Fidel Castro: una vida de mentiras, traiciones, crímenes y destrucción

Fidel Castro, en una imagen publicada por Cubadebate. © Cubadebate.
Fidel Castro, en una imagen publicada por Cubadebate. Foto © Cubadebate.

Fidel Castro no fue el líder que sus cada vez más escasos defensores pretenden sostener. Fue un estafador de larga data, un hombre cuya historia se construyó sobre el engaño sistemático, la traición calculada y una sed de poder que no conoció límites ni escrúpulos. 

Desde la adolescencia hasta la vejez, su trayectoria revela no al héroe de la propaganda oficial, sino a un manipulador que cobró siempre excesivamente caro —desde un simple bofetón hasta la crítica más inocente— y que terminó destruyendo el país que juró redimir. 

El proyecto que vendió como redención de la patria se reveló pronto como una de las mayores estafas políticas del siglo XX: prometió soberanía, prosperidad, justicia e igualdad; entregó miseria, represión, emigración masiva y una dictadura que solo sobrevive por su efectiva y criminal maquinaria represiva y prostituyendo los “principios” que durante años dijeron defender.

Los indicios de su verdadero carácter se manifestaron muy temprano. A los once años amenazó con incendiar la casa familiar si no lo regresaban al colegio de La Salle. A los catorce escribió a Franklin D. Roosevelt ofreciéndole las minas de hierro “más grandes del país” y pidiendo un billete de diez dólares; en esa carta ya mentía sobre su edad, afirmando tener doce. No era un niño soñador, era alguien que aprendió pronto que los demás podían doblegarse a su conveniencia. 

Para los veinte años ya se movía en el mundo gansteril de la Universidad de La Habana. Se vinculó a la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), rival del Movimiento Socialista Revolucionario (MSR). Fuentes creíbles lo involucran en el asesinato de Manolo Castro y en el atentado contra Leonel Gómez, ambos del MSR. La violencia nunca le fue ajena; la usó siempre como herramienta para conseguir sus ambiciosos objetivos y para tomar venganza contra sus oponentes.

Esa sed de vengarse y y la necesidad de aterrorizar a los demás se repite a lo largo de su vida. Se cuenta que durante la fallida expedición de Cayo Confites, dirigida contra Trujillo, Eufemio Fernández le propinó “un buen galletazo”. El 20 de abril de 1961 Fernández fue fusilado. Juan Manuel Capote Fiallo, jefe del Presidio Modelo de Isla de Pinos, que había tratado con relativa indulgencia a los asaltantes del Moncada, también terminó fusilado. Igual destino se atribuye al delincuente común apodado “Cebolla”, hostil con los “moncadistas”. Castro no olvidaba, no perdonaba. Convertía cualquier afrenta, por mínima que fuera, en deuda de sangre.

Su trayectoria política es un monumento a la impostura. En 1947 se afilió al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) de Eduardo Chibás, un movimiento nacionalista, populista y marcadamente anticomunista. Años después, en 1961, se declaró marxista-leninista. En 1995, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, afirmó que fue allí donde se convirtió a la ideología comunista. Entonces, ¿por qué nunca se afilió al Partido Socialista Popular (PSP), dirigido por Blas Roca, legal en aquellos años? La respuesta es simple: porque siempre fue un estafador. 

Usó a los Ortodoxos como plataforma, se apropió de su capital moral, usó a muchos y, una vez en el poder, traicionó cada una de las promesas que le habían permitido llegar. No se trataba de una evolución ideológica sincera, sino de un cálculo de poder. Castro no fue fiel nunca a una doctrina; sometió las doctrinas a su ambición de mando absoluto.

El resultado de ese proyecto puede resumirse en una contradicción brutal entre lo prometido y lo entregado. Prometió soberanía nacional y terminó entregando el país a la dependencia soviética. Prometió prosperidad y produjo escasez crónica. Prometió justicia social y construyó una sociedad dividida entre los que tienen acceso a divisas y los que sobreviven con salarios de miseria. Prometió un “hombre nuevo” y generó un ciudadano manipulable y amoral.

En lo económico, el desastre fue sistemático. Castro eliminó casi por completo la iniciativa privada, colectivizó la agricultura, estatizó empresas, comercios y servicios, y llevó esa lógica hasta el extremo con la Ofensiva Revolucionaria de 1968. El resultado fue racionamiento, baja productividad y dependencia externa. 

La Zafra de los Diez Millones simbolizó su voluntarismo suicida: movilizó al país entero, desorganizó otros sectores productivos y ni siquiera alcanzó la meta que él mismo había proclamado con fanfarria. Cuba pasó del área de influencia de Estados Unidos a depender casi completamente de la Unión Soviética. Cuando desapareció el subsidio soviético, su modelo mostró su completa fragilidad. 

La paradoja posterior es demoledora y revela la bancarrota moral de su proyecto. El mismo régimen que durante décadas denunció al capitalismo como perverso explotador de la clase obrera, terminó buscando desesperadamente inversión extranjera, promoviendo el turismo occidental, autorizando (a regañadientes) pequeños negocios privados, enviando deportistas a ligas profesionales y vendiendo servicios médicos en el extranjero para obtener divisas. Terminaron utilizando los mecanismos que habían condenado como intrínsecamente malos. El socialismo despótico solo pudo sobrevivir prostituyéndose con el mercado que juró destruir.

En lo político, el fracaso fue igual de profundo y sangriento. Castro prometió restaurar la Constitución de 1940, celebrar elecciones libres y devolver las libertades eliminadas por Batista. En su lugar, destruyó el pluralismo, prohibió los partidos independientes, subordinó la prensa, anuló cualquier posibilidad de elección genuina y construyó un sistema de partido único donde el poder se concentró en su persona y, después, en su familia. Miles de cubanos fueron encarcelados por razones políticas, muchos fueron fusilados. Cientos de miles enfrentaron largas condenas en sus infernales prisiones y en campos de trabajo forzado. Generalizó los actos de repudio, la vigilancia constante y la persecución. 

Millones terminaron abandonando el país y otros muchos continúan yéndose a otras tierras en busca de libertad y oportunidades. Su “revolución” no liberó a Cuba como afirman sus herederos y fanáticos, la convirtió en su feudo y en una enorme cárcel a cielo abierto.

Tampoco cumplió la promesa de una sociedad reconciliada e igualitaria. Cuba terminó profundamente dividida, entre gobernantes y gobernados, entre quienes tienen acceso a hoteles, tiendas en divisas y privilegios, y quienes apenas consiguen alimentos básicos; entre los que pueden viajar y los que viven atrapados. La igualdad se convirtió en igualdad en la miseria para la mayoría, y en privilegios para una casta.

El balance histórico es contundente: Fidel Castro esclavizó a todo un pueblo y destruyó a una próspera nación. Construyó un sistema que proclamaba haber superado al capitalismo y que, décadas después, necesita de la iniciativa privada, del mercado, las remesas, el turismo y la inversión extranjera para no colapsar del todo. 

Ese es el símbolo definitivo del fracaso del proyecto de un hombre que se vendió como redentor y terminó como el arquitecto de la ruina de toda la nación. No fue un error de cálculo, fue el resultado lógico de las ambiciones desmedidas de un personaje siniestro que admiraba a Hitler, a Stalin y Mao Zedong. Que copió su frase más famosa al nacional-socialista alemán y que gesticulaba como Mussolini. 

Desde la carta al presidente Roosevelt hasta la declaración tardía de marxista-leninista, desde los ajustes de cuentas y las venganzas políticas hasta la destrucción sistemática de la economía y las libertades básicas, Fidel Castro fue coherente consigo mismo: un criminal estafador que dejó a su paso un país destrozado, mucho sufrimiento, una sociedad muy dañada y una mentira histórica que sus herederos aún intentan sostener con propaganda y represión. 

A Fidel Castro, como a Hitler, la historia no lo absuelve. Al contrario, lo condena a prisión perpetua en su eterno basurero.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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