
Hay preguntas que la Historia no puede responder por anticipado, pero que tiene la obligación de formular. Una de ellas es esta: ¿qué ocurrirá en Cuba después de Raúl Castro?
Raúl no es simplemente otro dirigente del régimen. Es el último representante directo de aquella generación que conquistó el poder en 1959 y que, durante décadas, sostuvo el sistema sobre la autoridad personal y el recuerdo de la 'revolución'. Con su desaparición se cerraría, definitivamente, un ciclo histórico.
Y entonces aparecería una incógnita de enorme trascendencia: ¿quién ocupará el espacio que deje Raúl Castro?
Díaz-Canel representa institucionalmente la continuidad, pero no posee el peso histórico de Fidel Castro ni el vínculo con la vieja estructura revolucionaria que todavía conservaba Raúl. La generación histórica prácticamente ha desaparecido. El problema, por tanto, no será solamente quién ocupe un cargo, sino quién tendrá la capacidad real de ejercer el poder cuando desaparezca su último referente histórico.
Aquí comienza el terreno de las posibilidades. No sería serio afirmar que los militares asumirán inevitablemente el control. Pero tampoco sería razonable ignorar que las Fuerzas Armadas constituyen una de las estructuras organizadas con mayor capacidad para intervenir en una eventual crisis de poder.
¿Podría surgir dentro de ellas una corriente nacionalista que comprendiera que la supervivencia de Cuba exige abandonar el rumbo económico y político que ha conducido al país al desastre? Es una posibilidad que merece ser examinada, no como predicción, sino como uno de los escenarios que podrían abrirse.
Un sector militar podría llegar a considerar que preservar Cuba es más importante que preservar indefinidamente un modelo agotado. En ese escenario, una apertura económica, una reducción del control estatal, una relación diferente con el exterior y determinadas reformas políticas podrían ser presentadas no como una ruptura revolucionaria, sino como una salida nacional ante el colapso.
Pero existe otra posibilidad: que, desaparecido Raúl, se produzca una lucha interna entre diferentes sectores del poder por controlar el vacío. Partido, aparato estatal, estructuras económicas y militares podrían tener intereses distintos. Y mientras esas fuerzas disputaran el futuro desde dentro, una sociedad cansada y empobrecida podría comenzar a exigir, finalmente, un papel propio.
Por eso la pregunta no debe ser únicamente qué pasará después de Raúl Castro. La verdadera pregunta es mucho más profunda: ¿podrá sobrevivir el sistema cuando desaparezca Raúl Castro?
Quizás ese sea el momento en que Cuba deje de mirar hacia atrás y se vea obligada, por primera vez en muchas décadas, a mirar hacia adelante. No sabemos quién llenará el vacío de poder. Pero sí sabemos algo: después del último Castro, nada tendrá exactamente el mismo significado.
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