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Creció siendo alta entre los juegos de la infancia, con un balón aún invisible en las manos y un destino que ya la estaba buscando. Fue una mirada, la de una entrenadora en plena calle del municipio Plaza de la Revolución, en La Habana, la que encendió el camino.
Desde entonces, cada entrenamiento, cada rebote, cada canasta y cada decisión la fueron moldeando, no sólo como jugadora, sino como mujer que entendió que el verdadero partido se juega entre el miedo y la valentía de avanzar.
Un placer volver a entrevistar a Zuleira Aties, integrante de uno de los últimos buenos equipos que tuvo el básquet cubano.
Dime, muchacha, ¿qué haces, cómo te va la vida?
Encantada de saber de ti también, amiga, y más aún de poder contarte algo de mi vida actual. Vivo en Arequipa, Perú, desde 2016. Llegué a este país un año antes a jugar en un conjunto llamado Club Universitario. Me trajo un entrenador al que le gustaba mi manera de jugar y me conocía de años anteriores.
Me ofreció jugar aquí, me gustó y aquí me quedé a hacer mi vida. En Perú me convertí en entrenadora. Aplico mis experiencias, todo lo aprendido en mis años como deportista; acepté el reto de asumir el trabajo de enseñar a niñas.
¿Estás con tu familia?
Sí, estoy con mi familia: mi mamá Estrella, ¿te acuerdas de ella? Siempre pendiente de mí, yendo a verme jugar; y mi esposo Yosmel.
Completa mi felicidad el mantenerme activa, jugando el maxibásquet, ¿sabes? El básquet para veteranas. Fui a un Mundial de la categoría el año pasado en Suiza y ahora, en febrero, jugué el Panamericano más de 40 años, representando a Perú.
Zule, echemos a volar la mente y el corazón, y demos las dos, aquellos primeros pasos en el básquet, cuando pisaste por primera una cancha. Hablemos de tus inicios en el emocionante deporte de las cestas.
A ver, yo pisé mi primera cancha a los ocho años en el municipio Plaza de la Revolución. Mi descubridora fue la profesora Lázara. Ella me vio en la calle con mi mamá; yo siempre, desde pequeñita, fui alta. Entonces, nos preguntó a mi mamá y a mí que si yo quería practicar o me gustaba el deporte.
Le dije que sí, y así fue que en el colegio donde estudiaba empecé a entrenar, a entrenar, a entrenar... Me empezó a gustar aquello de meter la pelota por el aro, y ya con nueve años entré a la EIDE, y despunté. Fíjate cómo fue la cosa que hasta ahora he dedicado toda mi vida a este deporte.
Zuleira Aties dio sus primeros pasos en la EIDE “Mártires de Barbados”, para transitar luego, con 14 años, a la ESPA nacional, donde permaneció tres. Allí tomó parte en torneos centro y panamericanos, y en un Mundial, todos de la categoría juvenil. En esos casos, Cuba ocupó los lugares segundo, cuarto y noveno, respectivamente.
Y ya con experiencia internacional, fue que con apenas 17 años entró al “Cerro Pelado”, la casa grande de la selección nacional de baloncesto.
Llegué al equipo nacional en 1998 y renuncié en febrero de 2003. Esa década de los 90 fue prodigiosa para el básquet femenino cubano.
¡Qué tiempos aquellos! Teníamos material humano para formar dos escuadras, A y B, y jugábamos entre nosotras constantemente. De esos topes y entrenamientos se extraía un equipo sólido que llevó al básquet femenino a ocupar sitiales de élite, como el bronce en el Mundial de Malasia 90 y el cuarto puesto en Barcelona 92.
Además, existía una pléyade de entrenadores capaces y deseosos de lograr el mejor resultado.
A propósito de eso, mi primer entrenador en el alto rendimiento a nivel nacional, el que más me marcó, pues estuvo años dándome clases de básquet, enseñándome, fue Márgaro Pedroso, quien me acompañó durante los cuatro años que estuve en la selección juvenil.
También recuerdo a Eduardo Moya en esos primeros tiempos y claro, a Miguel del Río en el equipo grande, aunque por poco tiempo porque él dio paso al experimentado Pepito Ramírez. Con este último estuve dos años y medio.
¿Siempre alera en el equipo Cuba?
Aunque inicialmente me consideraron como pivot, en la selección nacional había jugadoras más altas que yo, como Yudith Águila, Milaida Enrique y Yamilé “La Peca” Martínez, que cubrían muy bien esa posición. Además, estaba la extraordinaria Yaquelín Plutín -que era similar en estatura y edad a mí, pero con mayor físico-, quien también era “cinco”.
Entonces, para buscarme un puesto, Pepe Ramírez me ubicó como alera. Mis características se avenían muy bien a esa posición: era espigada, hábil, con bastante buena puntería desde el perímetro, además era rápida. ¿Te acuerdas lo bien que “robaba” balones?
Iba a los rebotes ofensivos con mucho ímpetu. En el Mundial de China 2002 jugué de pivot los últimos partidos. Y después, como profesional, me mantuve en esa posición que es la que más me gusta: jugar debajo del aro, el juego brusco... ¡en fin!, me gusta esa adrenalina.
¿Principales eventos con la selección nacional?
Mira, para mí, asistir a ese Mundial de China en 2002 fue asaltar al cielo. Tú estabas ahí. Se perdieron juegos que aún sufrimos. Pero, compartir con mis compañeras, jugar contra las extraordinarias jugadoras estadounidenses, conocer la Muralla China, que nunca olvido, fuimos por tu insistencia… ¡Para mi currículum, ese torneo marca un antes y un después!
¿Estando en el equipo Cuba nunca pudiste contratarte para jugar fuera del país?
¡Jamás! Cuando yo jugaba en Cuba nunca pude ser contratada. Antes, era difícil poder jugar profesional. Si optabas por jugar profesional te castigaban cinco años, pero no a estar ausente de la selección nacional, sino que no te dejaban salir del país. O sea, perdías tu vida deportiva: sin competir, sin entrenar, sin fogueo.
Yo tuve la suerte de poder irme a los cuatro. Han pasado los años y sigo sin entender por qué si una jugadora de la selección nacional era contratada para jugar profesional… ¡no se podía! Si eso era un plus para el equipo: es una atleta que se está desarrollando a un nivel superior, en condiciones mejores, y que, a la postre, beneficia cuando es llamada a jugar por Cuba.
No es igual el nivel que hay en Cuba que el que hay en Europa, por ejemplo. Como profesional hay más roce con jugadoras de varias naciones, sobre todo europeas, donde el baloncesto tiene muchos adeptos; jugadoras con más nivel técnico y táctico, lo que te ayuda a pensar mejor. No hay tanto contacto físico como se juega en América: en Cuba, en Brasil, en EE.UU.
Europa no juega así; la técnica, la táctica, se trazan estrategias… ¡piensas más! No es lo mismo estar arriba o debajo en el marcador, y para esas situaciones se entrena.
Afortunadamente, ya en Cuba eso de no poder contratarte ha cambiado; pero en mis tiempos, imposible.
Y cuando te decidiste, ¿qué hiciste, con quién hablaste?
Fue en febrero de 2003. Yo decidí separarme de la selección nacional en febrero de 2003. Me acerqué al profesor Pepe Ramírez y le dije que no quería continuar. Le expliqué que yo quería crecer… ¡crecer como jugadora!
Sentía como que en el equipo nacional me iba a estancar porque sabes que en Cuba siempre hay una lucha por la posición: por cualquier cosa te sancionan. Si no quieren, aunque hayas sobresalido, no te dan un viaje. Si faltaste a una reunión, te castigan.
O sea, hay mucha burocracia y también, a veces, mucha injusticia. Tú sabes de eso tanto como yo, porque lo viviste y mucho que lo debatías en tus espacios en el Noticiero. Allá los que no se acuerden, pero a mí no se me olvida.
¿Y sabes, Julita? Yo empecé a ver más allá, empecé a comunicarme con una amiga mía que vive en Italia. Ella me pasaba los videos, veía cómo se jugaba y me dije: “Yo puedo”. Entonces, decidí abrirme camino, costase lo que costase, yo quería ser yo.
Yo quería ver hasta dónde podía dar como jugadora, quería ayudar a mi mamá, a mi papá… ¡y la única forma que lo podía hacer en ese momento era jugando profesional!
¿Y puedes decir que materializaste tus sueños?
¡Sí! Yo salí rumbo a Hungría gracias al apoyo inestimable de Milaida Enrique, quien confió en mí y me presentó a la persona ideal. “Milo” fue el factor clave para yo poder jugar en Europa, en ese caso, en Hungría. Fuimos cuatro jugadoras: Lisset “La Ardilla” Castillo, la propia Milaida, María Elena “La Lupe” León y yo.
Precisamente, especial recuerdo guardo cuando en Hungría compartí cancha con Lisset Castillo. De ella aprendí mucho, estuve dos años con ella en esa fuerte liga europea. La tierra magyar fue mi primer destino tras salir de Cuba.
Después, jugué en una de las grandes ligas del mundo y fue la A1 de la liga de primera categoría de Italia, con el club Pozzoli. Esa fue mi mejor experiencia en cuanto a lo profesional se refiere. Enfrenté a jugadoras de calibre mundial, muchas de ellas de Rusia, que intervenían en la WNBA.
Fue una bonita experiencia que marcó mi carrera: poder codearme con basquetbolistas como la genial estadounidense Diana Taurasi, que estaba en ese tiempo jugando en la liga de Italia. Jugadoras con las que compartí y muchas se convirtieron en grandes amigas mías.
Tuviste la oportunidad de jugar con grandes del básquet cubano. De las que viste, ¿cuáles son tus preferidas?
Sinceramente, tengo cuatro nombres: Yamilé Martínez, Lisset Castillo, Dalia Henry y Jacqueline Plutín.
La “Locomotora de Majagua”, como tú le pusiste a Plutín, era muy inteligente, sabía cómo colocarse al rebote, tenía “manos dulces”, los rebotes le caían en la mano, metía la canasta, sabía cuándo tenía que pasar, sabía cuándo tenía que cortar. Ella entendía muy bien el baloncesto, era muy inteligente.
“La Peca” Martínez tenía un juego brusco, muy fuerte, efectivo. Es de las mejores pivots en la historia del básquet cubano y en sus tiempos se codeaba con las mejores del mundo.
Lisset era una guerrera total, muy competitiva, tenía buen triple; yo pensé que era zurda porque tenía una mano zurda letal.
Y Dalia Henry era muy efectiva, pelota que tú le dabas a Dalia Henry, era canasta sí o sí. Tenía un “roll” potente que eso siempre iba a canasta.
Esas son jugadoras que vi, y compartí cancha con ellas. Hay otras que fueron excelentes. Por sólo citarte dos ejemplos, doña Leonor Borrell, encumbrada al Hall de la Fama del Básquet universal y Margarita Skeet, tremendísima y espectacular jugadora, pequeña pero hábil, certera en sus tiros, trabajadora para el equipo. Yo apenas las vi jugar, pero son grandes entre grandes.
¿E internacionalmente?
En la arena internacional hay muchísimas, pero ver jugar a las estadounidenses Dawn Staley, defensa, y Lisa Leslie, pivot; la primera convertida en una excelente entrenadora y DT, y la segunda considerada por muchos como la mejor de todos los tiempos, colma todas mis expectativas.
¿Feliz y realizada Zuleira Aties?
Sí, ¿cómo no estarlo? Día a día vivo mis sueños; hago lo que me gusta, estoy rodeada de amor. Sí, Julita, soy feliz.
Hoy, su historia no se mide sólo en torneos, ligas o nombres compartidos con figuras como Diana Taurasi o Lisa Leslie, sino por la coherencia de haber seguido su propia voz.
Zuleira Aties se impuso un camino y en medio de obstáculos, decisiones difíciles, aprendizajes y pasión genuina por el baloncesto, ha logrado ser quien es: una mujer coraje, apasionada por el juego que tanto ama y feliz en su entorno familiar.
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