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Alina Fernández Revuelta, hija biológica de Fidel Castro, rompió su prolongado silencio mediático para exigir el fin del castrismo y afirmar que ese cambio lleva décadas pendiente, en una entrevista exclusiva con The Epoch Times publicada este martes.
"Para mí, ha llegado el momento de un cambio de régimen desde finales de los años 80", declaró Fernández. "Cuando Fidel Castro murió, todos pensábamos que su régimen había llegado a su fin, porque era un gobierno muy personalista, paternalista... narcisista. Pero sobrevivió."
El testimonio de Fernández tiene una dimensión simbólica que ningún propagandista del régimen puede esquivar: si la hija del fundador de la revolución tuvo que huir con un pasaporte falso y cargar durante años el estigma de tener "traidores en la familia", ningún cubano estuvo a salvo del sistema que Fidel construyó.
Fernández creció dentro de la élite revolucionaria, pero desde los nueve o diez años comenzó a entender las contradicciones del sistema. La primera lección llegó con el llamado "trabajo voluntario".
"Descubrí que en Cuba, voluntario significaba obligatorio", dijo. "Me di cuenta muy pronto de que me estaban mintiendo."
A esa misma edad supo que Castro era su padre biológico. Su padrastro, el cardiólogo Orlando Fernández Ferrer, abandonó Cuba con su hermana a principios de los años 60, lo que la obligó a consignar en todos sus documentos escolares y oficiales que tenía traidores en la familia.
"Así que ya tenía que escribir en mis papeles escolares y en cada papel oficial, tenía que sentir que tenía traidores en la familia", recordó.
Se convirtió en disidente pública a finales de los años 80, aterrorizada por lo que pudiera ocurrirle a su hija adolescente durante el Período Especial, que describió como "años de total miseria" sin electricidad, comida ni transporte.
En 1993 huyó usando el pasaporte de una turista española, dejando atrás a su hija porque no tenía otra opción. Llegó a Atlanta el 21 de diciembre de ese año tras obtener asilo político en la embajada estadounidense en Madrid. Días después, el reverendo Jesse Jackson visitó Cuba y logró que Castro autorizara la salida de su nieta, lo que Fernández describió como "intervención divina".
Hoy no mantiene contacto con ningún familiar, incluido su tío Raúl Castro, de 94 años.
"Una de las mayores tragedias cubanas es que esta locura dividió a las familias de la manera más dramática. Si no pensabas igual, te convertías en el enemigo. Es terrible. Ha sido así desde el principio", afirmó.
Sus declaraciones llegan en un momento de colapso acelerado. Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero, los envíos de petróleo venezolano a Cuba se interrumpieron, precipitando una de las peores crisis energéticas de la isla en décadas: apagones de hasta 30 horas diarias, escasez de alimentos y medicamentos, y protestas masivas con cacerolazos en La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades.
Esta debacle no es consecuencia de sanciones externas, sino el resultado predecible de 67 años de mal gobierno, centralización absoluta del poder y dependencia estructural de subsidios extranjeros que el propio régimen nunca quiso superar.
Fernández advierte, sin embargo, que un cambio significativo desde dentro es poco probable en el corto plazo: los cacerolazos no serán suficientes para derribar un sistema profundamente enraizado.
El presidente Donald Trump fue más directo el pasado 29 de marzo: "Es un país que está fallando y van a ser los siguientes. En poco tiempo va a fallar y estaremos allí para ayudar."
Fernández participa ahora como productora ejecutiva en el documental "Revolution's Daughter", que se estrena el 10 de abril en Miami, y con el que vuelve a alzar la voz tras años de silencio: "Tenía la sensación de que ya había dicho todo lo que tenía que decir".
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