Llevo varios días viendo el debate sobre esas farmacias privadas que están apareciendo en Cuba, con medicamentos que casi NUNCA se encuentran en las farmacias del Estado. Y mientras unos se escandalizan porque sean privadas y otros responden que "por lo menos ahí aparecen", yo creo que estamos dejando fuera una discusión mucho más importante.
Si el Estado cubano no es capaz de garantizar todos los medicamentos que necesita la población y ha decidido permitir que existan farmacias privadas, perfecto. Entonces hagámoslo bien. Porque quizás el problema no sea que existan, sino cómo se integran dentro del sistema sanitario y qué beneficio real terminan teniendo para el enfermo.
Yo vivo en España. Aquí las farmacias son establecimientos privados y eso no impide que exista un sistema público que financie una parte importante de los medicamentos prescritos. Dependiendo del medicamento y de las circunstancias del paciente, este paga una parte, una cantidad reducida o puede no pagar nada directamente.
Y lo digo desde una experiencia muy cercana: mi hijo recibe un tratamiento biológico cuyo coste es de miles de euros cada año, y nosotros no pagamos un solo céntimo por ese tratamiento.
Por eso no me convence el argumento de que "los medicamentos son caros en todas partes". Claro que lo son. Algunos cuestan muchísimo dinero. Pero estamos confundiendo dos cosas completamente diferentes: una cosa es cuánto cuesta realmente un medicamento y otra cuánto termina pagando el enfermo de su bolsillo.
Entonces me pregunto: si Cuba ya está permitiendo estas farmacias privadas, ¿por qué no aprovecharlas también como parte de la solución?
El Estado podría establecer qué medicamentos esenciales están financiados, asumir una parte de su coste y crear mecanismos de protección mayores para pensionistas, enfermos crónicos, personas vulnerables o tratamientos especialmente caros. No se trata de obligar al propietario privado a vender por debajo de lo que le cuesta. Eso sería condenar el negocio al fracaso. Se trata de que el Estado ayude a pagar la diferencia para que el medicamento pueda llegar al paciente.
Pero hay algo más que, como médico, me parece imprescindible apuntar: Una farmacia no es un supermercado.
No puede convertirse en un lugar donde uno entra y pide amoxicilina, cefalexina o cualquier otro medicamento como quien compra arroz, aceite o detergente. Hay medicamentos de venta libre, naturalmente, pero muchos otros necesitan prescripción, control y una dispensación responsable. Y con los antibióticos esto es especialmente importante, porque su utilización indiscriminada no solamente afecta al paciente que los consume: contribuye a un problema mundial tan serio como la resistencia antimicrobiana.
Por eso estas farmacias, sean estatales o privadas, tienen que estar sometidas a una verdadera regulación sanitaria: profesionales cualificados, condiciones correctas de almacenamiento, control de caducidades, procedencia y trazabilidad de los medicamentos, cumplimiento de la prescripción cuando corresponda y responsabilidad en la dispensación.
Privado no puede significar descontrolado. Y público tampoco debería significar desabastecido.
Quizás ahí esté precisamente una de las posibilidades que Cuba debería explorar: iniciativa privada que contribuya a garantizar la disponibilidad, un Estado que regule para garantizar la seguridad y financiación pública que ayude a garantizar el acceso.
No hace falta copiar exactamente a España ni a ningún otro país. Cada sistema tiene sus particularidades. Pero después de tantas décadas hablando de una medicina «por y para el pueblo», no debería resultar revolucionario entender algo tan elemental: al enfermo no le importa demasiado quién es el dueño de la farmacia. Le importa encontrar su medicamento, que sea seguro y poder pagarlo.
Porque una farmacia estatal con los estantes vacíos no resuelve nada, y una farmacia privada llena de medicamentos que un jubilado o un trabajador cubano solamente puede mirar detrás del mostrador o tener que elegir entre comer o medicarse, tampoco resuelve el problema...
Entre esos dos extremos existe un enorme espacio para hacer las cosas mejor.
Al final, el verdadero éxito de un sistema sanitario no consiste en poder enseñar una farmacia llena. Consiste en que el medicamento correcto, con el debido control sanitario y a un precio que pueda asumir, llegue a las manos del paciente que lo necesita.
Eso sí sería poner la salud del pueblo por encima del discurso.
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