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Continuando con el guion anunciado la semana pasada por Miguel Díaz-Canel, cuando dijo que había conversaciones entre Cuba y Estados Unidos, el primero en dar la cara ha sido el viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva para anunciar, a bombo y platillo, que Cuba permitirá a sus nacionales residentes en el exterior invertir en negocios propios en la Isla. Una decisión que dice muy poco de quien la plantea en estos términos.
Y lo ha hecho en declaraciones a NBC, en una entrevista exclusiva, que ha dado rápidamente la vuelta al mundo. A falta de mayor concreción sobre lo que se quiere hacer, Pérez-Oliva ha dicho que “Cuba está abierta a tener unas relaciones comerciales fluidas con las empresas de Estados Unidos” y también que “esas relaciones se podrán establecer con los cubanos residentes en Estados Unidos y sus descendientes”, pero no ha ofrecido detalles de cómo se pretende alcanzar esa situación deseada.
Lo que ocurre es que las cosas nunca son de color negro o blanco, sino que existe una amplia gama intermedia de grises y aquí estamos en un caso excepcional.
Pero, ¿cómo se puede mentir de forma tan descarada?
Primero, porque Cuba está abierta a los inversores extranjeros desde hace muchos años. Cuba recibe inversiones de todos los países del mundo desde hace más de 10 años cuando se aprobó la Ley 118 de 2014, y existen formatos novedosos para atraer el capital extranjero, como el Mariel, y los intereses mineros de Canadá y Holanda, o los turísticos de España, confirman que la inversión extranjera ha fluido a la Isla. No hay novedad alguna.
Lo que sucede es que el balance ha sido desastroso, porque nadie arriesga su dinero en un país donde la economía, según la Constitución, es marxista-leninista y se prohíbe en el artículo 30 de dicho texto el enriquecimiento privado. El régimen no ofrece datos, pero el balance de la inversión extranjera en la Isla es muy deficiente comparado con República Dominicana o Costa Rica.
La razón es que, en la economía cubana, no existe un marco estable y predecible para el ejercicio de los derechos de propiedad, y el mercado como instrumento de asignación de recursos es sustituido por la planificación central. Con este modelo económico no se puede esperar que el inversor extranjero se dirija a Cuba, cuando puede hacer negocios en muchos otros países. Por tanto, hay que rebajar las expectativas de Pérez-Oliva antes de poder tomar posición a su ofrecimiento.
Segundo, Pérez-Oliva empieza muy mal, si quiere atraer a los inversores de Estados Unidos, porque ataca al bloqueo como amenaza a los esfuerzos de Cuba para superar la actual crisis energética. Pérez-Oliva sabe muy bien cuál es el origen de la crisis humanitaria actual de la economía cubana y qué hacer para dejar atrás esta situación y, desde luego, no lo va a lograr atacando al único que puede ayudar realmente, que no es otro que el vecino del norte.
Sin embargo, Pérez-Oliva mantiene el guion del embargo y afirma que “el bloqueo, la política de hostilidad de Estados Unidos contra Cuba, es indudablemente un elemento que afecta el desarrollo de los cambios que se necesitan, y a los lazos que se pretenden construir con Estados Unidos”. Y entonces, ¿es que acaso Cuba no tiene también que hacer deberes para merecer esa relación? ¿No se impone la necesidad de un cambio político e institucional hacia un sistema de libertades, prensa libre, sin presos políticos y con separación de poderes?
El dirigente castrista respeta el guion y señala que “el bloqueo priva a la economía cubana de acceder a la financiación, el acceso a la tecnología, a los mercados y en años recientes, la limitación al acceso al petróleo por parte de la economía cubana”. No existe bloqueo alguno. Si continúa por ahí no va a llegar muy lejos. En realidad, Cuba comercia, recibe inversiones, turistas, etc., de todos los países del mundo, el problema es que no paga y eso limita su atractivo para las empresas.
La cuestión es que ahora el régimen castrista dice estar realmente abierto a tener unas relaciones comerciales fluidas con las empresas de Estados Unidos. La experiencia lo demostrará, o no. Pero que nadie tenga la menor duda que otra cosa bien distinta es atraer el capital de los cubanos residentes en el exterior, ya sea de Estados Unidos, España, Francia o donde sea.
El régimen comunista carece de un marco adecuado de relaciones con los más de 2 millones de cubanos que forman parte de una diáspora poco favorable a entenderse con aquellos que provocaron su salida del país en diferentes momentos del tiempo, en los últimos 67 años. Hace falta más que anuncios para lograr ese nuevo marco de relaciones. Y esto no se ve por ningún sitio.
Pérez-Oliva forma parte de esa cuadrilla de altos cargos designada por Díaz-Canel para dar traslado de una serie de “transformaciones” de la economía que pretenden crear un entorno dinámico para la actividad económica. Esto se pretende conseguir con reformas en distintos ámbitos, pero en ningún momento se plantea la cuestión principal que es el sistema político e institucional, una dictadura comunista, que se debe orientar hacia la democracia, las libertades, el respeto a la prensa libre, la liberación de presos políticos y la separación de poderes. Un país democrático podría resultar atractivo para la inversión extranjera.
De otro lado, la Constitución de 2019 no garantiza un sistema capaz de fomentar la actividad económica como en otros países del mundo. Sin esa reforma constitucional, no será posible activar la inversión extranjera en sectores como turismo, infraestructuras, energía o minería que están en la cartera del régimen.
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