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La salida del gobernante cubano Miguel Díaz-Canel se ha convertido en la pieza central de las negociaciones que la Administración de Donald Trump mantiene con La Habana.
Según anticipó este lunes The New York Times y confirmó luego el corresponsal del diario español ABC en Nueva York, Javier Ansorena, Washington ha condicionado cualquier avance significativo a que el presidente designado cubano abandone el poder.
De acuerdo con el reporte, funcionarios estadounidenses habrían comunicado a negociadores que Díaz-Canel debe dimitir, aunque dejando en manos de la parte cubana la forma de ejecutar ese paso.
Cuatro fuentes familiarizadas con las conversaciones indicaron que esta exigencia forma parte de un intento de forzar cambios internos sin desmontar completamente el sistema.
Ansorena lo resume de forma directa: “EE.UU. abre contactos dentro y fuera de Cuba y exige la salida de Díaz Canel para un acuerdo”.
La pieza clave de la negociación
La exigencia de Washington no sería un detalle secundario, sino el eje del proceso.
Según The New York Times, la Casa Blanca busca sacar del poder a Díaz-Canel como condición para avanzar en acuerdos que alivien la asfixia económica de la isla.
El cálculo político detrás de esta postura apunta a que el mandatario cubano representa un obstáculo para reformas económicas más profundas.
Desde la perspectiva estadounidense, su salida facilitaría un reajuste interno del sistema sin necesidad de desmontar toda la estructura del régimen.
En esa línea, el propio Ansorena señala que Trump podría estar intentando “cobrarse una pieza de importancia decisiva” con la salida del actual presidente cubano, considerado parte del ala dura del castrismo.
Además de Díaz-Canel, Washington también querría la salida de otros miembros del núcleo duro que comparten su línea política, aunque hasta el momento no han sido precisados otros nombres.
Contactos con el régimen y la oposición
En paralelo a esta exigencia, Washington ha desplegado una red de contactos con actores clave tanto dentro como fuera del entorno del poder cubano.
“La Administración Trump ha iniciado conversaciones con figuras cubanas en México y también ha mantenido contactos con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro”, indica el periodista, citando fuentes gubernamentales.
Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, mantiene vínculos directos con el núcleo histórico del poder.
Al mismo tiempo, el equipo del secretario de Estado Marco Rubio estaría en comunicación con figuras de la oposición en el exilio, como Rosa María Payá, líder de Cuba Decide.
Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, ha sostenido una línea dura contra el régimen.
Presión económica como herramienta
Las conversaciones se desarrollan en medio de una fuerte presión económica impulsada por Washington. Según Ansorena, la estrategia incluye restringir el acceso de Cuba a fuentes clave de energía.
Como es sabiado, para forzar esa caída, ha obligado a Venezuela a cortar el suministro de petróleo a Cuba, del que depende la isla, y ha logrado lo mismo con México.
El resultado sería “una situación desesperada para los cubanos y para su régimen, entre el desabastecimiento y las protestas”.
En este contexto, el Gobierno cubano ha comenzado a dar señales de apertura.
El viceprimer ministro Óscar Pérez-Oliva Fraga anunció en NBC que se permitirá a los cubanos en el exterior invertir en el sector privado y ser propietarios de negocios en la Isla, una medida vinculada a las negociaciones.
Un “descabezamiento” al estilo Venezuela
La estrategia de Trump apunta a un cambio en la cúpula más que a una transformación total del sistema.
Ansorena subraya que el presidente estadounidense busca “un descabezamiento de la cúpula del régimen como la que consiguió con Maduro en Venezuela”.
Esto implicaría mantener parte de la estructura de poder, pero forzar una reconfiguración que permita mayor cooperación con Estados Unidos.
En el caso cubano, podría traducirse en reformas económicas y una eventual relajación de la represión.
Un cambio con alto impacto político
Si se materializa, la salida del mandatario cubano representaría la mayor sacudida política en décadas dentro de la isla.
También supondría una victoria simbólica para Trump, quien podría presentar el hecho como la caída de un líder de un gobierno históricamente enfrentado a Estados Unidos.
Sin embargo, el escenario también podría generar tensiones dentro del exilio cubano, que durante años ha aspirado a un cambio más profundo que implique el fin total del sistema.
La retórica de Trump
El propio Trump ha dejado entrever el alcance de sus intenciones. En declaraciones desde el Despacho Oval, afirmó que “será un honor tomar Cuba”.
Ante la pregunta de un periodista, insistió: “Sí, tomar Cuba, de alguna manera. Ya sea que yo la libero o me la apodero. Creo que yo podría hacer lo que quisiera con ella”.
Un pulso en desarrollo
Por ahora, las negociaciones continúan sin resultados confirmados. Lo que sí parece claro es que la permanencia de Díaz-Canel se ha convertido en el punto central del pulso entre Washington y La Habana.
Más que un cambio de régimen inmediato, la estrategia estadounidense apunta a forzar una reconfiguración interna del poder en Cuba, en medio de una crisis económica creciente y un contexto de presión externa sin precedentes recientes.
Reacciones de cubanos: Escepticismo ante un cambio limitado
La posibilidad de una salida de Díaz-Canel ha generado un intenso debate entre cubanos, especialmente en redes sociales, donde predomina el escepticismo sobre el impacto real de una medida de ese tipo.
Muchas opiniones coinciden en que el mandatario no es el verdadero centro de poder, sino una figura dentro de una estructura más amplia.
“El problema no es él, son los Castro”, resume una de las percepciones más extendidas.
Otros comentarios insisten en que Díaz-Canel “no es la pieza clave”, al considerarlo un ejecutor de decisiones tomadas por actores con mayor peso dentro del sistema.
Desde esa perspectiva, su sustitución sería un cambio superficial, sin consecuencias estructurales.
También hay quienes advierten que cualquier transformación real debería incluir a toda la cúpula gobernante y no limitarse al relevo del presidente.
Sin reformas de fondo, sostienen, un movimiento de este tipo difícilmente tendría impacto en la crisis económica o en la situación política del país.
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