El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, llegó este jueves a la Casa Blanca para reunirse con Donald Trump en un encuentro marcado por la tensión bilateral acumulada durante más de un año y por la sombra de Jair Bolsonaro, aliado de Trump que se encuentra en prisión.
Lula llegó al complejo presidencial poco después de las 11:10 hora local en un convoy oficial, procedente de la residencia del embajador brasileño en Washington, donde había pernoctado.
El corresponsal en la Casa Blanca David Alandete describió la visita como inusualmente hermética: «Extraña visita de Lula a la Casa Blanca. Trump le ha recibido a solas, sin prensa. Ambos han entrado en el Despacho Oval y la comparecencia ante los medios acumula ya más de media hora de retraso, con la prensa esperando fuera».
El almuerzo de trabajo también se celebró a puerta cerrada. Alandete informó que «piden a la prensa que se disperse de momento, la reunión de Trump y Lula con el almuerzo está siendo a puerta cerrada».
Es el tercer encuentro personal entre ambos mandatarios desde el inicio del segundo mandato de Trump, y el segundo en suelo estadounidense, tras los contactos en la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2025 y en la Cumbre de la ASEAN en Malasia en octubre de ese mismo año.
La visita estaba originalmente prevista para marzo de 2026, pero fue pospuesta por la guerra conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, que Lula había criticado públicamente antes de viajar a Washington.
El encuentro llega cargado de fricciones. En julio de 2025, Trump impuso aranceles del 50% a las importaciones brasileñas, vinculando explícitamente la medida al proceso judicial contra Bolsonaro, condenado a 27 años y tres meses de prisión por la Corte Suprema de Brasil por liderar un intento de golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022. Brasil calificó la medida de «ofensiva e inaceptable».
En marzo de 2026, la tensión escaló cuando Brasil prohibió la entrada al asesor de Trump, Darren Beattie, quien pretendía visitar a Bolsonaro en prisión.
El 30 de abril, el Congreso brasileño aprobó —anulando el veto de Lula— una ley que reduce las penas por delitos contra el Estado democrático, lo que podría recortar hasta veinte años la condena del exmandatario.
Brasil también fue excluido de la cumbre «Escudo de las Américas» que Trump organizó en Miami con líderes de diez países latinoamericanos en marzo de 2026.
La agenda del encuentro es eminentemente económica y geopolítica: los aranceles, el sistema de pagos instantáneos PIX —acusado por Washington de ser anticompetitivo frente a Visa y Mastercard—, un posible acuerdo sobre minerales críticos y tierras raras, y la eventual designación de grupos criminales brasileños como organizaciones terroristas extranjeras, algo que Brasilia rechaza.
El analista Oliver Stuenkel, de la Fundación Getúlio Vargas, señala que Lula busca fortalecer la relación personal con Trump para evitar interferencias estadounidenses en las elecciones presidenciales brasileñas de octubre de 2026, en las que el mandatario de 80 años aparece empatado en encuestas con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado.
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