
Gustavo Petro llegó este viernes a Cuba en lo que constituye su último viaje oficial al extranjero antes de concluir su mandato presidencial el 7 de agosto, una visita que su canciller, Rosa Yolanda Villavicencio Mapy, justificó como un acto de solidaridad política con el régimen de La Habana en un momento de creciente aislamiento internacional.
En entrevista con el medio estatal ruso RT, Villavicencio describió el propósito del viaje con estas palabras: «Una visita oficial para mostrar nuestra solidaridad al pueblo cubano, nuestro agradecimiento y también manifestarle que en el marco de Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad nosotros seguiremos defendiendo la soberanía de los pueblos y su autonomía».
La canciller calificó el viaje de «necesario», en particular por las dificultades económicas que atraviesa la isla, y aseguró que con él el gobierno colombiano envía al mundo un mensaje de «coherencia» con los principios del derecho internacional y la resolución pacífica de conflictos.
La visita, que se extenderá hasta el 1 de agosto según confirmó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, fue convocada por el propio Miguel Díaz-Canel mediante invitación formal al mandatario colombiano.
El viaje surgió de un cambio de agenda de último momento: Petro tenía previsto desplazarse a Washington y Nueva York para participar en una conferencia de la ONU sobre gobernanza de recursos naturales, pero canceló ese itinerario al conocer que el presidente de la República Democrática del Congo no asistiría al evento.
En su cuenta de X, Petro explicó la decisión: «Lo reemplacé por un lugar que considero vital para la soberanía nacional y la lucha por la vida en el Caribe: la Cuba agredida».
El trasfondo político de la visita es inseparable del giro radical que Colombia dará en política exterior a partir del 7 de agosto, cuando el presidente electo Abelardo de la Espriella asuma el poder en Cali.
El lunes 28 de julio, De la Espriella anunció la ruptura total de relaciones diplomáticas con Cuba y Nicaragua —a las que calificó de «tiranías»— y el cierre de 14 embajadas colombianas en una primera etapa, entre ellas la de La Habana.
Esta sería la tercera ruptura diplomática entre Colombia y Cuba en la historia, y llega en un momento en que el gobierno entrante se ha alineado abiertamente con Washington: el vicepresidente electo José Manuel Restrepo se reunió el 15 de julio con el secretario de Estado Marco Rubio, en una misión denominada «La Patria Milagro».
Villavicencio rechazó esa decisión y calificó el posible cierre de la embajada en La Habana como «un mensaje definitivamente negativo», recordando que Cuba fue sede de los diálogos que condujeron al Acuerdo de Paz de 2016 con las FARC y que la isla participa en la formación de médicos colombianos.
El régimen cubano, por su parte, acusó a De la Espriella de actuar en «subordinación» a la política de Washington tras el anuncio de ruptura diplomática.
La visita de Petro cierra así cuatro años de afinidad política explícita con el gobierno cubano y contrasta con el giro que De la Espriella aplicará desde el 7 de agosto, cuando Colombia romperá relaciones con la dictadura por tercera vez en su historia.
«Como siempre, lo propusimos en todos los conflictos que en este tiempo han ocurrido durante el mandato del presidente Petro, siempre hemos ofrecido la posibilidad de ayudar a conformar países que mediaran, a invitar al diálogo y evitar el dolor y la destrucción que causa la guerra», concluyó Villavicencio.
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