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El ballet no es sólo una danza: es un idioma secreto que el alma aprende antes que el cuerpo. Es la plegaria silenciosa que se eleva en cada arabesque, la memoria antigua que vibra en la punta de los pies cuando el mundo parece detenerse. Una bailarina no deja de serlo jamás, porque el ballet no habita únicamente en los escenarios iluminados, sino en la respiración misma, en la forma delicada y firme con la que enfrenta la vida, en la música invisible que la acompaña aun en el silencio.
Es por eso que nuestra entrevistada de hoy, la solista Yanlis Abreu, lo lleva en el alma como un fuego sagrado, en el corazón como un latido que marca compases eternos, y aunque los telones caigan y las zapatillas descansen, su espíritu sigue danzando, porque el verdadero ballet no se abandona: se encarna, se respira, se vive... ¡por toda una eternidad!
Nueve años en el Ballet Nacional de Cuba y con su Giselle como estandarte, la capitalina nos acerca a su vida actual.
Vivo en la Florida con mi pareja, un niño de dos años que me tiene loca y mis padres. Llegué hace nueve años; yo tenía visa y vine después de haber regresado a Cuba de una gira precisamente por varias ciudades estadounidenses, incluida Washington.
Trabajo en instituciones financieras de EE.UU., específicamente en la banca, pero no abandono el ballet; soy profesora de niñas y para mí es un enorme placer verlas crecer en el arte danzario que tanto amo.
En la actualidad, ¿vas a ver ballet?, ¿extrañas mucho el escenario?
Cada vez que tengo una oportunidad voy a ver funciones de ballet y además de mi trabajo en el mundo financiero, -como ya te dije- imparto clases a niñas que se preparan para entrar en escuelas de arte. Tengo varios grupos con los que trabajo, monto coreografías.
Ver ballet, ya sea profesional como el de la escuela, me sigue emocionando mucho. Adoro ver el resultado de mi trabajo, que mis alumnas crezcan profesionalmente. Me apasiona verlas, al igual que cuando voy a ver buen ballet con las compañías New York City Ballet y American Ballet Theater, y rememoro mis momentos como bailarina.
Vamos a andar sobre tus primeros pasos en la danza, que fueron muy precoces
Pues sí, empecé a los tres años; sentía una especial atracción por la danza, por el ballet, por el arte en general. No empecé en el ballet clásico sino en el baile español, en los talleres del teatro “García Lorca”.
¿Cómo te inclinaste hacia el clásico a tan corta edad?
Mira, para ser tan pequeña, yo tenía claro que no era el español sino el clásico. Se lo dije a mi mamá con mucha seguridad. Yo veía a las niñas en el salón de al lado ejercitando el ballet clásico y sabía que era eso lo que yo quería. Me gustaba la sayita de tul, la música clásica. Respeto el español. Creo que son dos danzas preciosas, dos géneros maravillosos, pero mi yo interno pertenecía al clásico.
Ahora, después de tantos años, no imagino cómo pude discernir. A eso únele que no era fácil: los ejercicios, mucho dolor, luchar por la elasticidad, flexibilidad, saltos, mantener un peso, una postura, el sacrificio que conlleva. Así, a los ocho años, mi maestra se sentó con mis padres para que me llevaran a las pruebas de actitud de la Escuela Nacional de Ballet “porque la niña tiene aptitudes”.
La maestra tuvo razón. Mis padres me ayudaron, estaba con la maestra Rosa Elena en el Teatro Nacional y, gracias a ella, logré matricular en la Escuela Nacional.
Trascendental para ti resultó, tras el paso de los años, integrar el Ballet Nacional de Cuba, aunque antes nada te fue fácil.
Mira, Julita, entrar al BNC fue como si se me uniera el cielo y la tierra de la felicidad; ha sido uno de los momentos más felices de mi vida. No me lo podía creer, empecé a llorar de la emoción. Creo que para mí fue algo que marcó un inicio.
Fue un sueño convertido en hermosa realidad. ¡No fue fácil!, como afirmas. Yo atravesé momentos muy amargos, pues, cuando se realizó la prueba final de la escuela, no pude ser vista por los maestros del BNC porque me enfermé con cálculos renales y me ausenté a ese examen.
Me sentía frustrada, decepcionada. Me quedaba una oportunidad, la decisiva.
Nunca pensé que pudiera pasarla después de mi obligado descanso. Es cierto que los profesores de la escuela me habían visto pero... ¡no era lo mismo!
Y fue así que llegó el día de la audición. Yo traté de hacerlo lo mejor posible, tenía que estar al 100 por ciento para ser seleccionada. Me fui para mi casa con un credo grandísimo en el corazón porque, a pesar de que lo había dado todo, tenía en contra que no me habían visto con anterioridad.
No obstante... ¡aprobé! El día que me enteré que había pasado al Ballet Nacional de Cuba, no pude hacer otra cosa que dar gracias infinitas a mis maestros, a los que creyeron en mí desde el principio, a los profesores de la compañía que vieron en mí el talento, que me dieron la oportunidad, que pudieron darse cuenta de mi talento solamente en una clase de ballet, al no poder mostrarles nada más en el escenario.
Ese día fue lindo, fue el sueño de una niña de tres años hecho realidad. ¿Qué más puedo decir?
En el ballet clásico resulta imprescindible la relación de la bailarina y su partenaire. ¿Puedes señalarme algunos de tus favoritos, alguna vez tuviste miedo cuando tenías que “volar” y caer en brazos de tu pareja?
Tanto en la escuela elemental, en la ENA y en la Escuela Nacional de Ballet, tuve muchos partenaires y no puedo hablarte de uno por encima de otro. Con todos me encantaba compartir el escenario, me encantaba bailar con ellos.
Mi primer partenaire, no. No es uno solo porque en la escuela elemental tienes varios según la coreografía y siempre cambiábamos de elenco. Cuando aquello, en mi año, estaban Albertico Terrero, Moisés Noriega, Ariel Mejica, Yasel Roldán.
Recuerdo que bailamos “La flauta mágica” cuando estábamos en el último año de la escuela elemental. Luego, cuando entré en la ENA bailé con José Justiz, mi querido José Justiz. Hoy día, mi hermano, lo quiero muchísimo. Está bailando actualmente en Michigan.
También bailé con Ariel Molina, en el segundo año de la ENA, y en mi último año lo hice con Ariel México, otro hermano que quiero muchísimo. Es que, en general, todos los varones de mi año eran fabulosos, los quiero a todos muchísimo. Eran mágicos, era como estar en casa.
Nunca sentí miedo con ninguno de ellos, siempre, en general, la técnica masculina y el dúo clásico que nos daban en la escuela era superfuerte, superbueno y los varones lo representaban muy bien, lo hacían extremadamente bien; nunca tuve miedo en escena con ninguno de ellos, a pesar de ser tan jóvenes.
Nos enfrentábamos al escenario con tremenda valentía y, en general, el ballet masculino en Cuba es extremadamente bueno. Tuve maravillosas experiencias con ellos. Fui a concursos internacionales con Ariel, con Molina, con Josué, con Yacet.
Como te dije, mi primer ballet completo en la escuela elemental fue “La flauta mágica” y fue fabuloso. Fue la primera experiencia y fue fabulosa, recuerdo que Yacet estuvo magnífico, tanto por el lado de darte una seguridad a la hora de la escena como en la técnica.
Tuviste la experiencia de danzar cuando aún Alicia estaba al frente de la compañía. ¿Cómo fue tu relación con la prima ballerina assoluta?
Durante todos mis años en el Ballet Nacional de Cuba —desde principios de 2010 hasta finales de 2018— tuve la dicha de contar con la presencia de la maestra Alicia. Tengo millones de recuerdos. Estuve en dos ballets que ella coreografió.
También tomé parte en millones de ensayos generales con ella. Uno de los recuerdos más lindos que tengo es “Giselle”, porque para la maestra, “Giselle” era la joya más preciada. Siento que “Giselle” es una obra cumbre y que para ella era su joya, que cuidaba con muchísimo amor.
Le dedicábamos muchísimo tiempo a hacer trabajo de mesa del primer acto de “Giselle”. Recuerdo cómo se tomaba el tiempo con el cuerpo de baile, con los primeros bailarines, con los personajes de carácter, con todo el mundo. Recuerdo que esos ensayos eran muy bonitos.
Ella nos iba haciendo preguntas sobre nuestros personajes y cada uno tenía un momento especial en la escena y para ella era muy importante que la escena fuera narrada completamente, que el público pudiera absorber todo lo que estábamos tratando de dar a entender.
Casualmente tu ballet favorito es “Giselle”…
Así es. La locura de Giselle es una de las obras cumbres del Ballet Nacional de Cuba. Para mí fue un orgullo poder hacer “Giselle”, puesto que era su obra, para mí, su obra cumbre.
Y sí, muchas veces, en la gran mayoría de las giras que hacía, ella viajaba con nosotros y era superesperado el momento que salía al final a saludar. Siento que el público internacional la aclamaba muchísimo, y eran minutos y minutos aplaudiéndole.
Alicia era muy querida universalmente y todo el mundo que sabía que el Ballet Nacional de Cuba se iba a presentar, estaba ahí, a la expectativa, esperándola para rendirle tributo.
Yo siento que la maestra disfrutaba muchísimo los aplausos y que cada vez que su compañía se presentaba, ya sea nacional o internacionalmente, ella recibía esos aplausos con un orgullo inmenso porque sabía que su compañía la estaba representando de la manera que ella quería y que el Ballet Nacional de Cuba siempre dejaba un estándar muy alto en sus presentaciones.
Además de Alicia, otras grandes figuras que te signen.
Para mí, figuras claves son Mirta Plá, Josefina Méndez, Aurora Bosch y Loipa Araújo, conocidas como las “Cuatro joyas del BNC”, además, por supuesto, de estrellas del firmamento en el mundo que antes y ahora han convertido al ballet en lo que es, un arte danzario universal.
¿Qué fue para ti dejar de integrar el cuerpo de baile para convertirte en solista?
Un paso hacia la cima, una sensación de bienestar incalculable, poder demostrarme a mí misma mi valía.
¿Sólo bailaste clásico?
No. Hice incursiones en el contemporáneo, por ejemplo, “Celeste” de la coreógrafa Anabel López Ochoa. También trabajé con coreógrafos de la talla de Cathy Marston y Osnel Delgado.
¿Y del clásico?
Hubo varios, pero me inclino por el maestro Alberto Méndez.
¿Giras y países visitados?
Fueron muchas giras y muchos países: desde el primer viaje a Sudáfrica hasta el último a Estados Unidos, visité Italia, Francia, España, Ecuador, Canadá, Emiratos Árabes Unidos, China, México y Brasil, entre otros. El Ballet Nacional de Cuba dejaba huella donde fuera, era aclamado, las entradas se agotaban. Siempre actuábamos a teatro lleno.
Recuerdo un “Quijote” en Qatar que hubo que vestirse acorde al país, taparnos los brazos, los hombros, pero aquello fue increíble.
¿Has visto actuar a la compañía en los últimos tiempos; pudieras darme una opinión sobre el BNC dirigido por Viengsay Valdés?
No, lamentablemente no he visto ninguna de sus presentaciones. Si te diera mi opinión del Ballet Nacional de Cuba en la actualidad, sinceramente, lo haría ciegas porque hace años no voy a Cuba ni veo una actuación del BNC.
Sé que está bajo la dirección de la primera bailarina Viengsay Valdés, de la cual guardo los mejores recuerdos, poseedora de una técnica fuerte, una proyección escénica inquebrantable.
Pero de ahí a decirte una opinión actual, no puedo. Sí sé que el ballet se sigue nutriendo de la escuela cubana de ballet, la cual es muy fuerte, reconocida mundialmente.
Recordar es volver a vivir: es abrir la puerta del tiempo y dejar que el alma camine, descalza, por los senderos de la memoria. Así nos lo ha confiado Yanlis Abreu, cuya vida parece danzar entre dos mundos: el de la realidad y el sueño.
Su historia transita como un susurro de alas entre la criatura etérea que se enamora de un humano —esa sílfide suspendida en el aliento del bosque—; como la trémula y hechizada Odette de “El lago de los cisnes”, prisionera de un hechizo y redimida por amor; como la luminosa y juguetona Swanilda de “Coppélia”; o como la frágil y eterna Giselle, espíritu enamorado que perdona más allá de la muerte.
En cada uno de esos nombres late su esencia. Yanlis Abreu no sólo interpreta, habita el aire, respira la música, se disuelve en la luz. Y así, al recordar, no revive únicamente papeles danzados, sino amores imposibles, promesas susurradas y alas invisibles que aún hoy la sostienen sobre el escenario infinito de la memoria.
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