
Según varias fuentes acreditadas, "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha" es la novela más leída de la historia. Pero ¿de qué trata la más famosa obra del escritor español Miguel de Cervantes Saavedra?
Primero una breve nota biográfica sobre el autor de esta inmortal obra: Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares en 1547, hijo del cirujano Rodrigo y de Leonor de Cortinas. Se formó en Humanidades, pasó a Italia y combatió en la famosa batalla de Lepanto, donde recibió tres arcabuzazos, dos en el pecho y uno en la mano izquierda. Por eso el mote de “el manco de Lepanto”. Conoció la pobreza y estuvo en prisión. Escribió otras conocidas obras. Murió en 1616. Se le conoce como el fundador de la novela moderna.
Veamos su criatura: Don Quijote de La Mancha no es solamente una de las mayores obras de la literatura universal. Es también una reflexión profunda sobre el poder de las ideas, la rebeldía frente al conformismo y la capacidad humana de enfrentarse a una realidad que parece inamovible.
Miguel de Cervantes construyó un personaje que, en apariencia, vive fuera de la realidad. Alonso Quijano, que mira molinos y ve gigantes; contempla ventas y cree descubrir castillos; encuentra una sociedad vulgar y decide comportarse como si todavía existieran el honor, la justicia y el deber de proteger al débil.
Ahí comienza la verdadera grandeza del personaje. Don Quijote no acepta el mundo tal como es. Lo juzga desde la perspectiva de cómo debería ser.
Ese gesto tiene una enorme dimensión filosófica. Toda transformación humana comienza precisamente ahí: cuando alguien compara la realidad con un ideal y descubre que existe una distancia intolerable entre ambas.
Es como comparar lo que vive Cuba con la nación soñada por Martí, o incluso, con el país que describe la propaganda del régimen que la ha destruido. Esa comparación obliga a toda persona con honor, a ser un Quijote moderno.
La resignación dice: “Así son las cosas”. El espíritu quijotesco responde: “No tienen por qué seguir siendo así. Hay que luchar para cambiarlas.”
También existe en la novela una poderosa lectura política. Los sistemas injustos sobreviven muchas veces no porque sean invencibles, sino porque logran convencer a los ciudadanos de que resulta inútil enfrentarlos. El poder más sólido no es siempre el que dispone de más soldados, cárceles o recursos, sino aquel que consigue instalar en la conciencia colectiva la idea de que nada puede cambiar.
Por eso todo autoritarismo teme, en el fondo, a los soñadores. Teme al individuo que comienza a imaginar una sociedad diferente. Teme a quien conserva principios cuando alrededor predominan el miedo, el oportunismo o la indiferencia. Teme especialmente a quienes consiguen transformar una convicción personal en una esperanza compartida.
Don Quijote fracasa muchas veces. Recibe golpes, burlas y derrotas. Sin embargo, vuelve a levantarse, no se rinde. Hoy muchos cubanos se rinden, se desaniman al primer viento adverso, ante el primer obstáculo, una calumnia, una intriga o una desilusión.
Ahí aparece su dimensión motivacional. La historia humana está llena de hombres y mujeres que fueron considerados ingenuos antes de ser reconocidos como visionarios. Muchas conquistas que hoy parecen naturales —la abolición de la esclavitud, las libertades civiles, el sufragio universal, la democracia— comenzaron cuando minorías decidieron enfrentarse a realidades que parecían eternas.
Naturalmente, Cervantes también nos deja una advertencia. Los ideales necesitan inteligencia. La voluntad necesita prudencia. Don Quijote necesita a Sancho Panza tanto como Sancho necesita a Don Quijote.
La combinación perfecta quizás sea precisamente esa: la capacidad de soñar de uno y el sentido práctico del otro.
Una sociedad formada únicamente por Sanchos corre el riesgo de acomodarse a cualquier injusticia mientras tenga comida y tranquilidad. Una sociedad compuesta únicamente por Quijotes podría perderse en sueños imposibles. Pero cuando el idealismo se une a la razón, la perseverancia y la organización, aparecen las fuerzas capaces de transformar la historia.
Cuatro siglos después, Don Quijote continúa cabalgando porque continúa existiendo aquello que representa. Cada generación encuentra sus propios gigantes.
Lo verdaderamente importante es no perder nunca la capacidad de distinguir entre resignarse ante la injusticia y tener el valor de intentar cambiarla. Porque muchas veces la derrota no ocurre cuando el hombre cae, sino cuando renuncia a sus valores y deja morir sus grandes sueños.
Cuba necesita muchos Quijotes hoy.
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