Transición a la española sí, pero de verdad. Irreversible

La transición española es un modelo de cambio real, con apertura política y legalización de partidos. En Cuba, los cambios son cosméticos y reversibles, sin ceder el poder ni garantizar derechos. La verdadera transición requiere un cambio irreversible en el sistema político, similar al proceso español de 1976.



La transición debe ser irreversible © CiberCuba ChatGPT
La transición debe ser irreversible Foto © CiberCuba ChatGPT

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Hace un tiempo escribí un artículo sobre la Transición española: defendía que sería un ejemplo a seguir para Cuba. Aún sigo pensando que deberíamos mirar lo que ocurrió en España en ese momento clave de su historia.

A partir de ahí me han comentado en múltiples ocasiones que precisamente porque defendí aquella transición, ahora tengo que aceptar que en Cuba haya "perdón y no venganza". Como si haber elogiado el modelo español me obligara a tragarme cualquier cosa que aquí se disfrace con ese nombre. Conviene, entonces, decirlo claro y por escrito.

Mientras el gobierno franquista de España usó su legalidad para abrir la jaula, la dictadura cubana usó la suya para soldar los barrotes.

Yo, y creo que muchos exiliados y cubanos que vivimos fuera de la isla, estoy (estamos) dispuestos a una transición a la española. No le tenemos miedo al diálogo ni a la reconciliación. Lo que no aceptamos es que se nos venda gato por liebre.

Porque una transición a la española de verdad no es lo que la dictadura está ofreciendo, y conviene explicar por qué.

Lo que fue realmente la Transición española

Recordemos cómo ocurrió, porque "transición" se usa demasiado a la ligera. En España no hubo primero una transición y después unas leyes: las leyes fueron la transición.

Tras la muerte de Franco en 1975, fue el propio aparato del régimen el que aprobó, en 1976, la Ley para la Reforma Política.

Las Cortes franquistas —no elegidas, compuestas por hombres del régimen— votaron un texto que desmontaba el sistema del que ellos mismos formaban parte. De ahí la frase que resume aquel proceso: el franquismo se superó "de la ley a la ley".

Y después vino lo esencial:

  • La legalización de los partidos políticos, incluido el Partido Comunista, el enemigo histórico del régimen.
  • Elecciones libres y competitivas en 1977.
  • Una Constitución en 1978.

El poder que había mandado durante cuarenta años cedió el control. Se sometió al voto. Aceptó que podía perder.

Eso es una transición. No un cambio de nombres en la cúpula. No una apertura económica con los mismos de siempre al mando. Una cesión real, jurídica e irreversible, del poder político.

Lo que Cuba ofrece no es eso

En Cuba no ha ocurrido nada parecido, y no por casualidad. Lo que hemos visto son relevos dentro de la misma dictadura. Fidel entregó el poder a Raúl. Raúl entregó la presidencia a Díaz-Canel pero conservó el Partido. Después entregó el Partido. Cambiaron los nombres; no cambió quién manda ni cómo se manda.

Y cuando el régimen ha tocado las leyes, lo ha hecho en dirección contraria a la española. La Constitución de 2019 no abrió el sistema: lo blindó. Declaró el carácter socialista "irrevocable" y consagró al Partido Comunista como fuerza única y dirigente. Mientras el gobierno franquista de España usó su legalidad para abrir la jaula, la dictadura cubana usó la suya para soldar los barrotes.

Ahora se habla de reformas económicas, de mipymes, de banca privada, de inversión del exilio. Y se nos pide que veamos en eso el comienzo del cambio. Pero fijémonos en qué se mueve y qué no. Se abre la economía mientras el poder político permanece intacto, en manos del mismo complejo militar-empresarial de siempre.

Ese es precisamente el punto: mientras el poder siga concentrado en las mismas manos, cualquier apertura es un préstamo, no un derecho.

El modelo que se dibuja no es el español: es el chino o el vietnamita, donde el mercado se abre pero el partido único sigue reprimiendo, sin elecciones, sin prensa libre, sin oposición legal. La cúpula no sale del poder: se reconvierte en la dueña de la nueva economía, ahora blindada con capital extranjero interesado en que nada cambie políticamente.

Por qué el perdón exige el cambio primero

Aquí está el nudo del asunto, y quiero decirlo sin rodeos. Para que podamos perdonar, primero tenemos que recibir el cambio. Si no hay cambio, no hay perdón. Y eso no es venganza.

La distinción entre justicia y venganza es correcta, y precisamente por eso lo que pedimos es justicia. Venganza sería castigar por castigar. Justicia es exigir que quien tuvo el poder durante más de seis décadas reconozca el daño que hizo, deje de hacerlo, y garantice que no lo volverá a hacer. Eso tiene un nombre en cualquier proceso serio de reconciliación: verdad, reconocimiento y garantías de no repetición. No es rencor. Es la condición mínima para que un perdón signifique algo.

Un perdón otorgado a quien sigue haciendo exactamente lo mismo no reconcilia nada: blanquea. Perdonar a un régimen que sigue encarcelando, que sigue negando, que no ha reconocido ni una sola de sus culpas, sería perdonar en el vacío. Sería declarar cerrada una herida que el victimario mantiene abierta a propósito.

Por eso invierten la carga los que nos acusan de vengativos. Nos piden a nosotros, los golpeados, que perdonemos primero, como precio de entrada, cuando quien golpeó durante sesenta y siete años no ha movido un dedo. Pero el primer paso no le toca a la víctima. Le toca a quien tiene el poder y causó el daño. Así fue en España: el gesto de apertura vino de quien mandaba. El perdón vino después. Nunca al revés.

Lo que le pedimos al régimen es exactamente lo que hizo el franquismo en 1976: que reconozca que lo que construyó es negativo. Que admita que el sistema político cubano es malo, que no es democrático, que no da derechos a los cubanos. Y que sea el propio régimen —como fue el propio régimen español— el que cree las leyes para desmontarse: legalizar partidos, incluida la oposición y las plataformas del exilio; convocar elecciones libres y competitivas; liberar a los presos políticos; abrir la prensa; y borrar de la Constitución esa palabra tramposa, "irrevocable".

Los cambios cosméticos no son una transición

Y aquí está la razón por la que rechazo lo que hoy se ofrece. Los cambios cosméticos no son aceptables, y no lo son por un motivo concreto: no son indefinidos, son opcionales. Pueden ir hacia atrás cada vez que a ellos les dé la gana, como siempre han hecho.

El régimen cubano ha abierto y cerrado la mano tantas veces que ya conocemos el mecanismo. Despenaliza el dólar y luego lo persigue. Tolera un espacio de mercado y luego lo asfixia. Permite una válvula de escape y luego la cierra cuando la presión baja. Cada concesión es reversible porque ninguna está garantizada por una ley que ellos no controlen. Y ese es precisamente el punto: mientras el poder siga concentrado en las mismas manos, cualquier apertura es un préstamo, no un derecho. Y lo que se presta, se puede quitar.

Una transición de verdad se define por eso: por ser irreversible. Por poner el poder en un lugar donde el que hoy manda ya no pueda recuperarlo a voluntad.

Eso fue lo que hizo España cuando sometió al franquismo al voto y aceptó la alternancia. Lo que Cuba ofrece es lo contrario: cambios que dependen de la buena voluntad de los mismos que llevan sesenta y siete años demostrando que no la tienen, y que se reservan el derecho de retroceder cuando quieran.

Estamos dispuestos, pero de verdad

Que quede claro, no estamos cerrados al diálogo. No queremos sangre, no queremos revancha, no queremos una Cuba de vencedores y vencidos. Estamos dispuestos a la reconciliación y a la transición a la española. Deseamos una Cuba nueva donde todos participen, también los que hoy están del otro lado.

Se nos dirá que exigir el cambio primero es condenar la transición a no ocurrir nunca, porque esa cúpula jamás se arrepentirá por voluntad propia. Pero no pedimos arrepentimiento sentimental, ni lágrimas, ni confesiones de sobremesa. Solamente un gesto legal concreto, como la Ley para la Reforma Política de 1976: un acto jurídico que abra el sistema y sea imposible de deshacer. Si ese gesto no llega, el problema no es lo que pedimos: es la falta de voluntad de quienes prefieren seguir mandando antes que devolverle el país a los cubanos. Que no nos acusen de bloquear una transición que son ellos, y solo ellos, quienes se niegan a iniciar.

Lo demás —el maquillaje económico, la apertura reversible, el "miremos adelante" que salta olímpicamente el reconocimiento de la culpa— no es una transición. Es la vieja dictadura con vocabulario nuevo, más amable, más presentable ante los inversores. Y a eso, con todo el respeto y con toda la voluntad de diálogo del mundo, no podemos decirle que sí.

Porque perdonar sin cambio no es generosidad: es rendición. Y nosotros no pedimos venganza. Pedimos, simplemente, que el que nos golpeó durante sesenta y siete años reconozca por fin que lo que hizo estuvo mal, y que lo demuestre soltando el poder. Ese día habrá transición. Y ese día, con gusto, hablaremos de perdón.

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Luis Flores

CEO y cofundador de CiberCuba.com. Cuando tengo tiempo escribo artículos de opinión sobre la realidad cubana vista desde la perspectiva de un emigrante.






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