A cien años de la creación de la maldad: Fidel Castro, el hombre sin alma, sin rostro y sin palabra

Fidel Castro, en una foto de la prensa oficialista cubana. © Granma
Fidel Castro, en una foto de la prensa oficialista cubana. Foto © Granma

Cien años desde su nacimiento en Birán. Cien años desde que comenzó la historia personal de un hombre que terminaría convirtiéndose en una de las figuras políticas más poderosas, controvertidas y destructivas de la historia contemporánea de Cuba.

Este capítulo no pretende celebrar su centenario. Pretende hacer algo mucho más importante: recordar a sus víctimas. Porque detrás de la fotografía del guerrillero barbudo, detrás de los discursos interminables, detrás de la propaganda revolucionaria y detrás de la imagen cuidadosamente fabricada del líder mundial, existió una realidad que millones de cubanos conocieron en carne propia: prisión, persecución, exilio, censura, miedo, fusilamientos, separación familiar y la desaparición de las libertades políticas.

Fidel Castro murió en 2016. Pero su obra política no murió con él. Su sistema sobrevivió. Y Cuba continúa pagando sus consecuencias.

Sin alma

Digo que Fidel Castro fue un hombre sin alma porque durante décadas mostró una extraordinaria capacidad para colocar la razón de Estado, la revolución y su propia permanencia en el poder por encima del sufrimiento individual. No hablo de religión. Hablo de humanidad.

Un gobernante puede equivocarse. Puede fracasar. Puede tomar decisiones equivocadas. Pero cuando convierte la represión en instrumento permanente de gobierno, cuando encarcela al que piensa diferente y cuando transforma la obediencia política en requisito para la vida social, estamos ante algo mucho más grave que un simple error político. Estamos ante un sistema de dominación.

Human Rights Watch documentó durante años la existencia de una maquinaria represiva que perseguía a opositores, periodistas independientes, activistas y ciudadanos que desafiaban públicamente al poder. Miles de cubanos conocieron las cárceles. Otros fueron enviados al exilio. Otros perdieron sus empleos, sus estudios o sus posibilidades de progresar simplemente porque no aceptaron someterse. Y hubo quienes perdieron la vida.

La historia no puede reducirse a los logros que el régimen quiso exhibir. Una revolución no puede ser juzgada solamente por sus escuelas, hospitales o campañas políticas. También debe ser juzgada por la libertad que permitió, por la justicia que garantizó y por la dignidad que respetó.

Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿Qué valor tiene una sociedad donde el Estado puede decidir qué puedes pensar, qué puedes publicar, qué puedes decir y hasta dónde puedes llegar?

Sin rostro

Fidel Castro tuvo muchos rostros. Fue abogado, rebelde, revolucionario, nacionalista, socialista, marxista-leninista, aliado de la Unión Soviética, dirigente del Tercer Mundo y enemigo declarado de Estados Unidos. Pero también fue un extraordinario constructor de su propia imagen.

El hombre que hablaba durante horas terminó convirtiéndose en la imagen misma de la Revolución. Su rostro apareció en escuelas, fábricas, oficinas, libros, periódicos, carteles y actos públicos. La figura del líder terminó ocupando un espacio gigantesco dentro de la vida nacional.

Pero había otra cara. La del poder concentrado. La del partido único. La de una prensa sometida al Estado. La de una oposición perseguida. La de una justicia sin verdadera independencia política. La de ciudadanos obligados a vivir bajo la vigilancia de un sistema que penetró barrios, centros de trabajo, escuelas y organizaciones sociales.

Human Rights Watch describió precisamente ese entramado de vigilancia y control, incluido el papel desempeñado por organizaciones de masas en el seguimiento de la población. Ese es el rostro que durante demasiado tiempo la propaganda intentó ocultar.

Sin palabra

Y llegamos al tercer elemento: sin palabra. Porque Fidel Castro hizo de la palabra un arma política. Prometió democracia. Prometió elecciones. Prometió devolver al pueblo las libertades que había perdido. Prometió que la Revolución no era comunista. Pero el camino posterior condujo a la construcción de un Estado socialista de partido único y a la eliminación progresiva del pluralismo político.

La palabra pronunciada en 1959 no fue la misma realidad que apareció después. Y esa contradicción constituye una de las grandes tragedias políticas de la historia cubana. Castro comprendió muy pronto el poder de la palabra. Sus discursos podían durar horas porque no eran solamente discursos: eran instrumentos para construir una interpretación de la realidad.

La revolución hablaba. El Estado hablaba. El partido hablaba. Pero la sociedad tenía cada vez menos posibilidades de responder.

El precio humano

No podemos hablar de Fidel Castro sin hablar de quienes terminaron detrás de las rejas. De los presos políticos. De los fusilados. De los hombres y mujeres que sufrieron interrogatorios, aislamiento, trabajos forzados y condiciones carcelarias degradantes. De las familias divididas. De los exiliados. De quienes atravesaron el mar buscando libertad. De quienes murieron intentando escapar.

La represión no fue un accidente aislado. Fue una estructura. Amnistía Internacional ha señalado que los avances sociales atribuidos al castrismo estuvieron acompañados por una represión sistemática de libertades fundamentales. Y esa distinción es fundamental para cualquier historiador. No se trata de negar aquello que pudo haber funcionado. Se trata de impedir que determinados logros sean utilizados para borrar los crímenes y las violaciones de derechos humanos. La historia debe mirar el conjunto.

El hombre y su obra

Fidel Castro gobernó Cuba durante casi medio siglo y dejó una huella profunda en varias generaciones. Pero una cosa es reconocer su importancia histórica y otra muy distinta es convertirlo en héroe. Los dictadores también pueden ser grandes protagonistas de la historia. Eso no los convierte en grandes hombres.

Castro fue, sin duda, una figura de enorme influencia internacional. Pero su influencia no puede separarse del sistema que construyó dentro de Cuba: concentración del poder, partido único, ausencia de alternancia política y represión de la disidencia. Y quizá esa sea la mayor enseñanza de este centenario. No debemos estudiar a Fidel Castro para admirarlo. Debemos estudiarlo para comprender cómo una sociedad puede entregar progresivamente sus libertades a un hombre que promete hablar en nombre del pueblo.

Que hablen los muertos

Por eso este capítulo no está dedicado a Fidel Castro. Está dedicado a sus víctimas. A los que murieron. A los que fueron encarcelados. A los que tuvieron que abandonar Cuba. A los que perdieron padres, hijos, hermanos y amigos. A los que todavía llevan en el cuerpo y en la memoria las consecuencias de aquella historia.

Que nadie pretenda que el paso del tiempo convierta el sufrimiento en propaganda. Que nadie diga que recordar los crímenes divide a los cubanos. Lo que divide a Cuba es la injusticia. La memoria, en cambio, puede ayudarnos a reconciliarnos con nuestra propia historia.

En este mes de agosto, cuando el régimen celebra el centenario de quien fuera su máximo dirigente, los cubanos tenemos derecho a recordar también aquello que las ceremonias oficiales no muestran. Porque una nación no se construye solamente levantando monumentos a sus gobernantes. También se construye recordando a quienes sufrieron bajo ellos.

Fidel Castro cumpliría este 13 de agosto cien años. Pero para quienes padecieron su sistema, la fecha no es motivo de celebración. Es una oportunidad para mirar de frente la historia. Sin propaganda. Sin miedo. Sin silencios. Y decir, finalmente, aquello que durante décadas muchos no pudieron decir: Fidel Castro no fue Cuba. Cuba fue, y sigue siendo, mucho más grande que Fidel Castro.

Y cuando algún día se escriba la historia definitiva de esta tragedia, habrá que recordar al hombre que quiso convertirse en la encarnación de una revolución, pero que terminó dejando tras de sí una nación marcada por la división, el exilio, la represión y una profunda crisis.

Por eso lo llamo: el hombre sin alma, sin rostro y sin palabra. Sin alma, porque el poder terminó estando por encima de la piedad. Sin rostro, porque detrás de cada imagen pública existieron múltiples rostros políticos. Y sin palabra, porque entre las promesas de 1959 y la realidad que dejó, existe una distancia que la propaganda jamás podrá borrar.

Hoy no levantamos una copa por sus cien años. Levantamos la memoria de sus muertos. Y por ellos, solamente por ellos, seguimos contando la historia.

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