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Un estudio publicado en la revista científica Social Science & Medicine concluye que los apagones prolongados en Cuba están asociados a niveles extremadamente severos de depresión, ansiedad y estrés en la población adulta, convirtiendo la inestabilidad energética en un problema crítico de salud pública.
La investigación, titulada «Powerless and pressured: Mental health vulnerabilities in the context of prolonged blackouts in Cuba», fue realizada por especialistas de Cuba y Estados Unidos mediante una encuesta transversal en línea aplicada entre julio y noviembre de 2025 a 415 adultos cubanos.
Los investigadores utilizaron la escala DASS-21 para medir síntomas de salud mental, un Índice de Severidad de Apagones y un Índice de Impacto Funcional de los Cortes, y aplicaron regresión lineal múltiple jerárquica para evaluar las asociaciones más allá de factores sociodemográficos.
«Niveles extremadamente severos de depresión, ansiedad y estrés predominaron en toda la muestra», señalan los resultados del estudio.
El hallazgo más relevante indica que no es solo la duración o frecuencia de los cortes lo que más daña la salud mental, sino la disrupción que generan en la vida cotidiana: «El impacto funcional emergió como el predictor más fuerte, explicando una varianza adicional sustancial en estrés, ansiedad y depresión más allá de las variables demográficas y la severidad de los apagones».
Cuando se incorpora el impacto funcional al análisis, las asociaciones entre la severidad de los cortes y el estrés o la ansiedad se atenúan, aunque permanecen significativas para la depresión.
Los adultos más jóvenes mostraron mayor vulnerabilidad al estrés y a los síntomas depresivos, según los datos del estudio.
El estudio describe cómo los apagones desencadenan lo que los investigadores llaman «espirales de pérdida»: deterioro de alimentos, alteraciones del sueño, tensión económica y conflictos interpersonales que alimentan el estrés crónico.
Los cortes también crean un escenario de alta demanda y bajo control: los cubanos deben reorganizar rutinas, soportar el calor extremo, asegurar agua y alimentos y cuidar a dependientes, sin capacidad de predecir ni prevenir los apagones.
Este contexto científico coincide con testimonios de cubanos que describen la situación como una tortura psicológica. Un cubano de 33 años citado por NBC News lo resumió así: «Más allá del agotamiento físico, es el agotamiento psicológico lo que nos agobia. Es la incertidumbre de no saber cuándo tendremos luz. No se puede planificar nada».
La psicóloga social Yadira Albet ya había advertido en septiembre de 2025 que los apagones «generan angustia, estrés y hasta depresión crónica», mientras que la socióloga Elaine Acosta habló de una posible «epidemia de salud mental» vinculada a la precariedad económica, la falta de alimentos y las barreras para acceder a atención especializada y fármacos psiquiátricos.
Durante el período de la investigación, Cuba atravesaba una crisis energética sin precedentes: los apagones pasaron de cortes programados de tres a seis horas diarias a interrupciones impredecibles de más de 12 horas desde mediados de 2024, y desde octubre de ese año múltiples colapsos de la red provocaron apagones de hasta 24 y 36 horas en varias regiones.
Los cortes han forzado la suspensión de cirugías, el fallo de equipos de diagnóstico y han puesto en riesgo unidades de cuidados intensivos y salas pediátricas, además de interrumpir el suministro de agua potable y obligar a escuelas a cerrar o reducir horarios.
El estudio concluye que «los apagones prolongados en Cuba están asociados a consecuencias adversas para la salud mental, particularmente cuando se interrumpe el funcionamiento diario, lo que pone de relieve la inestabilidad energética como un problema crítico de salud pública», y es el primero en examinar sistemáticamente estas asociaciones en la población adulta cubana mediante metodología cuantitativa rigurosa.
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