
Las declaraciones de un experto energético ruso sobre la posibilidad de que Moscú ayude a reconstruir el deteriorado sistema eléctrico cubano han dejado una lectura que va más allá de la falta de dinero de La Habana.
En declaraciones a a Finanzas Mail recogidas este viernes por Gazeta.Ru, Igor Yushkov se refirió explícitamente a la posibilidad de que un cambio político en Cuba suponga un riesgo que Rusia debería calcular antes de realizar grandes inversiones en la isla.
Yushkov, experto de la Universidad Financiera adscrita al gobierno de Rusia, planteó esta semana que las empresas rusas tienen capacidad para construir centrales eléctricas en Cuba, suministrar gas o carbón e incluso estudiar un proyecto de central nuclear.
Pero, además de cuestionar duramente la capacidad de pago del régimen cubano, introdujo una variable política.
Según el especialista, el momento actual de las relaciones entre La Habana y Washington representa un riesgo para las inversiones rusas porque, si cambia el rumbo político de Cuba, Moscú podría no recuperar los recursos invertidos.
La observación resulta especialmente significativa en el contexto actual: un experto ruso está incorporando abiertamente un eventual cambio en la orientación política de La Habana a los escenarios que deberían valorar las empresas de su país antes de comprometer capital a largo plazo en Cuba.
Yushkov no afirmó que el Kremlin espere un cambio de régimen ni habló en representación del gobierno de Vladimir Putin. Sus palabras, sin embargo, revelan que ese escenario comienza a aparecer, al menos en el análisis ruso, como una posibilidad con consecuencias económicas concretas.
El planteamiento contrasta con el discurso público que Rusia ha mantenido durante los últimos meses sobre la situación cubana y la presión de Estados Unidos.
Moscú ha presentado reiteradamente a Washington como responsable de buena parte de las dificultades que atraviesa la isla y ha defendido públicamente la continuidad del gobierno cubano.
A finales de enero, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, acusó a la Administración de Donald Trump de aplicar una estrategia destinada a «asfixiar económicamente» a Cuba mediante nuevas sanciones.
Pocas semanas después, el embajador ruso en La Habana, Viktor Koronelli, aseguró que Moscú continuaría proporcionando apoyo político y material a Cuba y afirmó que Washington pretendía «asfixiar la revolución cubana y cambiar el gobierno».
El discurso se trasladó directamente a la crisis energética.
En mayo, Koronelli calificó las sanciones estadounidenses de «bloqueo totalmente injusto» y «bloqueo criminal» y describió el arribo a Cuba del petrolero ruso Anatoly Kolodkin como una ruptura de la «cerca energética» impuesta por Estados Unidos.
Ese mismo mes, el canciller Serguéi Lavrov reafirmó ante su homólogo, Bruno Rodríguez Parrilla, la disposición rusa a brindar respaldo político, diplomático y material a La Habana frente a la presión estadounidense.
En ese contexto, resulta llamativo otro aspecto de las declaraciones de Yushkov: cuando explicó por qué Cuba sufre apagones constantes, no mencionó el embargo ni las sanciones estadounidenses.
«El sistema energético cubano está muy deteriorado, razón por la cual en la isla se producen cortes de electricidad con regularidad. Al mismo tiempo, el consumo continúa creciendo, mientras no se lleva a cabo una modernización a gran escala y prácticamente no se incorporan nuevas capacidades de generación», afirmó.
Su diagnóstico pone el foco en problemas estructurales: deterioro de las instalaciones, falta de modernización, crecimiento del consumo y ausencia de suficiente nueva capacidad generadora.
Esto no significa que Yushkov haya descartado las sanciones estadounidenses como un factor que afecte al sector energético cubano. Simplemente, no las incluyó entre las causas que enumeró para explicar los apagones, una omisión significativa frente al discurso habitual de las autoridades rusas y cubanas.
La diferencia resulta aún más relevante porque el especialista analizaba precisamente qué tendría que hacer Rusia para solucionar el problema.
El cambio de perspectiva es notable.
Mientras la diplomacia rusa ha presentado durante meses su apoyo a Cuba como una respuesta a la presión estadounidense, Yushkov aborda la relación desde una lógica mucho más pragmática: cuánto costaría rescatar el sistema eléctrico cubano, quién pagaría la inversión y qué ocurriría con ese dinero si cambia la orientación política de La Habana.
«Cuba es un actor insolvente. Que encuentren primero con qué pagarnos. Entonces podremos hablar del tema», afirmó el experto.
Su razonamiento introduce así dos riesgos diferentes para Moscú.
El primero es financiero: Cuba carece actualmente de recursos suficientes para afrontar proyectos energéticos de gran envergadura.
El segundo es político y potencialmente más trascendente: una inversión rusa realizada hoy tendría que sobrevivir a los posibles cambios que se produzcan mañana en La Habana.
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