
Cuba llegará al siglo XXI con una tarea histórica de dimensiones extraordinarias: reconstruirse como nación. No se trata únicamente de levantar edificios, reparar carreteras, recuperar la agricultura o modernizar la industria. El desafío verdadero será mucho más profundo: reconstruir las instituciones, recuperar la confianza, restaurar el Estado de Derecho y, sobre todo, reconstruir una sociedad fracturada durante décadas por la confrontación política, el exilio, la represión y la intolerancia.
La Cuba del futuro no podrá edificarse sobre los mismos principios que condujeron a su ruina. Tampoco podrá pretender borrar de un plumazo más de seis décadas de historia. Una nación no puede avanzar si desconoce su pasado. La reconstrucción nacional tendrá que comenzar por la verdad.
Será necesario mirar de frente lo ocurrido: la desaparición de las libertades políticas, la destrucción de la propiedad privada, la subordinación de las instituciones al poder político, la persecución de la oposición, el encarcelamiento por motivos políticos, el exilio de millones de cubanos y la progresiva destrucción de una economía que alguna vez tuvo capacidad productiva propia. Pero reconocer esa historia no debe significar convertir el futuro en una interminable venganza.
La reconciliación: una necesidad nacional
Uno de los mayores desafíos será reconciliar a los cubanos. Durante décadas se enseñó que existían cubanos buenos y cubanos enemigos; revolucionarios y contrarrevolucionarios; patriotas y apátridas. Esa división penetró profundamente en la sociedad y llegó incluso a separar familias.
La República que nazca de una transición democrática tendrá que romper definitivamente con esa lógica.
Nadie debería ser perseguido por lo que piensa, por lo que creyó ayer o por el lugar donde vivió durante el exilio. La nueva Cuba tendrá que ser capaz de distinguir entre el ejercicio legítimo de una responsabilidad política y el crimen cometido contra otro ser humano.
La reconciliación no significa impunidad. Quienes hayan cometido delitos graves deberán responder ante tribunales independientes, con garantías procesales y pleno respeto al debido proceso. Pero la justicia no puede convertirse en revancha, ni la memoria en instrumento de persecución.
Habrá que aprender una lección fundamental: una nación no puede vivir eternamente mirando hacia atrás con odio.
El exilio tendrá un papel extraordinario en esta reconstrucción. Millones de cubanos han acumulado conocimientos, capital, experiencias empresariales, profesionales y científicas que deberán ponerse al servicio de la nación. La Cuba futura no puede considerar extranjero al cubano que regresó después de décadas de ausencia. Tampoco puede exigirle que renuncie a su identidad para ser nuevamente parte de su patria. Cuba necesitará a todos sus hijos.
Reconstruir la República
El segundo gran desafío será institucional. No bastará con cambiar gobernantes. Será necesario reconstruir la República. Eso significa recuperar la separación de poderes, una justicia independiente, elecciones libres, libertad de prensa, libertad de asociación, libertad religiosa y plena libertad para organizar partidos políticos.
Significa también recuperar algo que durante décadas fue progresivamente destruido: la idea de que el poder pertenece a la nación y no a un partido, a un caudillo o a una élite gobernante.
La nueva República tendrá que garantizar constitucionalmente la propiedad privada, la iniciativa empresarial y la libertad económica. El Estado deberá cumplir una función esencial en educación, salud, infraestructura y protección social, pero no puede pretender convertirse en propietario absoluto de la vida económica de los ciudadanos.
Cuba necesitará empresarios, agricultores, trabajadores, científicos, profesionales, inversionistas y cooperativas. Necesitará capital nacional y extranjero. Necesitará abrirse al mundo.
Pero, sobre todo, necesitará recuperar la confianza.
Sin seguridad jurídica nadie invertirá. Sin propiedad protegida nadie producirá. Sin libertad nadie creará. Sin instituciones independientes, cualquier transformación económica quedará sometida nuevamente a la voluntad de quienes controlen el poder.
Prosperidad: producir para vivir, no sobrevivir para obedecer
La reconstrucción económica será gigantesca. Habrá que recuperar la agricultura, reconstruir la infraestructura energética, modernizar los sistemas de transporte, recuperar la industria, rehabilitar las ciudades y crear millones de oportunidades de trabajo.
Pero existe una verdad elemental que no puede ignorarse: ningún país se hace próspero distribuyendo pobreza. La prosperidad nace de producir, invertir, innovar y competir. El trabajador debe recibir un salario digno; el empresario debe poder crear riqueza; el campesino debe ser dueño o legítimo usufructuario de la tierra que trabaja; y el ciudadano debe tener derecho a disponer del fruto de su esfuerzo.
La educación deberá recuperar su dimensión universal y humanista. La universidad deberá dejar de ser instrumento de adoctrinamiento para convertirse nuevamente en espacio de pensamiento, investigación y debate.
La cultura deberá ser liberada de cualquier tutela política. Y la ciencia tendrá que recuperar su libertad para investigar, preguntar y disentir.
Una Cuba para todos
Quizás el desafío más importante sea comprender que la futura Cuba no debe pertenecer a una ideología. Cuba pertenece a los cubanos. No será una Cuba de izquierda ni de derecha; tendrá que ser una Cuba democrática. Los ciudadanos decidirán mediante elecciones qué partidos, programas y gobernantes prefieren. Unos podrán defender políticas sociales más amplias; otros podrán defender una economía más liberal. Esa diversidad será normal en una República libre.
Lo verdaderamente importante será que todos acepten las reglas democráticas. El adversario político dejará de ser un enemigo de la patria. Ese será, quizá, uno de los mayores cambios culturales que deberá experimentar la sociedad cubana.
Durante demasiado tiempo se confundió la discrepancia con la traición. La República del futuro tendrá que comprender que disentir también es un derecho patriótico. Cuba no necesita otra revolución que destruya lo existente para comenzar nuevamente desde cero. Necesita algo mucho más difícil: una reconstrucción nacional consciente, gradual, profunda y democrática.
Habrá heridas que tardarán generaciones en cerrar. Habrá familias divididas, propiedades que deberán ser examinadas jurídicamente, responsabilidades que tendrán que establecerse y memorias que exigirán reconocimiento.
Pero también habrá una oportunidad histórica. La oportunidad de que el cubano de Miami, Madrid, Madrid, Caracas o cualquier otro lugar pueda mirar nuevamente hacia la Isla sin sentirse extranjero. La oportunidad de que quien permaneció en Cuba pueda recibir al que se fue sin resentimiento. La oportunidad de que nuestros hijos conozcan una Cuba donde pensar diferente no sea un delito. Y la oportunidad, finalmente, de recuperar aquello que durante tanto tiempo pareció perdido: una República donde la libertad no sea una promesa, sino una realidad cotidiana.
El siglo XXI puede ofrecerle a Cuba esa posibilidad. Pero habrá que entender algo esencial: la reconstrucción de Cuba no consistirá únicamente en reconstruir el país que fue. Consistirá en construir el país que nunca hemos logrado ser plenamente. Una República de ciudadanos libres, instituciones sólidas, economía abierta, justicia independiente y pluralismo político.
Una República donde nadie tenga que abandonar su patria para poder vivir en libertad. Esa debe ser la Cuba del futuro. Y esa reconstrucción no será obra de un hombre, de un partido ni de una ideología. Será la obra de todos los cubanos.
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