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A cincuenta años del inicio de la Transición española, ese proceso que convirtió una dictadura de casi cuatro décadas en una democracia estable, los cubanos deberíamos mirar con atención las lecciones que dejó aquel camino. No porque España sea un modelo perfecto, ni porque la historia se repita igual en todas partes, sino porque demuestra que sí es posible salir de un régimen autoritario sin caer en el caos ni en la violencia.
Los cubanos deberíamos aprender, antes que nada, que negociar no significa rendirse. En España, los reformistas del franquismo y la oposición democrática entendieron que ninguno podía borrar al otro por completo; así que se sentaron a construir un punto medio. Para Cuba, donde existe una fractura profunda entre exilio, oposición interna, militantes del sistema y sectores moderados, la enseñanza es clara: si no nos reconocemos mutuamente como parte inevitable del futuro, el cambio será mucho más doloroso.
También deberíamos entender que una transición solo se sostiene sobre acuerdos mínimos entre quienes piensan distinto. Los españoles pactaron incluso cuando se detestaban políticamente. Su objetivo no era convertir al otro, sino garantizar reglas que permitieran convivir. En Cuba, donde durante décadas se ha cultivado la lógica del enemigo, será imprescindible abandonar la idea de “todo o nada”.
La experiencia española enseña, además, que primero deben pactarse las reglas y luego las políticas. La Constitución de 1978 no resolvió todos los conflictos, pero estableció un marco de libertades, pluralismo y separación de poderes que permitió competir sin destruirse. Para Cuba, esto significa que el primer paso no será decidir qué modelo económico o social queremos, sino asegurar instituciones que no dependan de un caudillo ni de un partido único.
Otra lección incómoda es la relacionada con la amnistía. España liberó presos políticos, pero también permitió que muchos funcionarios del franquismo no fueran juzgados al principio. Fue el precio para evitar un choque que podía llevar al país al desastre. En Cuba, donde también existe un pasado lleno de heridas y abusos, habrá que decidir si buscamos castigo inmediato o estabilidad para construir un futuro democrático. Y quizá no se pueda lograr todo al mismo tiempo.
La Transición española también mostró que la lealtad de los militares es vital. Sin unas Fuerzas Armadas profesionalizadas, con garantías claras y un papel bien definido en la democracia, cualquier proceso de cambio puede descarrilar. En Cuba, donde las FAR y el MININT son estructuras cruciales, habrá que integrarlas, no arrinconarlas.
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Y una enseñanza esencial: la libertad de expresión es el oxígeno de cualquier transición. España pudo debatir, criticar y disentir en prensa, en televisión, en tertulias y en las calles. Sin voces plurales no hay democracia posible. Para Cuba, esto implica desmonopolizar los medios, permitir una prensa independiente y defender el derecho al debate libre, incluso cuando duela.
Por último, la experiencia española prueba que la economía no puede esperar al final. Mientras pactaban la democracia, los españoles también aplicaron reformas económicas profundas que modernizaron el país y atrajeron inversión. Cuba, cuando llegue su momento, necesitará abrir su economía, liberar la iniciativa privada, incluir a la diáspora como motor de crecimiento y desmontar lentamente el monopolio estatal.
A 50 años de la Transición española, los cubanos deberíamos asumir que un país nuevo no se construye borrando al contrario, sino aprendiendo a convivir con él. Que la libertad no llega sola: hay que pactarla, protegerla y sostenerla. Y que, aunque el camino sea largo, la historia demuestra que es posible.
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