La sociedad cubana bajo el nuevo régimen

Cola para comprar pollo en la Habana Vieja. Imagen tomada en 2019 © CiberCuba
Cola para comprar pollo en la Habana Vieja. Imagen tomada en 2019 Foto © CiberCuba

La 'revolución' de 1959 no se limitó a cambiar un gobierno. Transformó progresivamente la estructura de la sociedad cubana, sus instituciones, su educación, su cultura, sus relaciones familiares y, sobre todo, la relación entre el ciudadano y el Estado.

La promesa inicial de justicia social, soberanía y democracia terminó dando paso a un sistema de poder único que fue ocupando espacios que antes pertenecían a la sociedad. La política penetró la escuela, la universidad, los medios de comunicación, los sindicatos, las organizaciones profesionales, la cultura y, finalmente, la vida cotidiana. La transformación fue profunda. Y también dolorosa.

Educación: enseñar y adoctrinar

Uno de los grandes triunfos proclamados por el régimen fue la expansión de la educación. La campaña de alfabetización de 1961 movilizó a miles de jóvenes y llevó la enseñanza a zonas rurales donde existían carencias históricas. Pero había una pregunta fundamental: ¿educar para qué?

La educación dejó progresivamente de ser solamente un instrumento para formar ciudadanos y se convirtió también en un mecanismo de formación ideológica. El estudiante debía aprender matemáticas, ciencias e historia, pero también la interpretación oficial del pasado, los héroes autorizados, los enemigos de la Revolución y la posición que debía asumir frente al poder.

La escuela comenzó a producir un ciudadano políticamente definido de antemano. El objetivo no era solamente enseñar: era formar al llamado “hombre nuevo”.

Cuando un Estado decide qué debe pensar el ciudadano, la educación deja de ser plenamente libre.

La salud: derecho social y vitrina política

La salud pública experimentó una importante expansión de la cobertura estatal y llegó a sectores anteriormente desatendidos. Sin embargo, el sistema sanitario terminó convertido también en uno de los principales argumentos de legitimación del régimen.

Cada indicador favorable era presentado como prueba de la superioridad del modelo socialista; las deficiencias eran atribuidas fundamentalmente al embargo estadounidense, las dificultades económicas o la agresión externa.

Mientras tanto, crecieron las dificultades cotidianas: hospitales deteriorados, falta de medicamentos, carencias materiales y médicos sometidos a las decisiones de un Estado que determina dónde trabajan, cuánto reciben y bajo qué condiciones ejercen.

La salud universal puede ser un logro social. Pero cuando se utiliza para justificar la ausencia de libertades, deja de ser únicamente un derecho y se convierte también en instrumento político.

Cultura: cuando crear exige pedir permiso

La cultura sufrió una transformación todavía más profunda. Desde los primeros años quedó claro que el nuevo poder no estaba dispuesto a tolerar una creación cultural independiente de sus objetivos políticos. La frase pronunciada por Fidel Castro en 1961, “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, terminó definiendo los límites de la creación.

El escritor, el músico, el pintor, el profesor universitario y el periodista comenzaron a enfrentarse a una pregunta que no pertenece al mundo del arte: ¿Está usted con la Revolución? La respuesta podía determinar empleos, publicaciones, exposiciones, carreras profesionales y hasta la libertad personal.

Hubo intelectuales marginados, artistas censurados y generaciones enteras obligadas a aprender la prudencia del silencio. La cultura dejó de ser solamente creación y pasó a estar sometida también a vigilancia.

De esa realidad nació una conducta social que terminaría siendo característica: decir públicamente una cosa y pensar privadamente otra. La llamada doble moral no fue una deformación del carácter nacional; fue, en buena medida, una estrategia de adaptación frente a un sistema donde determinadas opiniones podían tener consecuencias.

Una sociedad organizada desde arriba

El control político alcanzó prácticamente todos los espacios de la vida nacional. Los sindicatos fueron incorporados al sistema estatal; las organizaciones estudiantiles quedaron vinculadas al aparato revolucionario; los Comités de Defensa de la Revolución penetraron en los barrios; la Federación de Mujeres Cubanas organizó a las mujeres bajo la dirección oficial; la Unión de Jóvenes Comunistas asumió la formación política de las nuevas generaciones.

La sociedad civil independiente fue desapareciendo. Y cuando desaparece la sociedad civil independiente, el Estado deja de encontrar límites sociales. La Constitución de 1976 formalizó la posición superior del Partido Comunista dentro del sistema político. El ciudadano podía votar, participar y expresar opiniones, pero no podía organizar libremente una alternativa política al poder establecido.

Era una sociedad movilizada, sí. Pero movilizada desde arriba. La Revolución había prometido liberar al hombre de viejas estructuras de poder y terminó construyendo una nueva estructura que penetró prácticamente todos los espacios de la existencia nacional.

La familia rota por el exilio

La transformación política también llegó al ámbito más íntimo: la familia. Miles de familias fueron divididas por el exilio. Padres que se quedaron. Hijos que partieron. Hermanos separados durante décadas. Abuelos que conocieron a sus nietos por fotografías. La emigración dejó de ser un fenómeno excepcional para convertirse en una característica estructural de la sociedad cubana.

Camarioca, el Mariel, los balseros de 1994 y las posteriores oleadas migratorias forman parte de una historia que continúa hasta nuestros días.

Durante el éxodo del Mariel, más de 125.000 cubanos abandonaron la isla. Pero detrás de las cifras había una tragedia humana. No emigraban solamente individuos. Se fragmentaba una nación. Cada avión que despegaba, cada barco que partía y cada balsa improvisada expresaban una realidad que la propaganda no podía borrar: había cubanos que preferían abandonar su país antes que continuar viviendo bajo aquel sistema.

La emigración fue, por tanto, mucho más que un fenómeno económico. Fue también una consecuencia social y política.

El ciudadano frente al Estado

Antes de 1959, con todos los defectos y contradicciones de la República, existía una sociedad plural: partidos políticos diversos, prensa privada, asociaciones independientes, instituciones religiosas, sindicatos con diferentes orientaciones, universidades con espacios propios y discusión pública.

Después de 1959 la tendencia fue inversa:

Un partido.
Una ideología.
Una prensa oficial.
Una organización política dominante.
Una interpretación oficial de la historia.
Una cultura vigilada.
Una sociedad organizada desde el Estado.

La 'revolución' no solamente cambió las instituciones. Cambió los incentivos para vivir. Aprendió a premiar la obediencia y a castigar la discrepancia. Y creó una sociedad donde muchas personas descubrieron que sobrevivir podía exigir algo más que trabajar: podía exigir callar.

El precio humano

Aquí aparece una de las tragedias más profundas. Una revolución que prometió crear un hombre nuevo terminó creando generaciones que aprendieron a desconfiar: del vecino, del compañero de trabajo, del funcionario, de la palabra pública y, finalmente, del propio sistema.

Durante décadas, millones de cubanos aprendieron a participar en actos, repetir consignas, marchar y demostrar públicamente adhesión. Pero la adhesión pública no siempre significaba convicción privada. De ahí nació una de las grandes fracturas morales del régimen: el ciudadano que aparenta creer para poder vivir.

Un sistema puede controlar una economía. Puede controlar los medios, las instituciones, la escuela y la cultura. Pero cuando necesita controlar incluso lo que el ciudadano dice para conservarse, revela una realidad fundamental: ha perdido la capacidad de convencer.

Una nación que comenzó a vaciarse

La emigración se convirtió en síntoma. El país comenzó a perder profesionales, empresarios, intelectuales, artistas, técnicos, jóvenes y familias enteras. Cada generación que emigraba dejaba detrás una pregunta incómoda: ¿Por qué un sistema que afirmaba haber construido el paraíso necesitaba tantas puertas de salida?

No toda emigración puede explicarse por razones políticas, pero sería igualmente equivocado negar el peso de las restricciones económicas, sociales y políticas en la decisión de abandonar Cuba.

Un sistema que elimina la pluralidad, restringe las libertades, controla la economía, condiciona la cultura y convierte la discrepancia en sospecha termina produciendo no solamente opositores. Produce emigrantes.

La tragedia instalada

La gran tragedia de la 'revolución' no fue únicamente la desaparición de determinadas instituciones. Fue haber transformado progresivamente la relación del cubano con su propia nación. La patria comenzó a confundirse con el Estado. Criticar al gobierno podía ser presentado como traicionar a Cuba. Pensar diferente podía convertir al ciudadano en enemigo. Querer marcharse podía ser interpretado como deserción. Disentir podía convertir una opinión en delito.

Ese fue el verdadero cambio social. La 'revolución' no solamente quiso gobernar Cuba. Quiso definir qué debía ser Cuba y qué debía pensar el cubano. Más de seis décadas después, la sociedad cubana continúa pagando el precio: una población envejecida, una juventud que mira hacia el exterior, familias dispersas, una cultura herida por décadas de censura e instituciones sin verdadera independencia.

Millones de cubanos viven dentro de la isla mientras millones más construyen sus vidas fuera de ella. Ese es el resultado social que debemos estudiar sin consignas y sin miedo. Porque la historia no debe servir para justificar al poder. Debe servir para explicar sus consecuencias. Y cuando una revolución transforma profundamente una sociedad, la pregunta del historiador no puede limitarse a qué prometió.

Debe ser mucho más incómoda: ¿Qué hizo con el país que recibió? ¿Qué hizo con sus ciudadanos? ¿Y qué dejó después de más de seis décadas de control?

La respuesta está en las escuelas, en los hospitales, en los libros censurados, en los artistas silenciados, en las familias separadas y, sobre todo, en los millones de cubanos que un día decidieron marcharse.

Porque una nación no se vacía solamente cuando sus habitantes emigran. También se vacía cuando sus ciudadanos dejan de sentirse libres dentro de ella.

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