos oficiales.
En diciembre de 2025, el mismo ministerio denunciaba “el recrudecimiento de la guerra económica contra Cuba” y acusaba a Washington de aplicar “medidas coercitivas unilaterales que buscan asfixiar al pueblo cubano”.
Esa estructura —victimización, condena moral, exaltación del heroísmo nacional— era parte del ADN discursivo del régimen desde los años sesenta.
El léxico de la llamada “revolución cubana” cumplía una función política: recordar constantemente al pueblo quién era el “enemigo”, su “ambición imperial” de apropiarse de la nación, de inmiscuirse en sus “asuntos internos” y derrotar el “proyecto socialista”.
De esa forma y con esos argumentos, las élites del castrismo justificaron durante décadas la permanencia en el poder del régimen comunista como salvaguarda de unas supuestas soberanía y autodeterminación.
El texto de febrero de 2026 rompe esa lógica. Sustituye la moral revolucionaria por la burocracia diplomática: “cooperación bilateral”, “estándares internacionales”, “prevención de actividades ilícitas”, “marco jurídico nacional”.
Es, en apariencia, un lenguaje desideologizado, pero en realidad constituye una estrategia de nueva legitimación internacional: presentar a Cuba como un Estado técnico, responsable y fiable en materia de seguridad global.
Nueva etapa bajo Trump y Rubio
El giro lingüístico no ocurre en el vacío. Llega un mes después de la captura de Nicolás Maduro por una operación de fuerzas especiales estadounidenses el 3 de enero, ordenada por el presidente Donald Trump, quien inició su segundo mandato con una agenda hemisférica clara: la reconfiguración política del Caribe y Venezuela.
Desde entonces, Washington ha mostrado una línea dura pero pragmática hacia La Habana. El propio Trump declaró este domingo: “Estamos hablando con gente de los más altos niveles en Cuba para ver qué pasa. Creo que haremos un trato”.
Pocas horas después, el MINREX emitió su comunicado, un detalle que no parece casual. El movimiento discursivo podría leerse como una señal dirigida a Washington, en un momento en que la administración Trump–Rubio controla el proceso de transición en Venezuela y evalúa su estrategia hacia Cuba con una mezcla de presión económica y canales discretos de diálogo.
El silencio del bloqueo
En la historia de la “diplomacia revolucionaria” del régimen cubano, la palabra “bloqueo” ha sido más que un término: un emblema político.
Se pronuncia cada año en la Asamblea General de la ONU, encabeza los editoriales del Granma y da sentido al relato de “plaza sitiada” que el régimen ha usado para explicar la crisis permanente y su implícita voluntad de perpetuarse en el poder
Por eso su ausencia total en esta nueva declaración no puede pasar inadvertida. No es una omisión técnica, sino un gesto político.
El gobierno de Miguel Díaz-Canel —bajo la tutela aún visible de Raúl Castro y el control económico de GAESA— parece probar un nuevo registro de comunicación: menos ideología, más diplomacia.
Este cambio podría responder a la necesidad de restablecer canales financieros y comerciales en un contexto de colapso económico.
Según el economista cubano Pavel Vidal, “sin el levantamiento de sanciones, Cuba no tiene liquidez para sostener la canasta básica ni el sistema eléctrico”.
Y sin narrativa antiimperialista, La Habana podría intentar reingresar gradualmente en circuitos de cooperación internacional que antes le eran inaccesibles.
Una Cuba que ensaya otro tono
El contraste con los comunicados de 2020 o 2021 es revelador.
Mientras en plena pandemia el MINREX denunciaba “la agresión del imperio que pretende rendir por hambre a un pueblo digno”, hoy el mismo organismo ofrece “reactivar y ampliar la cooperación bilateral con los Estados Unidos”. El salto semántico es abismal.
De un sujeto activo (“Cuba enfrenta al enemigo”) se pasa a un sujeto cooperante (“Cuba reafirma su disposición a mantener un diálogo respetuoso y recíproco”).
Desaparece la épica; aparece la tecnocracia. La gramática del sacrificio da paso a la del procedimiento.
Entre líneas: El fin de una retórica
No se trata solo de un cambio de palabras. Es el abandono de un marco simbólico completo, el que vinculaba identidad nacional y revolución, política exterior y resistencia, patria con revolución.
Por primera vez desde 1959, el MINREX habla como una cancillería normal.
Ese viraje podría marcar el comienzo de una nueva etapa en las relaciones con Estados Unidos, donde la diplomacia reemplace gradualmente al enfrentamiento ideológico. El futuro dirá si es un ensayo táctico o el inicio de una transformación real.
Pero una cosa ya es evidente: En 2026, el régimen cubano ha enterrado su palabra más emblemática. El bloqueo ha desaparecido del discurso oficial.
Y con ese silencio, La Habana ha dicho más que en sesenta años de consignas.
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