
Durante décadas, Nicolae Ceaușescu pareció intocable. Había construido en Rumanía una de las dictaduras comunistas más represivas de Europa Oriental. El Partido controlaba el Estado, la propaganda cultivaba un delirante culto a la personalidad y la temida Securitate (Seguridad del Estado), vigilaba a una población sometida al miedo, las carencias y la ausencia de derechos y libertades.
Pero en diciembre de 1989 ocurrió algo que todas las tiranías temen mucho: una parte decisiva de quienes tenían las armas dejó de estar dispuesta a utilizarlas contra su propio pueblo.
La revolución comenzó en Timișoara alrededor de las protestas contra el intento de las autoridades de desplazar al Pastor László Tőkés. Lo que inicialmente parecía una protesta localizada fue creciendo hasta convertirse en una rebelión contra el régimen comunista.
Ceaușescu reaccionó como reaccionan las dictaduras cuando pierden la capacidad de controlar a la población: ordenando reprimir. Como lo hizo el régimen castrocomunista en julio de 2021 y continúa haciéndolo cada vez que ciudadanos indignados salen a protestar.
El 17 de diciembre, las fuerzas de seguridad dispararon contra manifestantes. Murieron decenas de personas. Los hospitales se llenaron de heridos y las autoridades intentaron ocultar parte de la matanza. Ceaușescu llegó a reclamar personalmente que se empleara fuego real contra quienes protestaban. El dictador Miguel Díaz-Canel, el 11J dijo: "La orden de combate está dada. ¡A la calle los revolucionarios!" Y dispararon contra el pueblo. Hubo un muerto y varios heridos.
Pero la sangre no detuvo la rebelión. La extendió. El 19 de diciembre comenzó una huelga general en Timișoara. Al día siguiente, enormes columnas humanas volvieron a ocupar las calles mientras unidades militares empezaban a retirarse. La protesta se propagó por el país.
Ceaușescu cometió entonces uno de sus errores definitivos. El 21 de diciembre convocó una gigantesca concentración en Bucarest para demostrar al mundo que seguía controlando Rumanía. La televisión estatal transmitía el acto en directo. Pero la multitud comenzó a protestar. En Cuba la tiranía está cometiendo errores tan graves como los del dictador rumano, y el pueblo está a punto de reaccionar como ocurrió en la capital de la nación de los Cárpatos.
Por primera vez millones de rumanos vieron a un Ceaușescu desconcertado, incapaz de dominar a quienes tenía delante. Los gritos contra el dictador fueron creciendo. Una imagen televisiva resumió el principio del fin. El miedo estaba cambiando de bando.
Esa noche hubo nuevos enfrentamientos y nuevas víctimas. A la mañana siguiente ocurrió el acontecimiento decisivo. El Ejército comenzó a romper con Ceaușescu.
La muerte del ministro de Defensa, general Vasile Milea, aceleró la descomposición del aparato estatal. Durante años se discutió si Milea se suicidó o fue asesinado, pero diferentes testimonios coinciden en señalar sus enormes reservas frente a las órdenes de continuar disparando contra la población. Se ha hablado de muertes “misteriosas” de militares cubanos críticos con la represión de julio de 2021.
El 22 de diciembre, soldados y tanques comenzaron a confraternizar con los manifestantes. La dictadura estaba terminada. Ceaușescu y su esposa Elena huyeron de Bucarest en helicóptero. Fueron capturados posteriormente y, después de un juicio militar sumario fueron fusilados el 25 de diciembre. Los de la tiranía cubana pueden evitar un desenlace trágico abandonando a tiempo el poder. Si continúan aferrados, la salida puede ser peor para todos.
Rumanía pagó un precio terrible. Más de 1.100 personas murieron durante aquellos acontecimientos, y una parte considerable de las víctimas se produjo incluso después de la huida de Ceaușescu, entre confusión, rumores sobre supuestos “terroristas”, fuego cruzado y enfrentamientos cuya responsabilidad continúa siendo objeto de investigación histórica.
Cuba vive hoy una crisis mucho más grave que la rumana en 1989. El pueblo continúa manifestando su descontento y el régimen incrementa la represión y encarcela mujeres y hombres y hasta menores de edad. Centenares de presos políticos cubanos sobreviven en condiciones terribles.
Cada policía cubano que recibe hoy la orden de detener a una madre que protesta por un apagón, por agua o por no tener alimentos para sus hijos, debería preguntarse qué está defendiendo.
Cada miembro de las fuerzas especiales enviado contra ciudadanos pacíficos debería preguntarse quiénes son realmente esas personas. Podría ser su madre, su hermana, su padre, su tía, su primo, su vecina o vecino.
Esos policías y demás agentes represivos también sufren la grave crisis impuesta por el régimen al que sirven. A ellos y a sus familias también les afectan los apagones, la miseria extrema, las carencias de todo tipo.
Cuando sus padres, madres o abuelos necesitan una tomografía, un ultrasonido, unos rayos X, medicamentos o una operación, no los llevan a las clínicas donde se atienden los altos dirigentes. Cuando terminan el turno y vuelven a sus barrios, se ven rodeados por una triste realidad de hambre, necesidades, salarios insuficientes, transporte en crisis, hospitales deteriorados, inflación, escasez y desesperanza.
Las pequeñas ventajas que pueda recibir por pertenecer al aparato represivo, además de inmorales, no cambian esa penosa realidad. Una bolsa de alimentos, unos pesos más, no justifican el daño que hacen a su propio pueblo al sostener en el poder a los causantes de tanta miseria y sufrimiento.
Un privilegio menor no convierte al pobre en poderoso. Mientras la clase dirigente vive en condiciones completamente diferentes, miles de policías, militares, jueces y fiscales sobreviven prácticamente en las mismas condiciones que aquellos a quienes vigilan, intimidan, reprimen, golpean y encarcelan.
La pregunta decisiva es sencilla: ¿hasta cuándo un cubano debe levantar la mano contra otro cubano para proteger a quienes se dan la buena vida y han llevado la nación a la ruina?
La historia rumana demuestra que los uniformados también toman decisiones morales. Pueden obedecer una orden injusta, pero también pueden negarse a golpear a una mujer indefensa, a condenar a un adolescente, a reprimir a un anciano.
Pueden detener arbitrariamente a un joven, pero también pueden proteger su derecho a manifestarse pacíficamente. Pueden servir de muro protector de una dictadura, pero también pueden comprender que pertenecen a la ciudadanía que reprimen.
Cuba no necesita repetir la tragedia sangrienta de Rumanía. Todo lo contrario. Necesita evitarla. Y una de las mejores maneras de conseguirlo sería que policías, soldados y miembros de los cuerpos de seguridad comprendieran a tiempo que ningún gobernante merece que un cubano reprima o derrame la sangre de otro cubano para mantenerlo en el poder.
El uniforme un día se pierde, el cargo termina, la tiranías caen, pero la culpa queda en la conciencia y hay que responder ante la verdadera justicia por todos los crímenes y abusos cometidos.
Y queda una pregunta que la historia termina haciendo siempre a quienes recibieron órdenes injustas: Cuando tu pueblo necesitó que eligieras entre protegerlo o reprimirlo, ¿de qué lado estuviste?
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