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La publicación de Miguel Díaz-Canel sobre la Protesta de Baraguá provocó una oleada de reacciones en Facebook que, al menos en la muestra revisada, estuvo marcada mayoritariamente por la crítica, la burla y el rechazo político al gobernante cubano, en un contexto especialmente sensible tras el reconocimiento oficial de contactos con Estados Unidos.
El gobernante designado por Raúl Castro escribió en Facebook: “Se dice Baraguá y nos asalta, desde la historia, la intransigencia de Antonio Maceo frente al Pacto sin independencia: ‘No nos entendemos’ le dice a la contraparte española y convoca a su tropa a ‘romper el corojo’ en breve. A ese legado de dignidad nos deberemos siempre”.
Pero la apelación a uno de los símbolos más usados por la propaganda oficial no generó una respuesta de respaldo. Al contrario: abundaron comentarios que reinterpretaron el legado de Antonio Maceo en contra del propio régimen y que convirtieron la frase “No nos entendemos” en una consigna dirigida desde la ciudadanía al poder.
Uno de los patrones más visibles fue precisamente ese: la apropiación opositora del símbolo de Baraguá. Varios comentarios sostienen que Maceo no luchó para justificar un sistema sin libertades, sino para defender la independencia y la dignidad del pueblo cubano.
“Baraguá fue decir NO a un pacto sin libertad. Hoy millones de cubanos también dicen NO a vivir sin derechos, sin voz y sin futuro”, escribió una persona. Otra resumió la misma idea así: “La verdadera dignidad sería que el pueblo cubano pueda vivir con libertad, prosperar con su trabajo y no tener que irse de su país para buscar un futuro”.
En la misma línea, muchos mensajes inviertieron la analogía histórica propuesta por Díaz-Canel y colocaron al pueblo cubano en el papel de Maceo, mientras presentaron al régimen como la contraparte a la que se le dice “No nos entendemos”.
“Eso mismo te dice el pueblo a ti y a todos los que andan contigo: No nos entendemos”, afirmó un comentario. Otro insistió: “En este caso Maceo es el pueblo cubano y ustedes son los invasores”.
Un segundo bloque importante de reacciones cuestionó el uso político de la historia y acusó al gobernante de manipular figuras patrióticas para sostener un discurso que choca con la realidad actual.
“Manipulas la historia a tu favor”, dijo una internauta. Otra persona consideró “casi irrespetuosa” la comparación y recordó que Baraguá ocurrió “en un escenario de guerra”, mientras que un gobierno contemporáneo debería concentrarse en “administrar la economía, garantizar bienestar ciudadano y gestionar instituciones”.
También hubo numerosos comentarios que rechazaron cualquier identificación entre Maceo y el actual sistema político cubano. “Maceo y el comunismo nada que ver”, escribió una usuaria. Otra fue más directa: “Los mambises nunca fueron comunistas”.
En esa misma línea, varios mensajes insistieron en que, si Antonio Maceo viviera hoy, estaría del lado del pueblo inconforme y no del gobierno. “Si Maceo estuviera vivo ahora mismo…”, escribió una comentarista, dejando flotando una ironía que se repitió con distintas variantes. Otro comentario fue aún más explícito: “Si Martí y Maceo vivieran, fueran presos políticos de este sistema”.
La opinión de los internautas también reveló un tercer eje dominante: el desgaste del relato heroico frente a la crisis material del país. Muchos comentarios respondieron a la épica oficial con referencias concretas al hambre, los apagones, la escasez y el deterioro de la vida cotidiana.
“Con ese legado de dignidad le damos de comer a nuestros hijos, tenemos electricidad, agua, gas, alimentos, medicinas y una vida digna”, escribió una usuaria en tono claramente sarcástico. Otra resumió el cansancio social con una frase seca: “La historia muy bonita, pero son otros tiempos y Cuba muere”.
Esa tensión entre consigna e inanición apareció una y otra vez. “Nadie vive de la historia. El pueblo necesita comida, electricidad, medicinas”, señaló un comentario. Otro apuntó: “Siempre con la historia y la barriga vacía, hasta cuándo es esto”.
En varios mensajes, la crítica no fue solo política, sino también moral: se acusó a la élite gobernante de invocar sacrificios que no comparte y de exigir resistencia desde una posición de privilegio. “Para ustedes muy fácil seguir viviendo a costa de un pueblo que se muere de hambre y miseria”, se leyó en una de las respuestas.
A ello se sumó un cuarto elemento: la burla como forma de deslegitimación. La publicación del “puesto a deo” coleccionó un volumen notable de comentarios sarcásticos, memes verbales, alusiones a su apariencia física, a su desgaste y a un supuesto miedo creciente.
“Te queda poco”, “acaba de irte”, “haz las maletas” o “nadie los quiere en el poder” fueron fórmulas que se repitieron con frecuencia. Más allá del tono, todas apuntaron a lo mismo: el cuestionamiento de su autoridad y la percepción de debilidad del poder.
Otro grupo de respuestas conectó el post con el momento político actual y subrayó la contradicción entre la retórica de Baraguá y las negociaciones con Washington. “Pero si literalmente acabas de admitir hace unas horas que te estás entendiendo”, le reprochó un internauta.
Otro preguntó con sorna: “Hay o no hay conversaciones con USA?”. En varios comentarios apareció la idea de que Díaz-Canel intenta proyectar dureza justo cuando el régimen transmite señales de repliegue o búsqueda de acomodo.
En líneas generales, la evocación de Baraguá no logró ordenar el debate en torno a la épica revolucionaria, sino que abrió un espacio para que muchos cubanos resignificaran ese símbolo en clave de ruptura con el poder.
La frase “No nos entendemos”, pensada por Díaz-Canel como homenaje a la intransigencia patriótica de Antonio Maceo, terminó siendo reutilizada por numerosos comentaristas como una declaración de divorcio entre el régimen y una parte visible de la ciudadanía.
Más que fortalecer el relato oficial, el post pareció exponer su principal problema: la distancia entre la historia que invoca el poder y la experiencia concreta de un país exhausto por la escasez, la emigración, la represión y la falta de horizontes.
En esa brecha, Baraguá dejó de ser solo un símbolo manoseado del régimen y volvió a convertirse, al menos en los comentarios, en un terreno de disputa.
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