La escuela cubana no se derrumba solo por falta de petróleo

En respuesta al artículo del The New York Times, “El bloqueo de EE. UU. a Cuba hace que los niños falten a la escuela”



La vida del cubano de a pie, frente a los nietísimos del régimen. ©

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Nací en una zona rural llamada Manganeso, a unos catorce kilómetros al norte de Palma Soriano, en la provincia Santiago de Cuba. La secundaria básica Máximo Gómez, en Palmarito de Cauto, quedaba a cuatro kilómetros y medio de mi casa. En los años ochenta hice muchas veces ese trayecto a pie, de ida y vuelta, porque no  llegaba a tiempo, o fallaba, el transporte. Y eso ocurría cuando Cuba disfrutaba del gigantesco subsidio soviético: a mediados de aquella década recibía alrededor de 13 millones de toneladas anuales de petróleo y derivados. Así que kilómetro y medio a caballo hoy, para asistir a la escuela, no es nada del otro mundo, a menos que se compare con las ventas de los hijos de los dirigentes comunistas, para los que no existe “bloqueo” de ningún tipo.

En los años noventa, al comenzar el llamado Período Especial tras el fin de aquel subsidio, caminar cuatro, cinco o más kilómetros se convirtió en la rutina de la mayoría de los alumnos de mi región. Así también en otras muchas zonas rurales del país. Por eso acabo de leer con preocupación, el reciente artículo de The New York Times titulado “El bloqueo de EE. UU. a Cuba hace que los niños falten a la escuela”, sobre el golpe que la actual escasez de combustible está dando a las escuelas cubanas.

El reportaje acierta al describir niños y maestros sin transporte, horarios reducidos, internados cerrados, apagones y universidades paralizadas. La presión petrolera de Estados Unidos agrava una calamidad real. Pero es un error presentar esa presión como la explicación fundamental de la ruina educativa. Puede ser el acelerador de la crisis para curar la enfermedad de una vez y por todas; pero no es su origen.

Desde 1961, el Estado comunista monopoliza la enseñanza. Mis padres, como todos los padres cubanos, nunca pudieron escoger la educación que deseaban para mí: no había pluralidad de escuelas, ni enseñanza independiente, ni libertad de currículo. En las aulas, el objetivo no era solo enseñar a leer, calcular o pensar: era modelar obediencia política. La formación ideológica marxista-leninista, el culto al poder y el miedo a discrepar invadían la escuela. Cuando yo salía para la escuela secundaria mi madre quedaba muy asustada pensando cuál sería el problema que tendría en el aula por expresar lo que no se podía decir en público.

Yo estudiaba en un ambiente hostil. Una opinión crítica podía traer señalamientos, represalias y el temor de terminar en una institución correccional para menores. Para quien disiente abierta y persistentemente, el camino hacia la universidad se cierra con expedientes, discriminación ideológica y expulsiones. En la escuela, los hijos de opositores eran, y siguen siendo, fácilmente marcados y sometidos a una vigilancia y un rigor que no se aplican con igual severidad a otros estudiantes.

El experimento de las “escuelas al campo” reveló otra cara de aquella ingeniería social: adolescentes separados de sus familias, obligados a combinar estudios con trabajo agrícola y sometidos a control político permanente. En demasiados casos, la distancia de los padres, la falta de supervisión y la impunidad degradaron la convivencia: abusos, corrupción, embarazos tempranos y una moral quebrada. No fue una experiencia digna de presentar como modelo educativo.

Cuba realizó una campaña de alfabetización y amplió el acceso escolar; negarlo sería absurdo. Pero alfabetizar no equivale a educar en libertad, ni una universidad gratuita equivale a una universidad abierta al pensamiento independiente. La calidad, además, llevaba décadas erosionándose por salarios miserables, éxodo de docentes, dogmatismo y abandono material.

Que abunde el combustible puede devolver algunos ómnibus a las carreteras. No devolverá a los padres su derecho a elegir, ni a los estudiantes su derecho a pensar y hablar sin miedo. La verdadera reconstrucción de la educación cubana exige acabar con el monopolio estatal y político sobre la conciencia de nuestros hijos. 

De esto nada dice el artículo del The New York Times y es más dañino para cualquier sistema educacional que la falta de combustible. Este reportaje me recuerda aquellos editoriales de este importante medio, muy favorables al acercamiento con el régimen castrocomunista y bastante parcializados, publicados entre el 12 de octubre y el 15 de diciembre de 2014.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Presidente del Consejo para la Transición Democrática. Líder de UNPACU.






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José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Presidente del Consejo para la Transición Democrática. Líder de UNPACU.

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