
La construcción de las mitologías nacionales suele exigir una drástica simplificación de las culpas del pasado. En el relato escolar contemporáneo, la memoria histórica de Cuba ha sido edulcorada bajo una narrativa de victimismo colonial: una metrópoli española cruel e inflexible que impuso verticalmente el horror de la servidumbre humana sobre una población criolla indefensa.
El escrutinio de los archivos del siglo XIX desmonta ese cómodo mito. La defensa, preservación y reforma del sistema de plantación no fue un dictado exclusivo de Madrid, sino el proyecto político y económico más lúcido —y más feroz— de la propia élite terrateniente cubana, la llamada sacarocracia.
Cuando el liberalismo peninsular amenazó la propiedad sobre el cuerpo humano, el patriciado blanco de la isla no dudó en anteponer sus ingenios a cualquier reforma metropolitana, e incluso llegó a conspirar para separarse de España y unirse a los estados esclavistas del sur de Estados Unidos antes que aceptar una emancipación decretada desde fuera.
El cisma de Cádiz: el liberalismo peninsular contra la propiedad criolla
El primer gran choque ocurrió en las Cortes de Cádiz. La creencia popular sitúa el impulso abolicionista en las colonias descontentas; la realidad parlamentaria muestra el mapa contrario. El 26 de marzo de 1811, el diputado novohispano José Miguel Guridi y Alcocer presentó una moción para frenar la trata y avanzar hacia la libertad de vientres. Días después, el diputado asturiano Agustín de Argüelles —figura central del liberalismo peninsular— reclamó la abolición del comercio transatlántico de esclavos, argumentando que era una contradicción insostenible fundar una nación de ciudadanos libres mientras el imperio seguía secuestrando vidas en las costas de África.
La respuesta de los diputados cubanos, Andrés de Jáuregui, por La Habana, y Juan Bernardo O'Gavan, por Santiago de Cuba, no fue de silenciosa vergüenza sino de combate frontal. Exigieron que el asunto se tratara bajo reserva, fuera de las actas públicas del Diario de Sesiones, para no alarmar a los hacendados ni dar argumentos a una eventual sublevación. La propia Constitución de 1812, pese a su retórica de ciudadanía universal, terminó por sellar el compromiso: su artículo 22 reservaba la plena ciudadanía española a los "originarios" de ambos hemisferios, dejando a la población de origen africano —libre o esclava— fuera del cuerpo político salvo mediante una dispensa expresa de las Cortes. El liberalismo gaditano, en la práctica, negoció con el poder esclavista cubano antes que enfrentarlo.
Arango y Parreño: el ingeniero económico de la esclavitud ilustrada
La pieza teórica más influyente de esta resistencia fue la Representación de la Ciudad de La Habana a las Cortes, redactada en 1811 por Francisco de Arango y Parreño, el economista más brillante de su generación y arquitecto intelectual del auge azucarero cubano. Arango no escribía como súbdito sumiso, sino como un criollo que defendía la supervivencia financiera de su clase con argumentos de Estado.
Dos décadas antes, en su Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla (1792), Arango había defendido la libertad absoluta del comercio de esclavos —lograda ese mismo año— como condición indispensable para que Cuba ocupara el vacío dejado por el colapso de Saint-Domingue tras la revolución haitiana. Su cálculo era explícitamente oportunista: la destrucción de la mayor colonia azucarera del mundo abría, a su juicio, "un momento único" para que la isla capturase el mercado internacional del azúcar, y eso exigía más brazos esclavizados, no menos.
Con el paso de los años, sin embargo, ante el fin legal de la trata y la creciente presión británica sobre España para suprimirla, Arango giró hacia una posición de transición controlada. En sus escritos posteriores propuso imitar el modelo de las plantaciones del sur de Estados Unidos e instaurar "criaderos" de esclavos —es decir, la reproducción interna de la mano de obra bajo control de los amos— como sustituto de las importaciones africanas, al tiempo que impulsaba el llamado blanqueamiento: sustituir progresivamente a la población esclava por trabajadores libres europeos, canarios o peninsulares, para frenar el crecimiento demográfico de la población negra y sostener el dominio político de la minoría blanca. No era, en Arango, un despertar filantrópico; era ingeniería demográfica al servicio de la estabilidad social del ingenio.
Saco: el nacionalismo racial y la aritmética del miedo
En la generación siguiente, el dilema esclavista se entrelazó con la formación de una identidad cubana propia. José Antonio Saco ofreció la disección más sistemática del problema en su Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba (1831), donde sostuvo que la esclavitud no solo era un riesgo demográfico, sino una carcoma moral: al asociar el trabajo manual con la condición del esclavo, degradaba la ética laboral incluso entre los blancos pobres y fomentaba el ocio generalizado. Es la misma disciplina de investigación empírica y contraste de fuentes —visible en su monumental Historia de la esclavitud de la raza africana en el Nuevo Mundo, donde corrige minuciosamente a cronistas anteriores a partir de archivos primarios— la que aplicó al diagnóstico social de su propia isla.
El nacionalismo de Saco tenía, sin embargo, fronteras raciales muy estrechas. Concebía el futuro de Cuba exclusivamente en términos de "brazos blancos" y combatió con la misma energía la trata africana y la introducción de trabajadores contratados chinos, por temor a que la heterogeneidad étnica disolviera la cohesión de una nación que él imaginaba homogéneamente hispánica. Y cuando el liberalismo peninsular o la diplomacia británica presionaron por una emancipación repentina, la élite cubana blandió su arma geopolítica más audaz: la amenaza de anexarse a Estados Unidos.
Saco, no obstante, se convirtió en el crítico más agudo de esa opción: en Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos (1848) argumentó que la anexión disolvería la lengua, la religión y la identidad cubanas bajo la marea anglosajona, y que ni siquiera garantizaba, a largo plazo, la protección de los intereses esclavistas criollos. Su rechazo no nacía de un rechazo moral a la esclavitud como tal, sino de un cálculo distinto sobre cómo preservar mejor a "su" Cuba.
Betancourt Cisneros y la conspiración de Narciso López
Gaspar Betancourt Cisneros, "El Lugareño", representó la posición contraria dentro del mismo campo reformista. Vinculado al periódico anexionista La Verdad, publicado en Nueva York desde 1848 —donde llegó a coincidir brevemente con el propio Saco antes de que este rompiera con el movimiento—, Betancourt Cisneros fustigaba la falta de patriotismo de los hacendados que "no tenían más patria que sus intereses", pero su remedio era igual de excluyente: propugnaba desterrar a la población negra de la isla y sustituirla por inmigración masiva europea, edificando una identidad purificada que negaba de raíz el mestizaje ya presente en los barracones y en los campos.
Ese mismo círculo de intereses financió las expediciones militares de Narciso López entre 1849 y 1851, cuyo objetivo declarado era arrancar Cuba de España para incorporarla a la Unión americana. El cálculo de fondo no era abstracto: temían que Madrid, presionado por los tratados anglo-españoles de 1817 y 1835 contra la trata, terminara cediendo también en la abolición de la esclavitud misma, y veían en el Sur esclavista de Estados Unidos —y en financistas como el gobernador de Misisipi John A. Quitman o el ideólogo del "destino manifiesto" John L. O'Sullivan— la garantía definitiva de que sus dotaciones jamás serían liberadas por decreto. El fusilamiento a garrote de López en La Habana en septiembre de 1851, junto a varios de sus seguidores estadounidenses, no cerró el proyecto: la fantasía anexionista sobrevivió como recurso de la sacarocracia cada vez que el reformismo español amenazaba su patrimonio humano.
El testimonio de los viajeros extranjeros
Esta arquitectura social quedó registrada, sin la carga de los intereses locales, en las crónicas de observadores extranjeros. El diplomático británico Charles Augustus Murray y su compatriota Henry A. Murray, en "Lands of the Slave and the Free" (1855), desmontaron la idea de que la esclavitud española era "suave" o paternalista, documentando la brutalidad estructural del trabajo en los ingenios. La escritora sueca Fredrika Bremer, en sus cartas de 1851, resumió a Cuba como "a la vez el infierno y el paraíso de los negros" y describió cómo funcionarios de Cuba cobraban sobornos —entre treinta y cincuenta pesos por cabeza— para permitir el desembarco clandestino de africanos mucho después de que la trata fuera ilegal.
Detrás de todo esto latía un miedo compartido por reformistas, anexionistas y lealistas por igual: el eco de la revolución de Haití. El negro y el mulato no eran vistos como compatriotas oprimidos que merecían redención, sino como una amenaza existencial contra la civilización que la élite blanca creía estar construyendo.
El peso de las contradicciones humanas
Juzgar a Arango y Parreño, Saco o Betancourt Cisneros exclusivamente con la moral del siglo XXI entorpece la comprensión histórica. Ninguno de los tres operaba como filósofo abstracto: eran estrategas pragmáticos de la economía política y la supervivencia de su clase. Sus proyectos de transición gradual, sus planes de blanqueamiento y su resistencia a las reformas impuestas desde Madrid respondían a la necesidad de llevar a Cuba hacia la modernización productiva sin provocar el colapso de la riqueza insular —ni, sobre todo, sin ceder el control político a quienes ellos mismos habían esclavizado.
Sus ideas resultan hoy profundamente condenables. Pero reconocer que fue el propio patriciado criollo, y no únicamente la corona española, quien diseñó, defendió y prolongó el sistema esclavista, no es un ejercicio de relativismo: es simplemente historia mejor hecha. Entenderla así permite enseñarla sin buscar culpas exclusivamente allende los mares, y sin absolver tampoco a quienes, desde la propia isla, calcularon con frialdad cuánto valía en pesos y arrobas de azúcar la libertad de otro ser humano.
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