En el centenario del nacimiento del dictador Fidel Castro, Granma ha decidido homenajearlo con un ejercicio de revisionismo histórico que dice más sobre las necesidades del régimen actual que sobre lo ocurrido el 5 de agosto de 1994.
Bajo el título 'El ejemplo capaz de ahuyentar los peores presagios', el diario oficial presenta al entonces gobernante como un líder que, gracias a su sola presencia y a una supuesta orden de "silenciar las armas", logró detener una turba violenta y evitar una masacre.
Es una historia conveniente. El problema es que no coincide con los hechos conocidos.
El Maleconazo no empezó con Fidel
La protesta comenzó horas antes de que Fidel Castro apareciera en la intersección de Galiano y San Lázaro.
Miles de personas habían salido espontáneamente al Malecón y al centro de La Habana después de años de apagones, hambre, escasez y una creciente desesperación alimentada por el Período Especial.
Las consignas de "¡Libertad!" y "¡Abajo Fidel!" no surgieron por inspiración extranjera ni como parte de una sofisticada operación psicológica. Surgieron porque miles de cubanos habían llegado al límite.
Para cuando Fidel llegó al lugar, la Policía Nacional Revolucionaria, efectivos del ministerio del Interior (MININT) y las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida —entre ellas integrantes del contingente Blas Roca y otros grupos movilizados por el Partido Comunista— ya habían actuado para dispersar la manifestación mediante golpes, detenciones y el uso de la fuerza.
Presentar la aparición de Fidel como el momento decisivo que "calmó" la situación omite precisamente el elemento fundamental: la protesta ya estaba siendo sofocada.
¿"Guerra cognitiva" en 1994?
Quizá el aspecto más llamativo del artículo sea atribuir los sucesos a la "brutalidad emergida de la guerra cognitiva".
La expresión resulta casi cómica aplicada a 1994.
En aquella Cuba no existían Facebook, X, YouTube, WhatsApp, Telegram ni teléfonos inteligentes. El acceso a Internet era prácticamente inexistente para la población. La inmensa mayoría de los cubanos solo recibía la información controlada por el propio Estado.
Hablar de "guerra cognitiva" para explicar el Maleconazo equivale a atribuir a las redes sociales una protesta ocurrida cuando la isla apenas tenía conexiones digitales. Es un concepto importado del discurso político contemporáneo para reinterpretar retrospectivamente un hecho que tuvo causas mucho más terrenales: hambre, apagones, inflación, desesperanza y falta de libertades.
Los "elementos antisociales"
Granma vuelve a recurrir a uno de los recursos clásicos del lenguaje oficial: deshumanizar a los manifestantes.
Los llama "elementos antisociales".
Sin embargo, abundan los testimonios, fotografías y videos de la época que muestran una realidad distinta: obreros, jóvenes, jubilados, amas de casa y ciudadanos comunes que expresaban públicamente un descontento acumulado durante años.
Reducir aquella explosión social a un puñado de delincuentes resulta difícil de sostener incluso tres décadas después.
La violencia que el artículo decide olvidar
El texto habla de un constructor del contingente Blas Roca herido y omite cualquier referencia a la violencia ejercida por las fuerzas estatales.
No menciona las detenciones masivas. No menciona las golpizas denunciadas por numerosos testigos. No menciona los juicios sumarios que siguieron.
No menciona que pocos días después el propio régimen abrió las salidas por mar, dando paso a la crisis de los balseros, una decisión difícil de explicar si todo se hubiera reducido a un pequeño grupo de "antisociales" manipulados desde el exterior.
Si el problema eran únicamente unos provocadores, ¿por qué decenas de miles de cubanos aprovecharon la oportunidad para abandonar el país?
El espejo del presente
Lo más interesante del artículo quizá no sea lo que dice sobre 1994, sino lo que revela sobre 2026.
Granma insiste en presentar el descontento popular como producto exclusivo de una conspiración externa. Es exactamente el mismo argumento utilizado tras las protestas del 11 de julio de 2021.
Sin embargo, entre el Maleconazo y el 11J existe un hilo conductor evidente: crisis económica, escasez, deterioro de los servicios, apagones y frustración social.
Las circunstancias cambian; el malestar persiste.
Fidel y la "orden de no disparar"
El artículo construye una imagen de Fidel Castro como el líder que impidió un baño de sangre al ordenar a sus escoltas bajar las armas.
Incluso aceptando esa versión, surge inevitablemente una comparación incómoda con el comportamiento del actual gobernante cubano durante las protestas del 11J.
Mientras Granma exalta la supuesta serenidad de Fidel en 1994, el 11 de julio de 2021 Miguel Díaz-Canel apareció en la televisión nacional para lanzar su ya célebre convocatoria: "La orden de combate está dada", llamando a los partidarios del gobierno a enfrentar violentamente a los manifestantes.
Aquella declaración fue seguida por una amplia movilización de fuerzas policiales, militares y grupos afines al gobierno, así como por cientos de detenciones y posteriores condenas a largas penas de prisión.
La comparación no deja bien parado al gobernante designado por Raúl Castro.
Si el propio Granma sostiene que la "grandeza" de Fidel consistió en evitar el uso de la fuerza letal y apostar por la contención, ¿está sugiriendo implícitamente que Díaz-Canel actuó con menos autoridad, menos control político o menos capacidad para gestionar una crisis?
Es una lectura difícil de evitar.
Una historia que no necesita adornos
El Maleconazo fue la mayor protesta contra el gobierno cubano desde 1959 hasta el 11J.
No fue una operación de laboratorio ni una batalla de algoritmos inexistentes. Fue la expresión pública de una crisis económica y social que el propio Estado reconocía entonces como la peor desde el triunfo de la llamada "revolución".
Treinta y dos años después, la insistencia de la prensa oficial en reinterpretar aquellos hechos con conceptos contemporáneos y héroes providenciales parece responder menos al interés por explicar la historia que a la necesidad de controlar su memoria.
Porque cuando un régimen necesita reescribir constantemente el pasado, suele ser porque el presente ya no le alcanza para convencer.
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