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La cúpula cubana hace tiempo hizo el cálculo. Decidió que prefiere gobernar sobre ruinas antes que arriesgar el poder en una transición.
Esa es la clave para entender por qué la dictadura no cede. No se aferra a la retórica revolucionaria porque crea en ella, sino porque el discurso de plaza sitiada es la coartada que convierte el hundimiento en épica. Sin ese relato, el colapso sería lo que es: responsabilidad de quienes mandan. Con él, se disfraza de sacrificio heroico frente al enemigo externo.
El régimen no solo tolera la catástrofe: la ha convertido en método. El deterioro despuebla el país, agota a la sociedad civil y alimenta la eterna excusa del embargo. Y cada avión que despega descarga por la vía migratoria la presión que en otro contexto se volvería contra el poder. El que se desespera —o al que acorralan— se va, y con él se va la energía que podría organizar el cambio.
Así, el hambre deja de ser un fracaso del sistema para volverse su herramienta. Los apagones, la falta de medicamentos, las estanterías vacías: nada de eso amenaza a la cúpula mientras el aparato represivo siga funcionando.
El límite existe, pero no está en la calle. Está en el día en que el régimen deje de poder pagarse a sí mismo. Ningún aparato represivo sobrevive cuando no puede pagar a quienes reprimen. Ahí, y no en una reforma voluntaria que jamás llegará, está la única grieta real.
La presión de EE.UU. no ha fracasado por falta de intensidad, sino por falta de interlocutor. No se puede negociar con quien no tiene ninguna intención de negociar y solo está ganando tiempo.
Trump y Rubio han apretado hasta el límite: sanciones a Díaz-Canel y a la familia Castro, acciones contra GAESA y su red empresarial, presión sobre las misiones de médicos esclavos, advertencias sobre el uso de la fuerza. La respuesta del régimen ha sido la de siempre: victimismo, retórica de plaza sitiada y cero movimiento sustantivo. No porque la presión no duela, sino porque cualquier concesión real amenaza lo único que les importa: seguir al mando.
No hay alternativa. Y no porque la sociedad cubana no quiera cambio real, el 80% de los cubanos respalda una transición hacia un modelo capitalista de democracia liberal, sino porque el régimen no lo permite. Ante esa obstinación, a Marco Rubio no le puede temblar la mano. Permitir que la dictadura reine incólume más años sobre los escombros que ella misma provocó no sería un error de cálculo: sería una omisión imperdonable.
Porque, mientras nadie se lo impida seguirán gobernando sobre las ruinas de Cuba.
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