
El apoyo y la solidaridad que numerosos cristianos e iglesias han expresado hacia Ana Sofía Benítez Silvente, conocida como Anna Bensi en las redes sociales, y su madre, Caridad Silvente Laffita, es precisamente lo que debe esperarse de quienes afirman seguir a Jesucristo. El cristianismo verdadero no puede reducirse a asistir al templo, cantar, orar y repetir versículos mientras permanecemos indiferentes ante la injusticia y el sufrimiento del prójimo.
Jesús inició su ministerio público proclamando, con la lectura del Libro del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí”, porque había sido enviado a anunciar buenas nuevas a los pobres y libertad a los cautivos. El mensaje de Cristo es, desde su comienzo, un mensaje de verdad, liberación, misericordia, justicia y compromiso con el ser humano.
Y eso es lo que hemos visto alrededor de Anna y Caridad. Madre e hija han enfrentado su proceso con fe, entereza y dignidad. Antes de entrar al tribunal, Anna pronunció una frase que resume admirablemente esa confianza: “No va a ser justo el juicio, pero yo tengo un Dios justo”. Y después de conocer la decisión judicial volvió a expresarlo sencillamente: “Dios está en control”.
Pero no estuvieron solas. Cerca de treinta representantes y creyentes de diferentes comunidades religiosas acudieron al tribunal, oraron, cantaron y les dijeron: “Estamos contigo”. Allí estuvieron pastores y fieles protestantes, sor Nadieska Almeida y sacerdotes católicos como Lester Rafael Zayas y Jorge Luis Pérez. Otros cristianos que intentaban acompañarlas fueron detenidos o impedidos de llegar.
Sor Nadieska resumió perfectamente lo que significa ser cristiano: “ESTAR, APOYAR, ACOMPAÑAR”. Y expresó su admiración por la “hidalguía y entereza” de ambas. El sacerdote Rolando Montes de Oca afirmó: “No están solas, somos uno en Cristo”.
En esa misma línea, la Convención Bautista de Cuba Occidental declaró con firmeza: “No podemos, no queremos y no vamos a dejarlas solas”. Las Asambleas de Dios pidieron que prevalecieran “justicia, verdad, respeto” y dignidad humana. La Iglesia Metodista proclamó: “No las vemos solas ni olvidadas”, y aseguró que, como Cuerpo de Cristo, asumía el deber de sostenerlas.
A ellas se han sumado la Convención Bautista de Cuba Oriental, Los Pinos Nuevos, la Asociación de Iglesias Bautistas Reformadas–Misión Bereana, la Conferencia Cubana de Religiosas y Religiosos, las Iglesias de la Biblia Abierta, la Iglesia Evangélica Independiente, el Instituto Patmos, movimientos apostólicos y otras comunidades cristianas. La Iglesia Episcopal afirmó también: “No podemos permanecer en silencio ante el dolor”.
Eso es ser el buen samaritano. Jesús contó que un hombre quedó herido al borde del camino. Pasaron personas religiosas y siguieron de largo. El samaritano, en cambio, se detuvo, se acercó, curó sus heridas y asumió personalmente el costo de ayudarlo. Cristo terminó preguntando quién había sido verdaderamente prójimo. La respuesta fue inequívoca: quien practicó la misericordia.
En Mateo 25, Jesús lleva todavía más lejos esa enseñanza. En la escena del Juicio Final, separa a quienes dieron de comer al hambriento, dieron de beber al sediento, acogieron al necesitado, vistieron al desnudo y visitaron al enfermo y al encarcelado, de quienes vieron el sufrimiento y no hicieron nada. “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”, enseña Cristo.
Ahí está la diferencia entre una fe viva y una fe de apariencia. Jesús nunca predicó cobardía frente a la injusticia. Dijo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Cuando Herodes representó una amenaza, Cristo tuvo la valentía de decir: “Id y decid a aquella zorra”, como recoge Lucas 13:32. La mansedumbre cristiana nunca ha significado complicidad con la mentira.
¿Cómo podemos llamarnos cristianos mientras vemos ancianos desnutridos buscando alimentos en la basura, niños padeciendo hambre, familias desesperadas, presos sufriendo y seres humanos perseguidos, y permanecemos callados? ¿De qué vale cantar alabanzas el domingo si el resto de la semana pasamos de largo ante el hombre herido al borde del camino?
Santiago lo expresó de manera definitiva: “La fe, si no tiene obras, es muerta”. Por eso quienes han acompañado a Anna Bensi y Caridad Silvente han dado una poderosa lección cristiana: han orado, pero también han estado presentes; han creído, pero también han actuado.
Porque seguir a Jesús exige fe, verdad, valor, misericordia y compromiso. La indiferencia deliberada ante el sufrimiento no conduce por el camino que Cristo enseñó. El Evangelio advierte con extraordinaria severidad sobre quienes pudieron amar, servir y defender al prójimo y decidieron pasar de largo.
La fe verdadera no se esconde, se hace obra, acompaña, defiende, lucha y ama. El reverendo Martin Luther King Jr. en su famosa carta escrita en la cárcel de Birmingham, dijo que solo una religión anquilosada tiene entre sus ministros (y fieles), personas que cantan las glorias de Dios en el Cielo mientras pasan por alto las condiciones que hacen de la tierra un infierno para el ser humano.
La solidaridad condiciones Anna Bensi, su madre y con todos los que resultan víctimas de la persecución y la represión de los Herodes de nuestros tiempos, es deber de todo cristiano.
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