El artista ante la propaganda de la dictadura: ¿interpretar un personaje o legitimar al poder?

El actor Roberto Perdomo, en suite personaje de la serie 'Tras la Huella'. © ICRT
El actor Roberto Perdomo, en suite personaje de la serie 'Tras la Huella'. Foto © ICRT

Hace unos días conocí la situación del reconocido actor cubano Roberto Perdomo, quien, después de décadas de trabajo, vive con una jubilación de apenas 6.000 pesos mensuales. Sus ingresos no le alcanzan siquiera para trasladarse a los ensayos teatrales y carecía de dinero para viajar a España y conocer personalmente a su nieto. ¡Hay tantos abuelos y nietos pasando hambre extrema en Cuba, y que no pueden viajar de Guantánamo a La Habana!

Su caso despertó una ola de solidaridad: 63 personas reunieron 1.531 dólares para ayudarlo. Perdomo interpretó durante aproximadamente 14 años al teniente coronel Fernando en la serie televisiva «Tras la huella». Su personaje, un alto oficial del Ministerio del Interior, es presentado como un hombre honesto, íntegro, bondadoso y comprometido con la protección del pueblo. El propio actor ha expresado públicamente su orgullo por encarnarlo. 

Este contraste plantea una cuestión ética fundamental: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de un artista que participa en producciones destinadas a construir una imagen favorable de instituciones vinculadas a graves violaciones de los derechos humanos?
Series como «Tras la huella» y «LCB: La otra guerra» presentan versiones favorables a las instituciones de un Estado antidemocrático y cuentan hechos históricos y la realidad cubana, según la versión y los intereses de un régimen tiránico.

Prestigiosas organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado restricciones sistemáticas a las libertades fundamentales, detenciones arbitrarias, golpizas, persecución de opositores, periodistas y artistas independientes, encarcelamientos por motivos políticos, torturas y muertes en las prisiones cubanas, protagonizadas por los verdaderos “Fernandos” del Ministerio del Interior y los fiscales y jueces del régimen comunista.

Una serie puede mostrar a investigadores que esclarecen delitos y protegen ciudadanos. El problema surge cuando pretende proyectar una imagen general de una institución mientras omite sistemáticamente sus flagrantes y graves actuaciones represivas muy bien documentadas.

Existe una diferencia esencial entre interpretar un personaje y legitimar el relato que representa. Un actor puede encarnar a un oficial nazi en una película que exponga rigurosamente los crímenes del nazismo sin que ello implique compartir sus ideas. Muy diferente sería participar en una producción destinada a glorificar a los responsables de atrocidades y ocultar a sus víctimas.

Tampoco todos los participantes tienen idéntica responsabilidad. Productores, directores, guionistas y actores poseen distintos niveles de influencia. Deben considerarse, además, las presiones laborales, la censura y las consecuencias de rechazar determinados papeles en una sociedad sin libertad artística. 

Sin embargo, las dificultades profesionales no eliminan automáticamente la responsabilidad moral individual, especialmente cuando alguien defiende públicamente una representación que contradice hechos documentados.

La pregunta decisiva no es solamente qué personaje interpreta un artista, sino qué historia cuenta la obra, qué realidad oculta, quién controla su mensaje y qué libertad tuvieron sus participantes. 

Hasta aquí he sido bastante moderado y como considero que no se puede ser tibio ni neutral ante la tragedia de un pueblo oprimido, debo dejar claro lo que pienso sobre los directores, productores, guionistas y artistas que sirven a la tiranía.

Roberto Perdomo y otros muchos recogen hoy la cosecha de un cultivo del que fueron trabajadores asalariados. Los personajes como el teniente coronel Fernando no existen en la vida real en Cuba. Nadie alcanza altos grados sin demostrar fidelidad al Partido Comunista. Para el PCC, la represión contra opositores, disidentes, defensores de los derechos humanos, periodistas independientes y ciudadanos descontentos es más importante que el combate a la delincuencia.

Cada cual hace con sus recursos lo que estime conveniente. Es su derecho. Personalmente, mientras haya un preso político o un opositor reprimido y muy necesitado en Cuba, no enviaría un centavo a ningún artista, por muy bueno que haya sido en su profesión, que hasta ayer sirvió a la propaganda de la criminal dictadura que lo sumió en la miseria. Obviamente, exceptuaría la ayuda para medicinas si se encuentra enfermo.

Hay muchos ancianos y niños en nuestra patria que se acuestan sin comer y carecen de medicinas cuando enferman. Su sufrimiento  no le  importa ni a los tenientes coroneles de la vida real ni a muchos artistas que siguen haciéndole el juego a los responsables de la opresión, el hambre y la miseria en Cuba.

Lo dicho aplica también a artistas y humoristas que sirven a la propaganda de la dictadura y luego los vemos quejarse de la grave crisis que vive nuestra patria en espacios menos controlados. Si sirves al causante de tus problemas y los de tu pueblo, también tienes culpa de lo que pasa.

“Cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!”, dijo José Martí.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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